lunes, 10 de octubre de 2011

Adán Echeverría: poemas

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Tres poemas (inéditos) de Adán Echeverría
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Ella pasó a buscarme a la oficina

Con tanto sol no hubo mejor sitio para pasarnos las manos que dentro del mar

Corrimos hacia la espuma

Y en la espuma nos corrimos el uno dentro de la otra

Y es que en el oleaje

uno puede distraerse tanto de las formas violentas que han querido separarnos

Ella que se somete al sol y deja el cuerpo siempre presente

Sus negros pezones y las plantas blancas de sus pies

Cómo me gusta mirarla cubrirse la desnudez con los granos de arena

Si al final del día ella hubiera significado algo

seguro estoy que el sargazo me lo hubiera dicho

Quedar atrapado entre sus piernas y con el vientre ir golpeándome el ombligo

Ah esas sus piernas tan líquidas

y la hermosa sal que nos calcina.

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Las rojas

Esas chicas rojas

de palomas en la nuca

en los pómulos grillos

y sal entre los muslos

han aparcado su corazón ahí

en los nacientes ríos

sobre la roca toda roca

y la mordedura

ay la mordedura

quema la piel

los labios y su reciente sílaba

última sílaba

ese silabario que soy entre tus sábanas

Esas chicas rotas

cuajadas de silencio

como globos pardos que no logran elevarse

y mis piernas

dentadura solitaria en cada rincón de la bañera

y cómo nos ha gustado esa bañera calva

y ese despertarnos encimados sobre la mordedura

ay la mordedura

si tan sólo dejarás olvidada la caricia en los inodoros

yo sería tu ratonzuelo esquivo

para taladrarte los tímpanos con mis orgiásticos lamentos

ay los silabarios

y el tris te re co no ci

miento

siempre miento estoy conciente de toda tumba

ay mis niñas rojas

y acá

su paquidermo alado que no tiene más que el bigote postizo

y este miembro en la punta de los labios

he acá mi semen

hermosura

he acá mi viejo catalejo

aletargado

ya no hay dinero suficiente para volver

y amarte

esta noche

que se come el viento todo -canibalismo mío-

este es mi cuerpo disecado

y mi rencor

quietecito entre tus sábanas

esas tus sábanas de alumbramiento

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Y si la soledad fuera ese disparo en la nuca

o ese adormecerse sobre las rieles del Metro

¿acaso pueda yo sentirme de otra manera?

¿como una linda mujercita en una búsqueda palmar

o ese tigre del cerebro que se acuesta se acuesta se acuesta

junto a la leña?

no hay motivo quizá

pero este día me tiene al borde de la furia

y la manzana negra se me esconde en el corazón

¿y qué es el corazón sino un vendaval de ardillas que rascan y rascan en el pecho?

el costillar es tuyo mi querida diabla

pero sabes a ciencia cierta que no puedo quedarme despierto de madrugada

sabes con certeza

que no es en el huracán donde dejamos abandonadas piernas

no

es en el eclipse

ahí donde cada sombra era tan sólo la mitad de la esperanza

cada esquina un deambular de ciegos

y sus manzanas para siempre sus manzanas

era eso

un témpano de silicio o el rugir de moscas encima del frigorífico

espacio de polvo que se quedó a rumiar el abandono

esa es la soledad

un cubo imaginario por dónde repelernos

magneto con magneto

imanes somos y en imanes nos hemos convertido de tanto frotarnos el vientre

Es la soledad diabla querida

esa almohada que dicen los románticos

la furia que dictan los sonámbulos

y los hiperactivos

la soledad del hipocampo

¿o la balanza te ha dejado su miopía enreversada?

quizá ha sido todo

o quizá este sueño mío de quererte desbordada ya

lejana y sudorosa palpitante

como las campanas en medio de la calle

en otra ciudad y otro clima y el rostro lleno de escarcha

porque la noche es un recuerdo rojo

y el sentimiento una mordaza

Así llegamos al final

rojos y encimados en la maraña de cuerpos que deambulan

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AEcheverría, Aquí
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viernes, 7 de octubre de 2011

Félix Romeo (1968-2011)

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"DETECTIVE"

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Por Félix Romeo (1968-2011)
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Podría haber terminado la investigación hace 10 días. La podría haber terminado cinco minutos después de que entrara en mi oficina, cuando puso en mi mano la fotografía de su mujer. Creía que le engañaba, y yo deseaba que le estuviera engañando conmigo.
Si no he terminado la investigación, si le he dicho al marido, día tras día, que no he conseguido nada y que tengo que continuar el seguimiento para proporcionarle pruebas irrefutables para el divorcio, es porque no quiero dejar de mirarla.

En 18 años de detective, jamás había sentido nada por ninguna de las mil mujeres infieles que he seguido, mirado, fotografiado y condenado: eran como pescado para un pescadero. Sentía, al principio, pena por el cornudo y sabía que la infidelidad pagaba mis facturas, pero nunca había sentido este dolor acre que siento hoy cuando la veo, con el pelo recogido, con un collar verde y largo, besar a su amante.

He abandonado los demás casos para seguirla constantemente. Para mirarla todo el tiempo. Siento asco por mi comportamiento. Me doy miedo. No sé cómo evitarlo. Es un sentimiento nuevo y profundo.

