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lunes, 15 de septiembre de 2008

Poemas de José Kozer

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--Tres poemas (inéditos) de José Kozer

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----PRINCIPIO DE DESEO



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Ese tapiz que bordó mi madre mozalbeta y prenupcial, orillas

de un riachuelo, rueca, pinzas

de un cangrejo, típica la

vegetación de zona pantanosa,

pueblo natal, retecasadera ya

que era la hija del alcalde:

Eslovaquia, mucho antes, no

era mala la situación económica,

era muy buena, su gente suele

ocultar la mitad de lo que tiene,

de las ganancias devengadas en

el último lustro tejía, el tapiz a

lo ancho crecía (policromo)

gruesos estambres. Ya van más

de siete hilos a color, colores

primarios (chillones) salvo

sábados teje todas las tardes

(hacia las seis en verano) un

máximo de dos horas y media

(la hija del alcalde no ha de

fatigarse): al dar la media se

retira apresurada, comienza a

esconder sus divagaciones,

sombras chinescas obliga a

replegarse, el arte de ocultar

es natural entre su gente: tuvo

en una ocasión que deshacer

buena parte de la tela, se le fue

la mano, el zagal junto al brocal

tenía un bulto demasiado visible

en la entrepierna, qué habrá ahí:

en todo caso lo deshizo, ni borra

ni gota ni grosor perceptibles,

la tercera oveja en fila india

del aljibe al soto de nogales,

ésa, duro vellón entre las patas

traseras, bicho rijoso, terminará

tejiéndola de negro, con un

cuerno largo que se le sale

torciendo a la izquierda, y ahí,

en alto, diagonal al deseo, una

corneja igual de negra: posible

oler el pantano plagado de

juncias florecidas, gruesas

(altas) espadañas, huir, mejor

huir de estas orillas, pozos,

animales compuestos de mera

naturaleza: y volver grupas (estaba

en aquel entonces regordeta mi

madre) (grupas anchas, muslos

repolludos) que no la vea entrar

el padre (futuro) con sus preguntas

(insaciable) la madre (espigada)

destino óseo se cuele de rondón:

guardar bajo llave el metro y

medio de tapiz por terminar:

la caja de costura acomodarla

al fondo del chiforrobe (llavín

doble) ganas de reventar:

hambre secular: tumbarse,

rostro al cielo (raso) en

camastro mullido (fofo)

hundirse, subirse la falda

de vuelos y de encajes,

zagal (con bulto) se acaba

de dar la vuelta del soto a

las marismas.

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---------PRINCIPIO DE REALIDAD



Durante un año yo desapareció.

Desde la cama, en diagonal, la estrella matutina aparece, la

luna se disfraza de Selene,

Aminadab corre al frente

de sus ejércitos despeñándose

en el abismo medieval visible

al final de las aguas (allá): me

desperezo, indiviso, luego en

dos partes idénticas escindido

(del mismo género) dejo la

cama, la luna y la estrella se

desvanecen, yo desaparecido

se despereza en la luna del

espejo, varios de nosotros

nos astillamos.

Acabo de despertar y ya tengo que reponerme, intentar apaciguarme

(la salvajada del mundo se me

mete de lleno por los ojos, se

filtra por todos mis intersticios):

cómo se aguanta todo esto, desde

dentro (en ayunas): atención;

desplazarme paso a paso;

prolongarme dando rienda suelta

a las inclinaciones naturales; y

así, como quien no quiere la cosa,

llegar a la mesa: ahí, correr la silla,

sentarme (el yo, triunfal, coloca las

posaderas, aún cuajadas de cagarrutas,

en silla de roble) la espalda vertical,

los pies plantados en el suelo de

parqué, me llega el olor a café,

imagino el olor del enebro con

sus bayas aromatizando las calles

de aquel vecindario, cloacas que

desembocan en las pestilentes

aguas de un río más fétido que

los ríos del Hades: ahí, me pierdo

(el yo, a cuestas) (colgajo, por

dentro) (por fuera, legañas,

sobaquina, mal aliento, ralo

espejo empañado, sicote, el

triste olor de las madres

puerperales): solución,

desayunar.

¿De mano de quién? Sopa de coles. Café. Pan negro. Largo triste

vaso nocturno de Silva, Asunción

oleaginoso de vetusta agua. No

aguanto la refriega. Todo otro

día. Beckett (mira que llamarse

Samuel) Blake (glosas y glosas

y glosas) Bach (se me sale por

los codos) y no son ni las diez.

