martes, 10 de noviembre de 2009

Leonardo Rodríguez: "Alfredo Silva Estrada"

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------Alfredo Silva Estrada
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---Por Leonardo Rodríguez
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Para mi continua alegría y privilegio, Alfredo Silva Estrada fue el cómplice de una amistad tan afectiva como divertida y en suma iluminadora. La casa de Sonia Sanoja y Alfredo ha sido para mí un arraigo cordial en Caracas, por no decir un refugio. También un espacio cálido, que diría Gerbasi. Alfredo fue un padre (oigo su risa de fingido asombro) en la generosidad, maestro entre tragos (ron con jugo de naranja: su tan citado clásico) y poemas, el rey del nonsense. Su humor era un caldo hirviente a todo momento, pero sólo en ofrenda a partir de las seis de la tarde, su hora cinematográfica. No era feliz porque ignorara cínica o neciamente las adversidades sino porque creía-y es uno de los temas centrales de su poesía-en los goces elementales y también en muchos mentales y sentimentales. Me parece que su poesía fue, en parte, el decir interior, meditativo y cifradamente polémico de esa afirmación.
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Ya se ha dicho y creo que debe seguir diciéndose lo mucho que ha dado a los poetas y lectores de poesía en Venezuela: sus traducciones, sus libros, sus programas radiales (a los que llegué tarde), muchas veces su atención. En Europa, fue leído con admiración y empatía por algunos poetas belgas, como Philippe Jones y Fernand Verhesen, traductor al francés de su espléndido Al través; también el poeta portugués António Ramos Rosa (está recogido en volumen reciente) tradujo algunos de sus poemas. Un entusiasmo recíproco y lúcido. Tanta pasión por la poesía en lenguas romances no le ocultaba el bosque más cercano al que pertenece y del que se nutrió: la de la poesía en lengua española, sobre todo hispanoamericana.
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No creo muy arriesgado augurar para Silva Estrada una parentela poética secreta y fecunda. Ya más o menos la tiene, aunque no es tan secreta y fecundidad es un concepto quizá demasiado biológico, determinista, adocenado. ¿Por qué un poeta tiene que tener-como los patriarcas más desolados-una chorrera de descendientes? Pero una cosa es la biología literaria y otra la gratitud. Como lector, le agradezco a Alfredo muchos hallazgos. Todavía en la cumanesa adolescencia, me descubrió la poesía de Pierre Reverdy. Luego vendrían otras voces. Era un lujo casi inaudito asistir a aquellas sesiones con gente ausente que, sin embargo, estaba viva en la conversación. Fue cuando me di cuenta que algunos poetas –incluso franceses-existen. Pero había más. Entre ellas, ah, sus divas: de la canción, del cine, de la poesía. Poco después de que Alejandro Chacón-que escribió un estudio inédito sobre la poesía de Silva Estrada- me llamó para informarme de su muerte, me puse a escuchar a una cantante argentina que Alfredo recordaba mucho: Tita Merello, cuya “Se dice de mí” tuvo buena fama por ser el tema de una telenovela colombiana de alta audiencia. Alfredo tenía otro yo lírico: era cantante; de tangos, boleros, rumbas, baladas italianas, chansons. A imagen suya, fui aprendiendo canciones que eran como calentamientos para un torneo poético en el más allá de la página. O para el siguiente trago.
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No sé si alguien ha comentado la asombrosa cultura cinematográfica de Alfredo. Lo digo porque le encantaba hablar de cine. En sus tan evocados e iniciáticos años de París, ya con Sonia, frecuentaba la Cinemateca casi a diario. Una manera de pulir el idioma de sus desvelos, y de divertirse. Se topaban con frecuencia, como en un ágora secreta, a Juan Nuño. Me gusta imaginar que el poeta y el filósofo compartían, sin previo ni posterior acuerdo, raciones habituales de oscuridad. Cuando comencé a visitarlo ya no iba al cine y apenas se trataba con Caracas, la enfurecida, pero se había convertido en un mago del zapping. Una vez me recomendó ver, en televisión, la para mí prehistórica Las abandonadas, de Emilio Fernández, con el falso coronel Pedro Armendáriz y-sobre todo-la bellísima, sombría y enamorada Dolores del Río, cuyas frases eran versos modernistas. Es un melodrama genial y fue una revelación de alta tensión poética y luego cómica. Una mezcla tan de Silva Estrada como el ron con jugo de naranja.
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Hace meses soñé que Alfredo caminaba sonriendo bajo la lluvia. No bailaba ni cantaba, como en la famosa película musical, pero sonreía. En sus últimos tiempos, bajo el inclemente aguacero cívico que viene cayendo sobre Venezuela, con la sombra de tantos amigos desaparecidos, con sus propias sombras tan cercanas, Alfredo ya casi no hablaba. Pero-da que pensar- nunca dejó de cantar.
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