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martes, 19 de octubre de 2010

"Veras, burlas y maravillas de José Luis Bergamín"

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Veras, burlas y maravillas de José Luis Bergamín
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Por Leonardo Rodríguez
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Cuenta Lezama Lima en sus diarios que ante los sarcasmos de Juan Ramón Jiménez (entonces en La Habana) sobre José Bergamín, él salía en su defensa con el siguiente repertorio argumental: “pero Unamuno, las incorrecciones necesarias, las repeticiones de palabras de Claudel, la perforación filológica de los vocablos, y luego otra vez Unamuno”. Ante las malignas insistencias de Juan Ramón, el poeta cubano apuntaba: “No lo contradigo, pero sigo pensando que Bergamín es un grandísimo escritor”.

Comparto el entusiasmo de Lezama: Bergamín (1895-1983) es uno de los grandes de la lengua. Cosa nada banal, si se piensa un poco. Pero Bergamín es también un maestro del disparate creador, y ésas ya son palabras mayores. Si no me creen a mí, pregúntenle a Savater. Si no le creen a Savater (y es mala señal), pregúntenle a Vila-Matas, tan anti-Bergamín en todo, salvo en la gracia.

Qué gracia la de Bergamín: junta de pensamiento y poesía más disparate. Pedro Salinas, que lo quiso bien, llegó a referirse a su “esquelético chiste metafísico”. Y es eso: casi todos sus temas (el arte, el amor, la muerte, España, los toros, la política) son esenciales o trágicos o metafísicos. Como quien dice, eternos. Su estilo es una mezcla justísima de metáforas y humor. Es ese estilo afilado y jugoso el que perfora (burla, trastoca, reinventa) los vocablos, en su caso tan vastos como íntimos. Nadie lo retrata mejor que su propio aforismo, en sabrosa parodia orteguiana: “Yo soy yo y mi sombra y mi esqueleto. Tres personas distintas y un solo fantasma verdadero”.

En una época en que la principal fantasía literaria es la obesidad, exalta leer a este flaco vocacional de sonrisa —a veces carcajada— barroca. Sus libros (en el 2004 Siruela editó en un solo volumen La importancia del demonio y La decadencia del analfabetismo) no son de vitrina ni de salón, tampoco de aula de clases: más bien parecen esos zorros algo contemplativos que se esconden entre volúmenes tan necesarios como aves de corral. No extraña que Lezama, gordo y alado, ejerciera de abogado literario a su favor.

En confianza, nada cuesta abordarlo como a un Cioran enmascarado de devoto. Una diferencia: Cioran es un demoledor de ilusiones, Bergamín fue un estrujador de las grandes palabras. La mayoría de las veces, les sacó jugos. Otras, es cierto, se dejó hipnotizar por ellas. Bergamín fue tan vivo y radical en su fe como en sus opiniones políticas. Tal vez la poetización de la política, en su caso siempre maniquea pero no por ello menos irónica, lo llevó a derroteros sin salida, a equivocados y dolorosos disparates. Uno, que tiende a pensar que el republicanismo español es una grave función con héroes fugaces y víctimas eternas, encuentra que puede ser divertido. Bergamín fue estalinista por conveniencia, dogmatismo y candor; esperaba que los soviéticos, aprovechando el impulso redentor de la segunda guerra mundial, liberaran a España de la “Cruzada” franquista. Años después, de regreso de su exilio, se adhirió al nacionalismo vasco cuando en España asomaba la Transición con Rey interpuesto. Una Monarquía en la que el Rey no reinara le parecía un chiste franquista con consentimiento comunista (fue razón de disenso con su amigo Rafael Alberti). Bergamín no se mostró dispuesto a aceptar semejante “confusión reinante” y poco antes de morir, con suculenta incorrección, con incorregible intransigencia, con amargura, dijo: “Aquí debería haber otra guerra civil. Las cosas estarían más claras”.

(En julio de 1931, en pleno advenimiento republicano, Jorge Guillén le escribía a Pedro Salinas: “Su adhesión a la política es en él una debilidad y no una fuerza. Por consiguiente digna de la mejor simpatía”.)

A quien piense que el catolicismo español es sólo baba, suspiros y sangre, le sorprenderá encontrarse con su ingenio, su imaginación e independencia. A mí me divierten en serio sus especulaciones, más bien dramatizaciones teológicas. Hay en Bergamín un teólogo picaresco y un burlador devoto. Dios teatral el suyo, siempre compartiendo escenario, tela y página con el Demonio, de “naturaleza aérea o airada”. Suma poética, más que teológica. Suma polémica también, de espadachín quevediano. Espada de ingenio que en plena guerra civil, lo llevó a criticar a los pobres diablos de la jerarquía católica por apoyar el franquismo. Y es que su maniqueísmo intelectual no tiene nada de caprichoso y sí mucho de humorístico. No en vano asoció el hábito clerical con el traje del torero y el disfraz del payaso.