Nadar no puedo. Caminar, trechos

cortos. Subir (peldaños, montes,

escalas, diapasones) se me tiene

prohibido (quien sigue consejos

de galeno, no llega a viejo).

Solución: patada en trasero al

yo mayestático que pretende,

nuncio de sí, irse a meditar

(no me jodas) a Kyoto: y patada

estelar al trasero instando

alteraciones a quien como yo,

yo no desaparecido, depende para

la ordinaria subsistencia de unos

horarios, gong, almuerzo, tañido,

siesta, repiqueteo de campanillas,

dejar correr la fantasía: tableteo

de dedos sobre tambor de madera,

irse adormilando mientras, gong,

aguarda a la vuelta de la esquina,

la estrella matutina que vespertina

no asoma

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---------ÚLTIMA THULE



De

laca

negra

(brea)

el

cuenco sobre la mesa (para dos) de arce, la superficie refleja

un rostro nonagenario, sin embargo

no tiene una sola aspereza, la

superficie: ¿el propio rostro?

Amaranto en el cuenco. Ríe,

desencajada. Eso le daban a las

bestias en mi pueblo. Es amaranto,

no es cebada. Aj. Papilla, y más

papilla, estoy harta. Yo comería

reses completas si no fuera porque

el organismo a cada dos por tres

se me subleva, todo por dentro

cancanea, y por fuera se acaba.

Del familión no queda nadie, huelo

ósea, preferiría oler a terrones

(destripados) de lombrices cuajados:

mirar capullos de seda, verdear en

el rosal el pulgón, la ictericia en el

ojo del sepulturero que inunda los

espejos, se desvanezca. Conmigo.

No tener nunca que volver a comer.

Icor. Ambrosía. Liso el cutis, oler

a carne recién nacida (encalcada)

regoldar calostro, sólo que tener

que volver a empezar, ese paquete

se lo dejo a otra. Y la veo, lisa

superficie de la mesa (patas cortas)

de arce, ceñirse la chamarra

anaranjada de botones dorados,

resplandecen cutis, mesa, la forja

moribunda de su mirada, el fondo

del cuenco, la papilla de amaranto,

y un color anaranjado, inasible. No

la veo. Forja, y se me escapa.

Taracea del rostro, y se me

desmorona. Ésta es mi madre,

cómo es posible (yo que nací de

su libido) rabiatado a sus costumbres

(acendradas) su excesiva ternura, que

hasta el día de hoy, mejor me callo.

Y callo. Ahí el cuenco, que como no

vive en el aire, arce no es ave, exige

la superficie de una mesa, que a su vez

precisa un suelo de madera (ahí)

amaranto, y un poco más allá, ladeando

un tanto la cabeza, su delgadez

esquelética, los tobillos hinchados,

las piernas cardenalicias jaspeadas

de morado, el pelo (luz) recogido

en breve castaña gris hirsuto, ojo

de la Pelona encima, hedor inodoro

de la Calaca a su costado: vedla

(conmigo) ceñir chamarra anaranjada,

va a intentar, en este preciso instante,

abrocharse el botón más alto:

captemos el momento en que la nuez

de Adán aherroja (vestigio) último de

su último pensamiento (deshecho).

Espacio cabal la blanca existencia

inaudible del Vacío. Nos agrupamos,

la señalo, no la vemos. ¿Y el fulgor

de la tela? Gasa mortaja. ¿Y el

relumbre, refilón del anaranjado?

Descolorida sábana del desfloramiento

donde chapuzó mi padre. Nos aclaramos

la vista, y nada. Nos dilatamos la pupila

y surgen contornos desapegados que

atraviesan (raudos) un umbral, se

desvanecen. La silla. Su alto respaldo.

La figura de la lira. El crujir. De la

carcoma. De aquel gran esfuerzo

limítrofe de mi madre al intentar

ponerse de pie, el brazo (cuarteado)

extender a lo inaccesible. En picada.

Se abalanzaba. No acaba de llegar.

Rostro del quebrantahuesos, pico

del cuervo, alas extendidas del

querubín (pan de oro) abarcando

de lado a lado la nave interminable

del templo segundo de Jerusalén.

Ahí cuelga. Anaranjada. Tela virgen

de Dios. Burda. Y en el suelo, al pie

de la silla, ante la sombra revuelta del

respaldo

un

cono

ínfimo

de

polvo

(descosido)

la

chamarra.

Foto de JK., tomada de Internet.

