lunes, 16 de noviembre de 2009

Un Cuento inédito de Ariel León

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---Por Ariel León
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Era el resultado de una de las últimas encuestas del New York Herald; más del veinte por ciento de las personas sometidas al stress de una capital, le aseguró, se consideraba una persona infeliz. Ya habían canjeado algunas preguntas y respuestas de rigor cuando se lo dijo. Asomado a la ventana, después de encender un cigarrillo, había sentido el viento en la cara como un paletazo de alerta. Ella le había preguntado si creía en las encuestas y él creyó detectar en la pregunta un puente inesperado y diminuto

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Más que en otras cosas
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Yo también, le escuchó decir. Buena señal, pensó, y decidió acatar el itinerario generado por esa coincidencia (lo mas probable es que no hubiese leído el ejemplar de Le Monde de hacía dos días, se dijo). Según una encuesta realizada por Le Figaro, le comentó sin mirarla, el setenta y seis por ciento de la gente llega a encontrar normalmente un espacio que le permita una expansión bastante correcta de la existencia. Ella le preguntó si estaba seguro de recordar esa cifra, pero no viró el rostro. Creo que lo vi en el ejemplar del viernes de la semana pasada, le respondió
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Si quieres podrías comprobarlo
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Es un por ciento bastante alto, le dijo ella. Él recogió aquella respuesta lacónica como una moneda insuficiente y sin embargo, la larga rutina del oficio le había enseñado que lo mejor es seguir el rumbo de la inercia. Era mejor no mentirle (bastaba, se dijo, que no hubiese leído el Le Monde del jueves último). El azar le trajo a la memoria los resultados de otra encuesta; el noventa y uno por ciento de la gente sólo sufría un tiempo asombrosamente limitado de la existencia, el setenta y dos por ciento lograba superarlo sin problemas
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La leí hace menos de dos meses
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Ella lo miró aspirar otra bocanada y él no se inmutó. No podría darse el lujo de errar una sola vez; puedes encontrarlo en el Daily del Martes, le confirmó. Ella pareció recordarlo; sí, dijo, es eso. Él se tragó un suspiro sordo de temor que le rebotó en el estómago (si lee el Daily con alguna frecuencia, pensó, es posible que no haya leído el Le Monde del jueves siete). Había aprendido a imitar la calma que requerían momentos como ése, abolir de sus miembros la menor traza de impaciencia y confundir su cuerpo con una serenidad falsa y necesaria. A pesar de lo que suele creerse, le comentó, la mayor parte de la gente es incapaz de reconocer el momento en el que está experimentando una emoción de felicidad
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Lo encontré en La Repubblica de la semana pasada, pero no recuerdo el por ciento.
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Más del cincuenta y uno por ciento, le dijo ella. Él sonrió para sus adentros (lee también La Repubblica, pensó, no debe revisar a menudo el ejemplar de Le Monde). A esas alturas, cualquier novato hubiese considerado tener una parte del terreno ganado, pero él se limitó a tomar otra bocanada de humo; sabes, le dijo sin añadir ningún gesto, más del sesenta y cuatro por ciento de las personas que viven después de un quinto piso tienen una tendencia a la nostalgia que se elimina apenas cambian de domicilio y se instalan en los niveles inferiores. No lo había escuchado, le dijo ella. Él dejó escapar de la boca un aro de humo que se diluyó inmediatamente en los remolinos del viento; el Nouvelobs, creo que del cinco de este mes, le respondió, y la vio girar la cabeza por primera vez, mirarlo fijamente, como si estuviera dispuesta a tenderle el brazo. Pero él había trabajado más de dos décadas en lo mismo. Sólo después de ese tiempo se puede leer alguna cosa en las retinas renuentes que parecen flotar en los rostros de esos seres remotos, por eso la pregunta no lo tomó por sorpresa, la vio llegar
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Has leído el ejemplar de Le Monde de hace dos días?
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Él le respondió sin perder tiempo; dame la mano, le dijo, hablaremos mejor adentro. Sabes, le comentó ella sin moverse, según los resultados de una encuesta del Le Monde de hace sólo dos días, más del noventa y dos por ciento de la gente miente en las encuestas. Es posible, le dijo él, y extendió inmediatamente el brazo para agarrarla, pero sintió el vértigo de la mano extraviada en el aire y un instante después oyó el golpetazo allá abajo, la curiosidad ciudadana que ya comenzaba a rodear con un asombro cálido el cuerpo destrozado.
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Imagen tomada de la Web.
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Ariel León, La Habana 1970. Lic. en Literatura Hisánica, París, 2008. Finalista del Premio Azorin de Novela, 2004. Reside en París. El Cuento pertenece al libro inédito, Manual del Desencuentro.
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3 comentarios:

  1. Señor Ariel León, espero no se envanezca con lo que voy a decirle. He leído con atención los dos cuentos que ha publicado en esta página, y ambos, son estructuras muy bien columbradas y muy bien elaboradas y reelaboradas. Se palpa el rigor con que ha modelado su discurso narrativo. La sugestividad, que es el gran hechizo de piezas tan breves, es una constante. Contar, ahora, y desde hace mucho, es sugerir, permitirle al lector que participe de ese universo en tres cuatillas que solicitaba Jorge Luis Borges al gran cuento, mostrar la punta del icerbeg que pedía Hemingway, y hacerlo con sobriedad y serenidad, escogiendo el signo y el símbolo exacto. El gran cuento es eso: balance entre la morfo y el sema. Y todo ello concebido desde el distanciamiento y la destreza. Sólo se doman las exigentes estructuras del cuento cuando el narrador es un orfebre que burila con paciencia el propósito artístico así con el objeto de arte. Lo felicito sinceramente.

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  2. G.de Leon, le agradezco por su lectura, AL

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  3. pense que vendia seguros ja ja. me gusto Ariel.
    Nadia

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