Bergamín es por cierto un estupendo retratista del Demonio y de sus criaturas del aire y de la ira. El Diablo bergaminiano es doble, que no ambiguo (nada en Bergamín lo es). Uno tiene como atributo la malicia, el otro el Mal. El pecado original del Diablo malo, que no malicioso, es no creer en la gracia, es decir no creer en Dios. Es a ese Diablo literalmente desgraciado (les digo que es divertido) al que pidió ver cara a cara, como lo vieron Velázquez y Goya, “pintores del demonio”. El otro diablo, más divino y también humano, no es sino un espíritu burlón. De ellos trata, dice, la picaresca. Pero si el Diablo es doble, Dios es único. Acaso a esa falta de medida se deba su falta de malicia, para Bergamín, el pecado original de Dios.

“Yo prefiero decir mis veras entre burlas”, aclaraba.

Hay un Bergamín hispanoamericano o que al menos escribió en Hispanoamérica. En México, en Caracas (donde enseñó en la Universidad Central y publicó decenas de artículos en El Nacional de Picón Salas) y luego en Montevideo se sintió en una España de las antípodas. Por algo se refirió, ya en Uruguay, a los “paraísos infernales americanos”. Es cierto, casi no se nota en su escritura, poco confesional, aunque llegó a decir —y hablaba una de las voces menos adocenadas del exilio republicano— que un americano de lengua española —como un español— que reniega de su españolidad no pierde su alma, la enmudece. Una palabra que Bergamín nunca negó. Y es que —como dijo Ida Vitale— fue un “viudo vitalicio” —de vida, no de Vitale— de una España ensimismada, enfurecida, barroca, picaresca y devota a la que sería redundante llamar imaginaria.

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lunes, 15 de marzo de 2010

"El sacrificio como ideología"

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El sacrificio como ideología
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Por Leonardo Rodríguez
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Si la vida no tiene sentido, el sacrificio sí. Famoso después de morir, Orlando Zapata no consiguió que el régimen cubano atendiera sus reclamos, casi plegarias, de un trato menos brutal, pero sí que el mundo tuviera oportunidad de apreciar por enésima vez la magnanimidad de los Castro y de más de un corifeo. Me refiero al gesto reilón de Lula en La Habana y a la diplomacia casi mimosa del gobierno de Zapatero con la revolución castrista.
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La tradición cubana de inmolación política no tiene competencia en América Latina. Tanto así que el nada apostólico Guillermo Cabrera Infante llegó a escribir, no sin amargura, que el suicidio era la verdadera ideología de su isla. Hace rato que la Cuba castrista cultiva la eutanasia revolucionaria.
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También en Venezuela el sacrificio cobra valor como gesto de protesta. No hace mucho Franklin Brito rompió su última huelga de hambre frente a la sede de la OEA en Caracas. En estos seis años, según su esposa, Brito se amputó un dedo, se cosió la boca y recurrió repetidas veces a la huelga. En su caso, consiguió lo que en Venezuela no es corriente: que el gobierno revocara la expropiación de sus tierras. Para ganar la clemencia del déspota, nada como entregarse al suplicio.
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Que alguien se inmole por la libertad o los derechos civiles en un país donde de ellos quedan los escombros es algo trágico. Una manera de decir, con el más rotundo de los hechos, que sin libertad lo mejor es ver la vida desde el otro mundo. Lo vano es dar un sentido positivo (ideológico) al sacrificio. Los padecimientos de Brito y la muerte de Orlando Zapata son la confesión de un fracaso, no su glorificación.
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En un cuadrito de Gustave Moreau que hace poco vi en un museo de Madrid, una Esfinge acumula cadáveres y banderas en su altar. Pensé, en mi delirio, que se parecía mucho a la Historia.
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lunes, 8 de febrero de 2010

Leonardo Rodríguez: "El infierno no es sólo una fábula"