Otras colaboraciones de José Kozer en Efory Atocha: aquí, aquí, aquí...

domingo, 15 de junio de 2008

José Kozer: "Hablando se entiende la gente" (Dossier Armand)

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HABLANDO SE ENTIENDE LA GENTE
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----------Por José Kozer

Durante décadas existió dentro del exilio cubano un pique amargo entre Octavio Armand y yo. --

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Sucede que en una ocasión, ambos jóvenes y con pocos años de destierro, di yo una lectura de poemas con un par de amigos en un bar de mala muerte del bajo Manhattan (St. Adrian’s) que, si no me equivoco, por primera vez acogía una presentación hecha por tres poetas, o dizque poetas, que leerían sus textos dos de ellos en inglés y yo en castellano (sin traducción).

Al terminar la lectura, mucha asistencia de golfos y briagos, se me acerco un tipo que recuerdo simpático y delgado, y me dijo ser Octavio Armand: sé que reaccioné como suelo hacerlo en tales circunstancias, con cordialidad y actitud abierta, recuerdo le comenté sería bueno, siendo ambos cubanos desterrados, reunirnos a conversar, conocernos (intuí haríamos buenas migas).

Pasó tiempo, y tal vez una década más tarde, me empiezan a llegar ataques solapados contra mi persona, que procedían de diversos puntos, entre otros del espacio ingente ocupado por don Octavio Paz. Y que dichos ataques nacían de la lengua, que por aquel entonces consideré viperina, de Armand. Me sentía consternado, no entendía bien a qué se debía el constante señalarme, entre otras cosas, como “comunista” y “sicario del régimen” y cuánta cosa más. A mí que me había largado de mi país porque no toleraba aquella ni ninguna tiranía, sin comerla ni beberla, de pronto, por esta inusitada vía, se me acusaba de una ideología que detesto desde la ubre de mi madre, desde los primeros vagidos nonatos.

Como no soy santo contraataqué, me figuro que a veces fui despiadado, otras me encogí de hombros. En todo caso, este pique, duró varias décadas: a veces me llegaban asaltos renovados, a veces la presencia de Armand desaparecía por completo de mi existencia. En ocasiones se comentó el asunto con algunos amigos que tenemos en común, y que siempre hablaron de Armand con enorme respeto, con interés auténtico por su obra, muy en particular su ensayística luminosa y de una integridad ética y estética, que merece estar entre las más leídas del continente. En lo que a mí respecta ya todo aquello dejaba de molestarme, actitud en mí que ahora formaba parte de una nueva tendencia a vivir diluyendo malestares. La labor de Armand en Escandalar siempre me pareció extraordinaria, yo mismo codirigí una revista que no le llegaba a los tobillos a Escandalar (tampoco teníamos los medios presupuestarios para hacer gran cosa) y cuando al final del proceso de publicación de la revista dirigida por Armand se decidió sacar un último número (el veinte) dedicado a la literatura cubana y no se me incluyó, mucha gente lo comentó como una falla inexplicable: yo, que no gusto del papel de víctima, aceptaba el asunto con una sonrisa de lado a lado, la pura verdad es que a aquellas alturas de mi vida, no ser incluido me dejaba frío, lo cual no es óbice de que haber sido incluido me habría traído calorcillo rico a la zona izquierda donde late el músculo fatal.

Treinta años después, en una mañana soleada, en un encuentro de poetas en Caracas, aparece Octavio Armand, corpulento, algo pálido, se me acerca y me dice, ¿tú eres Kozer? En efecto; siéntate, por favor; y se sienta: le agarro el brazo de inmediato y le suelto, sin retrancas: escucha, yo contra ti no tengo nada. Y él: he venido a aclararte la situación. Y para mi alegría más íntima y mi mayor consternación, Octavio me cuenta que él viene de un padre con un odio tal al comunismo, que ese odio lo lleva inscrito en el sistema circulatorio con tal fuerza que a veces lo ciega. Y bien: que el día de aquella lejana lectura en el St. Adrian’s, cuando vio que uno de mis compinches de lectura era un poeta dominicano que por aquel entonces hacía galas de un comunismo galopante, en ese instante Armand no pudo dejar de asociarme con esa ideología, y de ahí en adelante creo que odiarme a muerte, o al menos, considerarme un enemigo.

