miércoles, 13 de agosto de 2008

El Alma y los Zapatos (Crossposting con Camacho)


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---EL ALMA Y LOS ZAPATOS
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Por Jorge Alejandro Camacho.
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Bailar es una habilidad del cuerpo pero esencialmente es un ejercicio del espíritu, del ser profundo que habita dentro; por lo tanto bailar requiere una técnica, pero también una pasión. Capacidad física y rigor, pasión y gracia, dos pares que cuando se encuentran generan el hecho artístico. Detrás de toda obra realmente significativa hay un mundo pasional intenso. Bueno, al menos eso es lo que yo creo.

Es posible que el condicionamiento generado por esos criterios sea el culpable de que me haya parecido deslumbrante la presentación de Swing Latino Tigo en el Teatro Enrique Buenaventura, (mas conocido como teatro municipal de Cali) el viernes 4 de abril de 2008. No puedo dejar de ver en esto un encuentro de los olvidados imprescindibles de la ciudad de Cali: Juntos Enrique Buenaventura y la pobramenta bailarina del distrito de Agua Blanca. Buenaventura es el más importante teatrista que ha tenido Colombia. El, junto a Santiago García, son dos luces que en la segunda mitad del siglo XX pusieron el nombre de Colombia en el listado de honor del teatro mundial. En este principio del siglo XXI son los salseros caleños quienes saltan de las mechas humildes del distrito a las lentejuelas de los grandes escenarios gringos. Ambos motivo de orgullo para Cali. Ninguno de ellos es materia para la revista Gente.

En la ciudad de Cali no se creado ningún tema musical de los imprescindibles del mundo de la salsa, a pesar de contar la música de Colombia con creadores de la calidad de Fruko, Joe Arroyo y el grupo Niche. No se han creado, pero se han bailado, se han tocado, se atesoran y conocen todas las creadas en cualquier lugar del mundo. Y se han bailado como en ningún otro lugar. Cali no aprendió a bailar la salsa: se inventó el baile de la salsa. Y los que vieron esa locura decidieron mantenerle el nombre (Salsa), desentendiéndose del apellido del padre que puede estar en la Habana, Puerto Rico o Nueva York, poniéndole directamente el de la madre Cali: Salsa Caleña. Cali no es madre soltera, sino libre.

En el barrio se ha gestado esa salsa caleña que ya es un mundo poblado de bailarines, bailadores, melómanos y coreógrafos. Antes de llegar a los escenarios, a ese teatro municipal donde vimos un esplendor de espectáculo, la salsa es del barrio. Y cuando termina la presentación o el campeonato mundial vuelve al barrio, porque la salsa caleña es de la caseta, del bailadero de la esquina.

Afirma en espacios informales algún historiador que la salsa llegó a Cali por la calle octava, que esa fue obra de prostitutas y bandidos. Por ahí llegó, extendiéndose por los barrios pobres. Lejos ha llegado viniendo de tan lejos. Ha viajado, pero no se ha ido. Su núcleo vibrante sigue estando donde siempre ha estado.

Cuentan que alguna dama (con la mejor intención) ha dicho que en El Distrito “salen los bailarines hasta de las alcantarillas” y resulta una buena frase aun con la inevitable referencia a la similitud con las ratas. Hay bailadores por todas partes, porque bailar no es una corriente artística sino un componente de la vida. Y si bailar puede llevar a cualquier mulato a brillar ante el mundo hospedado en un hotel de cinco estrellas en Orlando, EEUU, es fácil que se desate la pasión por mutar de bailador de tardes, noches y cervezas, a bailarín de 8 horas de entrenamiento como disciplina. La salsa es la forma como el caleño pobre da curso a esa creatividad, a ese talento, a esas emociones y a esa libertad que lleva dentro. Triunfar socialmente con la salsa es un triunfo de la identidad, es una reafirmación personal, pero también es poner otro colorcito en el mapa de este mundo globalizado que a veces se ve tan monocromo.

Es por eso que cuando bailarines del barrio como los de Swing Latino Tigo, llegan a un escenario lo hace con una presión muy grande. En cada presentación, en cada salida del espectáculo, en cada paso de la coreografía, el bailarín se la juega toda. Los bailarines de la salsa caleña bailan como si no hubiera “una segunda oportunidad sobre la tierra”. Ellos apuestan “el alma y los zapatos”, es decir: apuestan todo. Bienaventurados los dueños de semejante frenesí.
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Otros textos de J. A. Camacho, Aquí.
Jorge Alejandro Camacho Sosa.
Escritor, nacido en La Habana, Cuba, en 1964. Ha publicado "Ojos de Miope"(Editorial Letras Cubanas, 1991) "Conversaciones con Jenny" (Banco de ideas Z, 1993), así como varios cuentos en antologías. Fue ganador del Premio Casa de América Latina del concurso Juan Rulfo convocado por Radio Francia Internacional con el cuento "¡Oh, la Habana!", en el año 2000. Actualmente reside en Colombia y trabaja como consultor en temas de turismo. Tiene su blog, Aquí.
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Foto tomada de Internet.

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