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El infierno no es sólo una fábula
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Por Leonardo Rodríguez
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Me he pasado estos días en la Argentina de Jan de Jager. En aquella Argentina, recordando lo que no viví y sin embargo se vuelve tan cercano. ¿Por qué la cercanía? Por el proverbial inoportunismo de la adolescencia y por la universalidad de la pesadilla; por la certera ironía de la escritura y por las farsas obligatorias del medio. Noticias del 75 (Buenos Aires, Nuevo Hacer, 2009): crónica de una educación sentimental al andar de una pesadilla compartida, el viaje moral de un artista adolescente que hace, entre nieblas y voces, el camino de vuelta. Noticias del 75 es también una apuesta: por lo real o su lucidez o su contraste, que en un clima tan opresivo es siempre tabú. Y la Argentina que retrata Jan de Jager es muy pero muy opresiva.
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En un país de desaparecidos, una cara asoma con (in)discreta soberbia: la de Videla, mirada de plomo y traje de tamborilero de piedra. Es el antagonista, no exclusivo, de estas noticias. Videla es sólo una de las caras del 75, una vaga reminiscencia de ese largo paredón en que se convirtió aquel país durante unos buenos años.
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Para fortuna literaria del lector, hay otras caras, apariciones, miradas. La de Sebastián, la de Martín o M, la de María, la del Padre Armando. El retratista, escriba y recolector de noticias es Sebastián. Y están los muertos, con sus nombres o su anonimia. Sólo de forma anecdótica el narrador los representa ante el más bien sordo tribunal de la Historia.
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No hay que olvidarlo: Noticias del 75 trata de un crimen, de varios crímenes. El principal es un asesinato colectivo, a cuenta de un supuesto ataque guerrillero, en una villa miseria argentina. El otro, la desaparición de un amigo. Los otros: de medio país.
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Libro de voces. Cada voz, sí, parece empeñada en no oír a las otras, en negarlas. Sí, todas las voces niegan, pero unas más que las otras. Por eso Jan de Jager (aquí y en su trilogía poética: Casa de cambio) hace de la escucha una escritura.
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Hay pasajes abrumadores: las confesiones de María, sobre todo. Simpáticos o cómicos o caricaturescos: los que tienen que ver con el colegio de clase acomodada, vecino a la casa donde Perón gobernó durante su segundo mandato. Deliciosas las anotaciones y las cartas de Sebastián, los poemas y juegos verbales de M. Asombrosa (dramática) la madurez de esos amigos, más que justicieros, justos. Y-sobre todo a ciertos ojos- pecadores. (No es que no hay justicieros en Noticias del 75: María lo fue, el Padre Armando lo será siempre y M tiene la tentación de serlo. Pero la justicia aquí es más una ironía y una impotencia que un reclamo judicial. En Noticias del 75 no hay doctrina sino drama y aun las vetas doctrinarias están matizadas por un humor implacable. )
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Por eso la amistad de Sebastián y M es ya una gracia: sus pequeñas liturgias son secretas, no sectarias, y los secretos nada tienen de ideológicos. Es como si, en medio de tanta sordera, esta amistad fuese la verdad más íntima o verdadera. Más decisiva, en todo caso, que el amor, la familia y la patria, en la que, según M, sólo creen los que mandan y los boludos.
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El infierno no es sólo una fábula sino una experiencia, sospechaba en contra de Fausto el Mefistófeles de Christopher Marlowe. Una clave de esa experiencia está en los recortes de periódico, tan atinados y sarcásticos por su sola manera; una puerta a esa fábula es la conversión de uno de los amigos del colegio de clase acomodada de Sebastián y Martín, en militar y en difunto. -
Confieso que me aturdió el mural del horror con los nombres de los desaparecidos y asesinados. Eso sí: son reveladoras de las modalidades del crimen (el secuestro, el plomo duro, las bombas) y su temperatura (frío patagónico en el alma). Está claro que ese fresco es un intento de airear a los cadáveres en su olvido. Los ajusticiamientos no ocurren sólo durante el período de la dictadura sino antes, cuando ya Videla era el Jefe del Estado Mayor para el Ejército. Están, además, los asesinados por la guerrilla. Al principio, me parece que lo logra: qué mal huele la Historia o qué aséptica. Pero siento que aporta poca tensión intelectual después de cierto momento. Ya los muertos están y el gran desaparecido (no otro que M) no deja de aparecer en casi cada página.
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Que es, para Sebastián, el tema de este libro, su memoria o su réquiem.
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martes, 10 de noviembre de 2009

Leonardo Rodríguez: "Alfredo Silva Estrada"