En aquel instante, el velo de la separación, la fuente de la discordia, se esfumaron. Sentí un enorme alivio, sentí que recuperaba a un amigo potencial, y que habiendo tristemente despilfarrado años de enriquecedora amistad, había que actuar haciendo del momento una concordia, un acto de compatible ligazón. Creo que mi rostro le debe haber mostrado al amigo Armand el giro que daban los acontecimientos, y lo contento que me sentía. Le expliqué que en quince minutos me pasaban a buscar para dirigir un taller de poesía al que debía atender como parte de la invitación que se me hiciera a aquel Encuentro prechaviano de poetas, el último de una larga serie de encuentros realizados por un grupo de poetas venezolanos de primera fila. Octavio, al tiro, me pidió acompañarme. Por supuesto que lo invité a hacerlo, nos fuimos hablando y recuperando el tiempo perdido, al sitio donde nos esperaban los talleristas. Octavio se sentó al fondo de la mesa, le pedí que se sentara a mi lado y que codirigiera el taller conmigo. Así hizo, y fue una de las jornadas de trabajo, con poetas que buscaban orientación, más inolvidables que recuerde: la lucidez, el conocimiento vivo y profundo de Octavio Armand en asuntos relacionados con la literatura, era conmovedor. Estaba cómodo entre los grecolatinos y los románticos, los cubanos del XIX o los origenistas, los franceses surrealistas o los alemanes expresionistas: una cultura abierta, ecuménica y que, más importante aún, a la hora de comunicar, se segregaba con toda naturalidad, sin esfuerzo “postal” ni aspavientos, y desde una tranquila humildad que implica haber llegado a un punto álgido de vida donde lo personal desgarrado y dolido dejaba paso, ya sin fricción, a una serena visión de la existencia.
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Texto enviado por el autor. Foto tomada de Internet

jueves, 8 de mayo de 2008

Tres poemas de José Kozer

--------Tres poemas inéditos de José Kozer


UN DÍA FELIZ

¿Cómo? Kamo. El río Kamo. Está bien, no me grites. La princesa

por supuesto Imperial. ¿Y el

pescado que nos sirvieron?

¿Intraducible? ¿Habrá un

equivalente? Lo que llaman

lisas. Ah. Shiogama: en el

Ise Monogatari lo encuentras.

Un poblacho. Espadañas,

redes medio deshechas, aperos

de labranza mellados. Las clases

altas practicaban artes marciales,

escribían poemas (5/7/5/7/7): las

clases menesterosas pagaban

impuestos. Un pueblo que come

arroz, mojarras y boniato, no

consigue superar una estatura

media de 5 pies (2 pulgadas).

Pies chuecos. Piernas gambadas.

Las azafatas de la Consorte

Imperial o de la Emperatriz

Viuda, un tirito: potables entre

los doce y los veinte años.

Descartables. Sobraban. Y aquí

me tienes, primero me lavo la

cara con un jabón de tocador

francés que me cuesta un ojo

de la cara, ayudo a poner la

mesa del desayuno, café, dos

tostadas con margarina, un

puñado de vitaminas, una

lenta defecación: nado una

hora, escribo quieras que no

en un cuaderno de tapa roja
(negra) (azul) el día en

principio acabó. Sin transición,

de un tranco, paso a orillas

del río Kamo, a la altura de

Shiogama. Página 120. La

madre: cómprate un traje,

celebra los aniversarios con

los amigos, saca a bailar a

tu mujer. El padre: no leas

tanto. La madre: dinero

dinero y más dinero (mamá,

eso es de Napoleón). El padre:

habla menos y vivirás más.

El padre: no comas con la vista

(variante: no pienses con los ojos).

El padre: no pienses tanto (descansa).

El padre: deja algo en el plato (¿y

por qué no me sirven menos?). Y

cada vez que yo decía pero, el

padre: ni perro ni gato. ¿Dios

existe? Pregunta ociosa. ¿Qué

hace el gobierno con los impuestos

que recauda? Pregunta válida;

resultado ocioso. En presencia

del padre la madre calla; en

presencia de la madre el padre

refunfuña: en ausencia ambos

se dan banquete. Los hijos se

compungen. ¿Día feliz? Llegó

el verano: pantalón corto de

gabardina, camiseta carmelita

desteñida, y la criada en refajo

planchando le veo al trasluz la

carne morada recubierta de

negrura (el vedijón): hiel la

madre si me coge mirándola.

Miro y miro el río Kamo,

Shiogama, llevo un siglo

varado en página 120. La

azafata imperial se descompuso,

de la Emperatriz ni cisco, y de

la hegemonía Fujiwara ni el

polvo de los caminos. Un día

sin duda feliz en la feliz historia

(adyacente) de la Humanidad.

Estoy, de males, curado. Lo que

tiene la edad cuando se tienen

al menos dos dedos de frente,

es que nada ya nos sorprende.