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------Alfredo Silva Estrada
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---Por Leonardo Rodríguez
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Para mi continua alegría y privilegio, Alfredo Silva Estrada fue el cómplice de una amistad tan afectiva como divertida y en suma iluminadora. La casa de Sonia Sanoja y Alfredo ha sido para mí un arraigo cordial en Caracas, por no decir un refugio. También un espacio cálido, que diría Gerbasi. Alfredo fue un padre (oigo su risa de fingido asombro) en la generosidad, maestro entre tragos (ron con jugo de naranja: su tan citado clásico) y poemas, el rey del nonsense. Su humor era un caldo hirviente a todo momento, pero sólo en ofrenda a partir de las seis de la tarde, su hora cinematográfica. No era feliz porque ignorara cínica o neciamente las adversidades sino porque creía-y es uno de los temas centrales de su poesía-en los goces elementales y también en muchos mentales y sentimentales. Me parece que su poesía fue, en parte, el decir interior, meditativo y cifradamente polémico de esa afirmación.
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Ya se ha dicho y creo que debe seguir diciéndose lo mucho que ha dado a los poetas y lectores de poesía en Venezuela: sus traducciones, sus libros, sus programas radiales (a los que llegué tarde), muchas veces su atención. En Europa, fue leído con admiración y empatía por algunos poetas belgas, como Philippe Jones y Fernand Verhesen, traductor al francés de su espléndido Al través; también el poeta portugués António Ramos Rosa (está recogido en volumen reciente) tradujo algunos de sus poemas. Un entusiasmo recíproco y lúcido. Tanta pasión por la poesía en lenguas romances no le ocultaba el bosque más cercano al que pertenece y del que se nutrió: la de la poesía en lengua española, sobre todo hispanoamericana.
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No creo muy arriesgado augurar para Silva Estrada una parentela poética secreta y fecunda. Ya más o menos la tiene, aunque no es tan secreta y fecundidad es un concepto quizá demasiado biológico, determinista, adocenado. ¿Por qué un poeta tiene que tener-como los patriarcas más desolados-una chorrera de descendientes? Pero una cosa es la biología literaria y otra la gratitud. Como lector, le agradezco a Alfredo muchos hallazgos. Todavía en la cumanesa adolescencia, me descubrió la poesía de Pierre Reverdy. Luego vendrían otras voces. Era un lujo casi inaudito asistir a aquellas sesiones con gente ausente que, sin embargo, estaba viva en la conversación. Fue cuando me di cuenta que algunos poetas –incluso franceses-existen. Pero había más. Entre ellas, ah, sus divas: de la canción, del cine, de la poesía. Poco después de que Alejandro Chacón-que escribió un estudio inédito sobre la poesía de Silva Estrada- me llamó para informarme de su muerte, me puse a escuchar a una cantante argentina que Alfredo recordaba mucho: Tita Merello, cuya “Se dice de mí” tuvo buena fama por ser el tema de una telenovela colombiana de alta audiencia. Alfredo tenía otro yo lírico: era cantante; de tangos, boleros, rumbas, baladas italianas, chansons. A imagen suya, fui aprendiendo canciones que eran como calentamientos para un torneo poético en el más allá de la página. O para el siguiente trago.
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No sé si alguien ha comentado la asombrosa cultura cinematográfica de Alfredo. Lo digo porque le encantaba hablar de cine. En sus tan evocados e iniciáticos años de París, ya con Sonia, frecuentaba la Cinemateca casi a diario. Una manera de pulir el idioma de sus desvelos, y de divertirse. Se topaban con frecuencia, como en un ágora secreta, a Juan Nuño. Me gusta imaginar que el poeta y el filósofo compartían, sin previo ni posterior acuerdo, raciones habituales de oscuridad. Cuando comencé a visitarlo ya no iba al cine y apenas se trataba con Caracas, la enfurecida, pero se había convertido en un mago del zapping. Una vez me recomendó ver, en televisión, la para mí prehistórica Las abandonadas, de Emilio Fernández, con el falso coronel Pedro Armendáriz y-sobre todo-la bellísima, sombría y enamorada Dolores del Río, cuyas frases eran versos modernistas. Es un melodrama genial y fue una revelación de alta tensión poética y luego cómica. Una mezcla tan de Silva Estrada como el ron con jugo de naranja.
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Hace meses soñé que Alfredo caminaba sonriendo bajo la lluvia. No bailaba ni cantaba, como en la famosa película musical, pero sonreía. En sus últimos tiempos, bajo el inclemente aguacero cívico que viene cayendo sobre Venezuela, con la sombra de tantos amigos desaparecidos, con sus propias sombras tan cercanas, Alfredo ya casi no hablaba. Pero-da que pensar- nunca dejó de cantar.
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viernes, 25 de septiembre de 2009

Leonardo Rodríguez: El discreto Bielinsky

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--------"El discreto Bielinsky"

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-Por Leonardo Rodríguez

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-Descubrí hace un par de años la obra breve de Fabián Bielinsky (Buenos Aires, 1959- São Paulo, 2006). Mi orden fue su orden, concentrado: primero Nueve reinas, de 2000, después El aura, de 2005. Ricardo Darín actúa en las dos. El no menos notable Gastón Pauls, el pibe de las estampillas, en la primera. Lástima no haberlas visto en pantalla grande. Hay motivos que se repiten en Bielinsky: el delito, el juego. La estafa retorcida pero casi inocente de Nueve reinas se hace crimen organizado en El aura. El puro juego de manos se convierte en amenazante juego de armas. La primera ocurre en Buenos Aires, la segunda en la provincia argentina.

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De la atmósfera urbana de Nueve reinas, entre el barniz de un hotel cinco estrellas y la pátina callejera, pasamos a la densidad poética y apocalíptica de la región de El aura. Los lugares, en uno y otro film, pertenecen sin más al reparto dramático. Comparten un aire de asfixia moral o es argentina.

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Los personajes de Nueve reinas no son delincuentes de vocación. Apenas juegan a serlo o se disfrazan de tales. La estafa es una manera de no ser o no parecer tonto. Como quien dice, de seguir la corriente. Credo picaresco: soy un pillo, pero no tengo nada que ver con la ley. De todos modos ¿quiénes son la ley? Nadie lo sabe pero nadie lo ignora. Buenos Aires es una ciudad cualquiera y ellos también se parecen a cualquiera. Son-la ciudad y los protagonistas-seres del desplome, con algo, sí, de perros callejeros. Alguno hasta tiene a su viejo en la cárcel. Los más piadosos sentimientos son falsos. O quizá sólo imaginarios.

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El personaje principal de El aura (alias Esteban Espinosa) ya no tiene nada que perder: ni mujer, ni dinero ni casi alma. La mujer nunca aparece, y esa gravitación invisible es parte del temple y el desvelo del protagonista. Ricardo Darín es un taxidermista taciturno, epiléptico y rutinariamente tramposo que se siente, a su vez, estafado por la vida. La estafa es un arte y el arte es una estafa: ya en las escenas iniciales del arreglo del lobo disecado los naipes de Bielinsky están sobre la mesa. Es decir, en la pantalla.
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Si en Nueve reinas me encantó la perfecta relojería del timo, en El aura fui cómplice de la farsa desde el comienzo. El melancólico estafador fantasea con robar un banco, porque robar un banco no es tan malo como fundarlo. El problema es que el taxidermista será un alma en pena, pero no canalla. Eso espera (esperamos).

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El protagonista y la anécdota misma de El aura, me parece, tienen un aire de familia con el protagonista y la anécdota de El sur, el gran cuento criollo de Borges. Recuerdo que el borgiano Juan Dahlman es un hombre que busca su "particular destino suramericano" donde nadie lo espera. Mejor: donde lo espera-no sin meticulosa ironía- un cuchillo y la pampa. Una escopeta en el bosque, en el caso de Esteban Espinosa.

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No hay fanáticos ni inquisidores en Bielinsky sino pícaros y falsificadores. No desprecian la ley: la evitan. Tampoco se la apropian o la enfrentan: sólo extorsionan a quienes la encarnan. El delito no es glamoroso, ni redentor, ni nihilista ni justiciero, pero sí un resuelve y más que una opinión. Dijo Bielinsky a propósito de la violencia en el cine: “Una pistola en la mano pesa y no hacen falta mil disparos para entender lo violento. Uno sólo basta y es brutal”. Una cámara también pesa y no hicieron falta mil películas para entender que este argentino discreto tenía algo (¿puedo decir verdadero?) que contar.


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En la imagen: Fabián Bielinsky con Ricardo Darín en la filmación de El aura.

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jueves, 10 de septiembre de 2009

Leonardo Rodríguez: Noche con Bergman

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Noche con Bergman

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Por Leonardo Rodríguez

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Pasó-fugaz concesión a los cuatro locos empeñados en asistir a las salas de cine madrileñas-la última película de Ingmar Bergman. Hubiera podido verla en DVD, ahorrándome el doblaje, ese agreste vicio del costumbrismo español. Pero, no quise dejar pasar esa visita no anunciada en pleno verano. Mucho menos sabiendo que en la nave bergmaniana venía nadie menos que Liv Ullman, una de sus más fieles (e infieles) tripulantes.