Nada nos trastabilla. Nos coge

de atrás p’alante. Sabemos de

antemano que todo, en fin, se

ve que del desayuno dejé medio

huevo en el plato (el otro medio

lo dejo en herencia a mis hijas):

mi gazuza la sacio con lo justo.

Pensar, lo que es pensar, diez

minutos al día, tres veces por

semana (antes de conciliar el

sueño) (o más bien el insomnio).

Y cuando se cierne de hierro el

brazo del padre sobre la fontanela

o el calostro espeso de la madre

ante el buche, contraataco gramatical.

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ACTA

La vagina de Sara cumplió sesenta años, penetraciones, un

giro, apenas el sentimiento

de sentir el rasponazo, así

suena (sonaba) cuando

descorchan, once varones,

cinco hembras, nueve

nacieron de pie, el resto no

alcanzó la veintena: todo

el mundo muere en edad

provecta, dicen (decían)

los chinos.

Hoy cumple años la muerte, óyela comer candela, óyela cómo

duerme: en el machote

aparecen los datos (ya,

borrosos) nombre y

apellidos hasta la

segunda generación

(unas treinta y tantas

sílabas con el montonazo

de signos diacríticos al

modo checoslovaco):

edad, dirección (anterior

a la actual) señales

visibles (ya no) causa y

por qué no consecuencia

de defunción. Estado civil.

Cuño. Sellos. En efectivo.

El vuelto aún su retintín al

golpear la mesa apolillada

del señor funcionario en

mangas de camisa, su corbatín

ofendía nuestros sentimientos,

sin embargo se le pagó sin

embargo no dejó de cobrar.

A mí su nieta o nieto todavía me huele la casa a pastel de guayaba

recién horneado manos de

hojaldre, Sara. Raja Sara

caja Sara baja Sara. Las

cosas que Piaget descubría

nos las había contado Sara.

A la mesa, entre muertos y

vivos, éramos (unos) treinta.

Sara a la cabecera, ochenta

años, un poco ida, un poco

tiesa, hierática sonrisa. Algo

desconchinflada. Búcaros de

minutisas. Faroles chinos,

cajas de comida japonesa:
-------bento. Y Sara me repetía

al oído, bento. Viento. A

bientôt. Y nos reíamos. Su

nieta o nieto preferido

(tortillerito mío susurrábame

al oído, parejera): aplaudieron

los muertos, los once vivos se

le tiraron al salmón ahumado.

Comed, comed, que vienen

tiempos malos.

Y vi que Sara se persignó, se llevó la mano derecha a la cabeza

(tocada por la peluca) (sotto

voce, Sara se rapaba) juntó

(namasté) las manos: por

si las moscas hay que creer,

repartir a los moribundos

entre los dioses, empezó a

llover. Primero una llovizna

de nada entreverada de ceniza,

arreció, menos agua, más polvo

y óxido, agua frígida, ceniza

idéntica en color y textura al

verdín original (Génesis). Y

nos llevamos a Sara en andas.

A Sara y el salmón, las cajas

a medio consumir de jengibre

en salmuera, pescados (tres

clases) crudo, fideos fríos

(soba) los vasos vaciados de

vino. Entramos. Entre cuatro

candiles la depositamos sobre

el jergón de heno tundido

(mullido) de una cosecha

primigenia. Y fueron llegando.

Primero los animales. Se

acomodaron, de hinojos. Luego

el Pregonero, ¿hay alguien en

casa que entienda arameo? Y

nada de Reyes prosternarse a

los pies de Sara. Le cerraron

los ojos, la ayudamos a vestir

disfraz carnal, ley última salir

bailando con su insoluble

careta de la resurrección

---------------tapándonos el rostro.
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FÁBULA

Subiré. Yo subiré. Y luego sólo yo disuelto subiré. Una galleta de

alforfón y uvas pasas, un

puñado de grosellas secas,

la cantimplora (no nos

llamemos a engaño,

contiene vino de arroz,

rebajado). Subiré hasta

alcanzar la cúspide, yo:

y luego disuelto la

alcanzaré.

No soy. No estoy. Está la vía. El macizo de flores blancas sin latitud,

flores innominadas, en la

cima. Unas abejas rojas

libando, surgieron de mi

madre al morir, le deben

la existencia, pronto las

veré (ascuas) (intermitencias)

seguiré pronto con la mirada

la trayectoria ida y vuelta de

la flor a la colmena.

Estaré hecho de barro sin conformar, vuelta y media del torno, saltar

unas astillas (¿ígneas?) amaré

por primera vez en mí lo

incompleto, sólo amaré lo

incompleto en cuanto barro

y paja, lengua muerta, pelo

estropajoso de espantapájaros,

rodillas raspadas, una flor en

el ojal de la solapa del saco

de tergal a gruesas rayas,

alcanzaré la máxima altura

de la escalada.