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Sarabande (2003) es una película de violencias: emocionales, sí, y morales. Violencia de unos a otros, de unos a sí mismos, de la vida (esa señora de cuidado) a todos. Uno de los momentos más reveladores y hermosos de la película ocurre en la iglesia del lugar (ah Bergman y su templo en el bosque). "¿Cómo llegó ese órgano a este lugar de nadie?" pregunta sin respuesta el chelista y organista Heinrich, hijo de su papá y algo más que padre de su hija. Enamorados e inquisitivos, los personajes de Bergman se entregan y confrontan con parecida intensidad. La música es lo único que reúne a estos más que atribulados (y lúcidos) corazones. Hay una partitura secreta que, más que descifrar, los personajes escuchan o ejecutan. -

Sarabande está no sólo llena de música sino compuesta como una obra musical. La cámara de Bergman es no sólo la de las imágenes sino la de las cuerdas entrelazadas y los secretos de recámara.

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Solos como están y estarán, siempre han pensado sus vidas a través de otros. No sólo la pareja. La familia en Bergman es un coro de voces solistas, sí, disonante e íntimo.

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Marianne visita a su ex marido-como Bergman a nosotros-en pleno verano. Su memoria se deshiela y los seres (hijos, recuerdos, sentimientos, resentimientos) que los personajes han creado entre sí siguen vivos. Seres, a veces, devotos, otras, inmolados. Es cuando Bergman, más que sueco, parece azteca. El amor, esa locura más discreta que decía Stendhal y recordaba Sebald, o la más pobre de las religiones que aseguraba Pavese, uno que se autoinmoló. No hay culto sin sacrificio y, en las obras de Bergman, suele ser el amor, el amante, el amado. A veces: el hijo, el padre. La soledad final de estos personajes es una derrota de la convivencia amorosa, pero a la vez su más escarpado homenaje, su perfecto desvelo. Sus personajes, casi siempre, son fanáticos sentimentales. Aunque la vida es perra y nunca sale bien parada.

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Los personajes de Bergman se toman el amor con una gravedad (y a veces, un patetismo) sólo equiparable a la del deber. En Sarabande, hay cama compartida entre padre e hija. La memoria se comparte entre ex parejas. Casi todo ocurre entre paredes tajantes.

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De una vida, cuenta Bergman, queda una mesa llena de imágenes familiares, algunas bellas, sí, y dolorosas. Otras simplemente de relleno. Eso en el caso de la abogada que interpreta-encarna, es- Liv Ullman. Ella es la que se atribuye el legado, la que arma el argumento definitivo, la que hila todos esos recuerdos.

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Todavía sin salir de la sala, a oscuras, una de las espectadoras (la única entre los cuatro gatos literales de la sala) increpó a su acompañante. “¿No pudiste elegir una comedia o algo?” Era como si todavía no hubiese terminado la película.

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Leonardo Rodríguez, escritor y ensayista Cumanés, 1977. (Venezuela) Reside en Madrid.

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Fotograma de la pelicula Sarabande, tomado de la Web.



lunes, 6 de abril de 2009

Leonardo Rodríguez: Blues para Juliette

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--------Blues para Juliette



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Por Leonardo Rodríguez

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Después de escribir una postal crítica para Juliette Lewis, me quedé pensando en películas con ella y en ella misma, en el personaje detrás de la actriz, en los tiempos no remotos en que me seducían y hasta perturbaban sus personificaciones. Pensando en ella, que es una como ex novia cinematográfica, vi una de las películas suyas que me gustan. Me refiero a What's eating Gilbert Grape? (¿A quién ama Gilbert Grape?) La recordaba con placer pero no tan bella, bien contada y sugestiva. Se trata de un cuento sureño, situado en Endora, un pueblo perdido o insignificante o escueto de los EE UU, con una madre obesa (memorable Darlete Cates) que no resiste el menor asomo de conflicto ni en la mesa, un Johnny Depp que lleva la casa (con madre y culpa incluidas) en sus hombros, el alma curtida de pesadumbre. Becky (quién si no Juliette), de viaje con su abuela por las carreteras norteamericanas, se queda varada en el pueblito por un desperfecto del carro. Llega para complicar (encantar) la escueta vida de Gilbert (Johnny Depp) y de su sombra, Arnie, un muchacho down que puede “morir en cualquier momento”, interpretado por el tantas veces magnífico Leonardo Di Caprio. A cada rollo exterior a sí misma la madre rolliza entona un estribillo: “¿No podemos ser una familia normal?” Nadie responde.

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La película es una historia de familia y de lugar. Me recuerda cuentos de Faulkner y la maravillosa Balada de Carson McCullers, historias con idiotas y madres memorables. La película invoca ese Sur Americano que es casi suramericano, la tierra del blues y del gospel. Algo de esa música se siente en What’s eating Gilbert Grape?

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No quiero olvidar una escena recurrente, una llave narrativa y poética de esta obra feliz de Lässe Hällstrom. Arnie, hermano-sombra de Gilbert, suele subirse a un árbol y jugar allí al escondite. También se sube a la torre de electricidad, el “árbol” más grande del pueblo, para desespero de Gilbert y la policía. Algo semejante se ve en una película de Fellini, Armarcord (1974), donde un idiota cuarentón se sube a un árbol para gritar a los cuatro vientos: “Yo quiero una mujer”. Recurrencia: nos gustan los árboles. Y las mujeres, porque a Arnie le gusta, de una manera todavía más expansiva que la de Gilbert, esta Juliette para quien estar en la carretera con su abuela es estar en casa. Arnie y Gilbert, de todos modos, y salvo en los momentos en que este último ya no puede con su alma o con su deseo, son un solo personaje multiplicado por dos.

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Foto de JL tomada de la web.

jueves, 19 de marzo de 2009

Leonardo Rodríguez: Postal para Juliette

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Postal para Juliette

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Por Leonardo Rodríguez

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Después de haber pasado horas en un avión, en un asiento estrecho, con un televisor encendido sobre mi cabeza, incesante, y haber soportado una reciente película con Juliette Lewis, no resisto la tentación de enviarle una postal a esa actriz. Una postal crítica, porque los amores, al menos los imaginarios, incluso cuando no han sido excesivos, tienen sus noblezas. ¿O es la crítica, también aquí, una de las bajezas de la pasión?

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Como muchacha, Juliette Lewis era la delicadeza mezclada (siempre híbrida) con un toque de violencia liberadora, irrenunciable, nada autista. Era la posibilidad de un diálogo nada sumiso pero todavía cortés con el mundo. En alguna oportunidad la mezcla era al revés: Juliette era una violenta delicada, una matona que canturreaba dulcemente, como una Ofelia homicida, en su locura de sangre y encierro. Su rabia, aunque caótica y hasta nihilista, era siempre, de alguna manera, lúcida, aunque tal vez anecdótica. Todavía no tiene el don de la blasfemia. Eso con Oliver Stone, que vive en la edad de piedra y no acostumbra ser demasiado lúcido. Juliette tenía otras caras. En Maridos y esposas, de Woody Allen, es un prospecto de crítico literario que dejaría en pañales a muchas intelectuales que conozco y tantas otras que no conozco. La crítica que Juliette le hace en el metro a su profesor, el salaz Woody, por su machismo, su esquematismo psicológico y sus manías sexuales, es de antología. En cuestión de tan grave (gravísima) importancia como la crítica literaria personal, Juliette conservaba su estilo amable pero incisivo. Después de su proeza de lectora, pierde el manuscrito, el único, verdadero objeto de seducción literaria. Woody, pícaro siempre doliente, busca el manuscrito por media Nueva York. En eso se le va la vida.

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Tal vez Juliette Lewis también perdió su propio manuscrito y no lo ha encontrado. Tal vez no tenga la valentía de reconocerlo. En esta película que veo, que ya vi y no quiero volver a ver, el guión la ha obligado a ser fiel a todo menos a su vieja ironía casi shakesperiana, un cruce delicioso de irreverencia y cake de chocolate. Es ahora la ex novia de un Don Juan de pueblo americano, enlatado, casi afásico, sin otro talento que la chatura no arrogante. Es Juliette misma vista en un espejo sarcástico.

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Juliette Lewis ya no sabe ser ingenua como una ninfa terrible bajo los dientes del sátiro, como en Cabo de miedo, donde Robert De Niro es un resentido mimético hasta la brillantez. También: seductor. Dos de las mejores seducciones cinematográficas que he visto han sido ésa y la de Al Pacino como (¡adivinen!) Ricardo III instigando a la princesa ¡Wynona Ryder! Vale la pena detenerse en ese cuadro de costumbre sentimental: dos adolescentes a un tiempo agresivas y modosas, histérica la Ryder, mistérica la Lewis, ambas judías americanas; dos complejos (y completos) hijos de puta, ambos ítalo-americanos, con un hambre desmesurada por ciertos dones de la vida: el poder, la belleza femenina, el don terrible de matar.