Mi ascenso. Yo subiré. Y luego sólo ascenso del cuerpo desprovisto

de figura imaginaria, sólo

movimiento aligerando,

no carga a espaldas sus

espaldas, no deja huellas

a su paso. Llueve de

Oregón a Vancouver: el

agua, mientras afecta mis

sentidos todavía, no me

moja.

Se inclina primero la cabeza, luego hasta la cintura (tres veces): se

farfulla, los ojos entreabiertos,

flor blanca penetra, se

descompone. Una babosa se

acerca a besar el rostro de la

abeja (ved la paciencia de la

abeja): se juntan, antenas y

orificio, en las alturas (¿qué

me aguarda allá arriba?). De

momento sólo sé que la abeja

(cuánta conmiseración) alucina

a la babosa en su vuelo nupcial

(nuncio de transformación) liba

flor blanca la babosa en el ojal

de mi solapa.



miércoles, 13 de febrero de 2008

TRES POEMAS (inéditos) DE: José Kozer. (La Habana, 1940)

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--Tres Poemas (inéditos) de José Kozer en Efory Atocha

-------------ASÍ DE SENCILLO


Ryokan

se colocó de espaldas (en un rincón) mirando a la pared: rostro

inclinado, los pensamientos irán

cayendo por el plano inclinado

de la sombra de su cabeza, en

la pared: uno a uno, tolvanera.

Lo fundamental es que vayan

cayendo uno a uno: surgen, se

enredan (no demasiado) se

deslizan: se disuelven, tras

estar enervados. La cesta de

mimbre implica un trayecto

fijo dos veces por semana,

un altozano, pinar, agujas y

piñas resecas por un desvío

del sendero principal: Ryokan

entiende que la verdad se halla

con más facilidad (la quietud)

en los caminos comarcales:

entre raíces adventicias:

amentos son orugas; drupas,

glotis; bamboleos del junco,

bayaderas. Y así la vida de

las imágenes. Recoge ajedrea,

diente de león, verdolaga.

Recoge unas flores silvestres

para Kwannon. La cesta de

mimbre se deshace, cae a sus

pies hecha pedazos, unos

bicharracos se desbandan, el

asa se reconfigura paradigma

de circunferencia plausible: se

disuelve aún más en abstracción,

lo cóncavo: dominio del vientre

materno. Un eje imperioso de

galerías interminables los

hormigueros. No puede prescindir

la hormiga de la lombriz de tierra;

ni la oruga: reconocerse el ojo en

las concavidades. Eso podría ser

otra historia. Empezar a fabricar

más tarde (por ahora permanece

inmóvil) otra cesta. Hacen falta.

O si no que lo diga el hambre. Y

uno y todos los seres herbívoros

de la Creación. De espaldas

Ryokan prepara un plato hondo

de verdolaga, dos setas rojizas,

cebollín. Y sin mover el cuerpo

en efigie, junta las manos, inclina

la cabeza (acción de gracias):

espanta la pesadilla de anoche

que de nuevo irrumpe, parece

imán la negrura descabellada del

caballo (tábano) descompuesto

en el aire gris oscuro, aire espeso,

fracción las ancas (titubeo) fracción

los cascos (muerde el tábano) crines

a un lado: la cabeza en sentido

contrario a la grupa intentando

recuperar (¿quién, damas y

caballeros, rasca la grupa de

un caballo?) sus largas patas de

corcel (cayó a sus pies el tábano):

de jamelgo: caballo matalón: sin

resurrección. Ryokan se apiada,

coloca el plato hondo de ensalada

(suerte que estaba sin aliñar) entre

las patas de la pesadilla: se esfuma

el equino, gran destreza el viento.

Praderas, vacías. Establos, vaciados.