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Quienes quisimos a Juliette Lewis-y sospecho que éramos un coro discreto pero afanoso-fuimos el matón shakesperiano en Cabo de miedo, el infantil troglodita Woody Harrelson en Natural born killers, el silencioso y adolorido Johnny Depp en ¿A quién ama Gilbert Grapes? Tuvimos varias caras. Fuimos también Woody Allen errante en busca de su manuscrito por la ciudad de su vida. No recuerdo ahora otras películas, pero fue más que suficiente para un amor temprano, tal vez decisivo. Una pasión, hay que reconocerlo, signada por las ganas de poseerla. (Sólo Johnny Depp, tan esquivo, se sale de ese combo.)

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Esta Juliette de avión, sin dolor, sin risa, apenas patética, ni sangrienta ni literaria ni comprensiva, no tiene ninguna verdad que defender con su personaje. No aspira nuestro deslumbramiento, nuestra inquietud, nuestro reconocimiento, si acaso nuestra lástima. Tiene, sí, un hijo, pero ya no se tiene a sí misma.

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Leonardo Rodríguez, escritor y ensayista Cumanés, 1977. (Venezuela) Reside en Madrid.

Otras colaboraciones de L. Rodríguez, Aquí, Aquí, Aquí...

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Foto de JL tomada de Internet.



martes, 3 de marzo de 2009

Leonardo Rodríguez: Poemas

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Tres poemas (inéditos) de Leonardo Rodríguez

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------ A quien espera

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Otro día y las tramas

no tienen ni principio ni final.

Todo esto, el viaje y los tesoros,

es un desvarío del tamaño del mar.

Sólo las minucias me entretienen.

Hoy, por ejemplo, me toca

reparar la cama donde duermo.

En el barco hay ratones

y se han comido la madera de mi cama,

sin respeto a que allí duerme el capitán.

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Saca la cuenta,

algunos ya dicen que bien cocidos

---y con una hojita de albahaca para engañar el ojo

los ratones no envenenan.

En la mesa

nos ronda el fantasma de Esparta.

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Lo más burdo nos distrae, querida.

El hastío de los cielos y las olas

sólo queda mitigado por la borrachera

y algunas tonadas de nuestro amanerado Orfeo.

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¿Me creerás si te digo

que no tengo mucho que contar

salvo

---si repito los disparates de nuestro Poeta

----a bordo?

Te preguntarás si no me da nostalgia mi tierra.

He sentido la extrañeza de no amanecer en mi casa,

de no echarme a la sombra junto a mi perro

y de no quererte

como quisiera, cada día.

Pero de mi tierra, querida, me repugna

el nuevo melodrama, el del odio,

y el nuevo campeonato, el del rencor.

Un dios estéril ha sometido las almas con su espada.

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Aquí no todos seguimos vivos.

En otras partes vamos desapareciendo también.

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Al final del día todo parece malgastado.

Y se añaden otras culpas:

Fui insensible a lo que me reclamaba atención,

no lidié con mis taras ni me entregué al goce del tarareo.

no me ilumina un gesto, no me reconozco

en ningún destino.

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Pero fui lo que quise,

parásito contento de una ficción.

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------ Manos

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Tus manos sobre la tierra:

a un lado, fíjate bien, aparecen

los viajes.

Aparecen y desapareces:

llevas una voz como una errancia en reposo.

Se te confunde la lengua

te confunden las lenguas

queda siempre

---el balbuceo

el otro pronombre

seco en la saliva.

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Mis manos sobre tu cuerpo:

---el cuerpo ciego

se empapa con tu calor.

El cuerpo del verano

se hace más oscuro con tu piel.

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Mis manos, como las de mi madre, tejen:

palabras, una hamaca

para escuchar el jadeo del mar.

Mis ojos se afilan en su hilo.

La mirada zurce mientras Nadie ronda.

Como las de mi padre, riegan un jardín.

Lidian con la sequía en la boca.

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Tus manos suenan en la sombra.

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-----Un sueño con Usted

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Un sueño:

todos, o casi todos, soñamos,

pero en éste estaba Usted.

Hablaba con un esquimal,

la nieve ardía (había nieve)

y las palabras eran blancas.

Íbamos en tren hacia Canterbury,

destino de peregrinos.

El esquimal apenas abría la boca.

En el sueño era el demonio, pero no

el demonio cristiano, aunque se le parecía.

Yo iba descalzo, Usted iba descalzo

y del esquimal no se veían sino los ojos

cerraditos.

Entonces llegamos.

---Descubrimos

haber estado ciegos, viendo con los ojos del esquimal,

quien a todas estas había desaparecido.

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Leonardo Rodríguez, escritor y ensayista Cumanés, 1977. (Venezuela) Reside en Madrid.

Otras colaboraciones de L. Rodríguez, Aquí, Aquí, Aquí. Aquí.