Y un herrero, delantal de cuero,

buscando bajo un yunque de paja,

una herramienta despojada de su

forma: orín cayendo, por un plano

inclinado, de la cabeza a una

concavidad sin fondo. Ryokan

precisa compañía (Buda lo insta

a tener compañía): tendrá que

moverse, mudar de ropa, salir

(cesta en mano) a recoger unas

yerbas suficientes para un

almuerzo improvisado tras invitar

al cuervo, al centauro, a la monja

Teishin. Idea, antes de dar un paso,

diversas tareas que lo ocupen durante

las semanas venideras: fabricar una

canasta del doble del tamaño de su

cesta; fabricar dos jícaras de arce;

dos juegos de cubiertos de madera

preciosa; dos pañuelos de hierbas,

en uno flor de ciruelo, en otro flor

de naranjo. Se gira (aún no se

mueve) va y viene por un sendero

de drupas, bayas rojas que le

recuerdan las pelotillas del laurel

de Indias, consigue por primera

vez en su larga vida ir y volver

por el camino a la entrada de

su casa sin aplastar ni bayas ni

drupas (y eso que oye crujir

todo el tiempo). Fabricar dos

pares de sandalias (medir a la

tarde el pie de Teishin). Ryokan

se vuelve de nuevo (acaba de

plantar el pie derecho que

sostuvo más de una hora en

alto, postura de la grulla): de

espaldas se sostuvo (rincón)

mirando a una pared. Liberado.

Tal es así, túnica y vuelos,

franjas, ideogramas, que se

echa a bailar (a solas): y son

dos. Ryokan y sus pensamientos

(disueltos) Teishin (real) está al

llegar. Baila, ríe, trasudan en su

derredor las especies: sin dejar

de bailar pone el mantel de

algodón a cuadros, en un

cuadrado cabe la taza de vino

de ciruela que ni a la medida; en

otro cupo a la deriva (salud) la

taza de

saké.

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------RETRATO DE GUADALUPE ENFRASCADA


Guadalupe

de

perfil

en

el

balcón

(sin

jolongo)

un primer asalto de canas, pantalón corto de caqui, arrugas,

camiseta gris, la luz la traslada

de su luz interior, ya verdadera,

a una luz posterior, imparcial

por imperecedera (notable que

nos distinga a los tres desde lo

desconocido, por ese sendero

de grava común y corriente, a

ambos lados canteros de

cornalina). Haya agua (verla

correr) donde no hace falta

fuego: la miro leer desde lo

increado un libro que la tiene

encandilada, inmersa yo no

existo, grave lección: mientras

la miro no quiero pronunciar

su nombre, me da miedo se

vuelva un sustantivo, grava y

cornalina, ni propio ni común,

la asalte la inexistencia: en la

noche se desprende la corteza

envejecida del sicomoro oriental

frente a casa, la luna se llena de

un follaje inmaterial que pretende

semejar a la vez las primeras

manchas de vejez en los brazos

de Guadalupe, y lo sobrenatural,

a las seis: son las cuatro de la

tarde, lo sé de soslayo, las seis

de lo ulterior: las mismas seis en

las pupilas leyendo de Guadalupe,

la grava cruje, en los canteros del

sendero crece helecho, plantas

crasas, la rosa morada de la

literatura (¿qué lee?). ¿Magris,

Moravia, Musil? Tiene, tiene

vida por delante, me tranquilizo,

respiro al unísono, de aquí a la

zeta todavía veré llover. No me

atrevo a interrumpirla, susurrarle

no lea demasiado, la omega por

lejana siempre está cerca, qué

prisa tiene. Sigue inmersa. De

perfil. Me coloco de perfil a fin

de forjar una recta fija de la sala

(tras la puerta ventana) al balcón:

hela aquí, sentada, leyendo, acaba

de cruzar las piernas, una rosa

morada oscurece la tela de la

camiseta, y eso a la altura del

pecho derecho, ya no mana, ya

no filtra la Nada aquel pecho

primero, seno, caverna del sentido

que diera de mamar (original).

Rosa morada de helechos rodeada

invade su vientre (ineludible su

condición materna) de las partes

pudendas a la rodilla derecha,

dolorida a causa del reuma, aún

quedan unas horas (de lectura)

luz natural: que lea, que lea.

Nerval, Nabokov. Ogden Nash.

¿Y éste quién es? Yo se lo

recomendé. ¿Y a Mallarmé?

Ay no, qué pesadez. Aquí nos

bifurcamos. Las seis. En el reloj.

Del comedor. No la hora ulterior

ni la de libro que de perfil cerró

hace un momento. Estruendo.

Dos piezas a la mesa, una marfil,

otra ósea. Dos jarras pequeñas de

saké caliente, una fuente de atún

crudo a la japonesa, fuente y jarras

se orientan de por sí de

perfil

secundando

el

semoviente

paso

de

las

estrellas

que

Guadalupe

mueve

(a

mí

me

atolondran).

-------

---------------NO PUEDE DECIRSE MÁS


Noche

cerrada.

Deambulo

por

la sala, inconexa la hora, incierto el movimiento del cuerpo,

ido a no sé dónde, atolondrado

no sé por qué causa primera:

un instinto vertical me lleva

a detenerme un momento,

vaciar la mente, juntar los

pies, diría que obligarlos a la

unidad de la grulla haciendo

la digestión a la orilla de una

laguna, largo rato sobre una

pata (no hay mayor sobriedad).

Quiero

Dios.

Quiero

Buda

sin la salvajada de la reencarnación. Paso la mano por el

lomo en hileras hasta el techo

de los libros de mi biblioteca,

me han esquilmado, los he

descoyuntado, conformamos

(ojo y renglón) dos derrotas:

una yunta que en resumidas

cuentas fue y vino, va y

viene, deambula (a veces)

en la noche cerrada.

Cruzar

el

Jordán

y

tener un gran cuidado es lo prescrito. Siempre a expensas

de alguien, en este caso,

los cananeos. ¿Qué se le

va a hacer? Como suele

decirse, nada es perfecto.

Mi confusión es grande,

y en parte divertida (por

temperamento). Y me

concibo ante el Tabernáculo

de la Reunión colocando

una pirámide de frutas

(naranjas que son manzanas,

y en sazón, mandarinas de

Argelia) para Buda.

Un

butacón

de

cuero

donde quepo, ya que tanto he adelgazado, tres veces. Me

siento, y en cristiano me

persigno, en judío me

llevo, tres golpes de

pecho, la mano a la

cabeza (ahí reposa un

momento). Y me voy

diciendo, palabra a

palabra, pali subvertido

inglés, revertido por mí

al castellano, el Sutra del

Corazón. Sutra de sutras.

Cantar de cantares. Y

Padre de nuestros padres.

Callo. Soy un irreverente.

Un timorato. Ántrax.

Carbunclo. Gusarapo.

Dios retrajo de mí su

mano sometiéndome a

la desconcentración.

Regreso

a

la

habitación

donde duerme a fondo Guadalupe, me cercioro que respira,

que duerme a fondo, me

sumo a su respiración, no

alcanzo su fondo. A ras

repito el Sutra del Corazón.

El aire es viejo, el fuego

se ha hecho astillas, ebrio

de oscuridad regreso de

un

vuelco

a

la

última

premonición.

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sábado, 15 de diciembre de 2007

"Acta",Un inédito de José Kozer

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Un Poema (inédito) de José Kozer, en Efory Atocha



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ACTA


Despierto, desnudo, por dentro.

Un herrerillo en el oído interno rehace el nido (cerumen) arma bulla (cava) se

----camufla: cambia de especie, me

----obliga a taparme los oídos, no

----mirarme por dentro ni por fuera,

----dejarle todo el espacio disponible,

----impedirme por todos los medios

----pensar en mi madre muerta:

----despierto y me visto sin quitarme

----el pijama, una semana que no me

----cambio la ropa interior, sobre la

----que llevo me embuto un albornoz

----a rayas, capas y más capas de tela

----contra mi interior desnudo: no me

----sobrellevo, apenas, en estas últimas

----semanas.

Voló el herrerillo: primera vez en seis semanas que sueño con mi madre. ¿Señal

----de? Om ah hum. Pereció. Tres canastas:

----cráneo; osamenta; alma (vacía) (la más

----vacía de las tres canastas: Tripitaka).

----Tres compartimentos dentro de un

----mismo sueño: por primera vez se volvió

----impredecible, son cosas de la Muerte,

----mira que ser mi madre impredecible. Lo

----nunca visto. ¿Ella? En un cuadrado, el

----herrerillo; en un hexágono, fagocitosis

----del hijo; en un círculo, la condición

----ulterior del mármol. En mi oído interno

----la madre muerta, se volvió irrompible.

----A punto. De mudar. ¿De especie?

----¿Herrerillo? ¿Ella? Se camufla: he de

----dejarle todo el espacio para que respire

----una vez (más) a fondo.

De gala, vestirla de gala con mi desnudo (interno).

---Agasajarla, como no hice en

----vida. Sostenerla, esquivando las férulas

----del padre: y si en el sueño reaparece a

----pedirme la sobrevida, parirla por la

----trompa de Eustaquio: al martillo: a la

----caja del tímpano: al pabellón de la oreja.

----Lavarla, se desprenda la cera acumulada.

----Y fajarla, entalcada: ampararla contra

----escarlatinas, sarampiones. Y sea yo unas

----horas su defunción, votivo y oficiante, la

----alce a la altura de la vista en patena de

----plomo, hostia de mercurio, al fiel

----(ingrávidos).

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---Otros textos de J. Kozer en Efory Atocha, Aquí , Aquí.