La miro cuando abre la puerta de su coche. Miro sus pies con las uñas pintadas, porque es verano y lleva sandalias. Me pongo en su camino, enfrente de ella, y la miro directamente a los ojos, retándola. La miro cuando se sienta en una terraza a tomar leche merengada y busca en su enorme bolso los cigarrillos y el mechero. La miro cuando se prueba ropa en las tiendas. La miro cuando toma el sol en la piscina debajo de sus enormes gafas de sol y con sus teticas manzanas mirando al cielo azul.

Me excita mirarla. Se me pone la carne de gallina. Se endurece mi polla. Se aceleran los latidos del corazón. Me excita el movimiento de su culo: casi siempre la sigo por su espalda.

El marido quiere, además de un detallado informe, un trabajo extra: paliza al amante y fotos del amante después de la paliza. El asunto es para él una cosa entre hombres.

Le daré una paliza a su amante y le haré fotos. Pronto. Siento que ella me engaña a mí también. Si escribiera el informe sería el informe de cómo me engaña.

La miro cuando lee el periódico, cuando sonríe al hablar por el móvil, cuando se detiene en un escaparate, cuando come patatas fritas y saca la lengua sobre sus labios gruesos para lamer las migas, cuando se muerde las uñas y da un tirón violento al dedo al terminar.

Hace 10 días que hago sufrir a un infeliz y hace dos semanas que sufro, más infeliz aún. No puedo dejar de mirarla cuando saca el pintalabios y pone rojos violetas sus labios.

Mirarla ahora cuando me cruzo con ella. Me mira a los ojos y pregunta: "¿Nos conocemos?". Oigo por primera vez su voz, que me excita aún más, y le digo que sí, que trabajo para su marido.

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-Sobre Félix Romeo, Aquí
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Texto e imagen tomados de la Web.
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miércoles, 5 de octubre de 2011

"Pájaro de cuentas" por Manuel Ballagas

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Pájaro de Cuentas
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(Fragmento)
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Por Manuel Ballagas
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Es un hecho bien documentado que en los penúltimos días de su existencia Virgilio Piñera –padre del teatro moderno cubano y maricón extraordinaire– era presa de las peores premoniciones y, por ende, de un profundo pavor (el “mucho miedo” a que aludió casi veinte años antes, en una célebre reunión con el Comandante, sólo que ahora creía saber exactamente a qué –y a quiénes– atribuirlo). Solía vérsele deambular en esa época por las calles cercanas al edificio de apartamentos donde vivía, en la Calle N, en el barrio habanero de El Vedado, como un verdadero zombi, con la crispada convicción de que alguien seguía de cerca sus pasos y tomaba nota de sus más mínimos contactos personales en el vecindario, y hasta fuera de él. Cargaba en una pequeña jaba –curiosa palabra con que los cubanos designan una bolsa, no se sabe exactamente por qué– sólo lo indispensable y menos conspicuo, por si las moscas, y a saber: su sobada libreta de racionamiento, una caja de cigarrillos de fabricación nacional, marca Populares, así como una breve lista de compras legítimas, nada sospechosas de mercado negro, es decir, escrupulosamente racionadas. A veces, también, un simple pan con tomates con que aplacar el apetito a media mañana, o un par de jabones para canjear por cigarrillos, su único vicio confesable. Todo lo demás lo había puesto a buen recaudo hacía tiempo: los apuntes de su casi concluida autobiografía, el borrador de una novela, el esbozo de una obra teatral sobre el dramaturgo José Jacinto Milanés, su viejo cuaderno de direcciones y teléfonos, que más bien parecía un listado de todo lo que había valido y brillado en el firmamento de la literatura cubana en los últimos treinta años, vivos y muertos ilustres, y –last but not least– el viejo consolador de sólido y áspero cuero negro que había comprado discretamente en una peculiar tiendecita de Milán, en el último viaje al extranjero que le habían autorizado hacer a mediados de los años sesenta, con la esperanza de que no regresara jamás a Cuba. Por todo, serían unas veinte cajas de papeles y otras cositas más o menos, según ciertos testigos e historiadores. Sólo conservaba en casa las cuartillas, cuidadosamente numeradas, de las traducciones de escritores africanos francófonos que producía a diario mecánicamente, y que, a plazos fijos, entregaba sin falta en su centro de trabajo oficial, el Instituto Cubano del Libro, como muestra de productiva docilidad. Aun de éstas no se fiaba; por algo, cuando las publicaban, ni siquiera se molestaban en darle crédito. Hubiera preferido, desde luego, no escribir en absoluto, ni siquiera rozar con los dedos su vieja maquinilla Royal, grato memento de una época más feliz y menos azarosa, cuando se escondía detrás del seudónimo de El Escriba y su constante teclear podía costarle, a lo sumo, una amistad o un puñetazo, y no necesariamente la cárcel. ¿Pero qué iba a hacer? Por más que se empeñara, no hubiese podido renunciar a escribir, a emborronar cuartillas, de la misma manera que no hubiera podido abstenerse de mamar pinga o tomar por el culo, como había hecho toda su vida casi desde que tenía uso de razón.
Este febril y paranoico estado de ánimo, ese temor crónico, escalofriante, diurno y nocturno, venía rondándolo hacía años, es verdad, pero se agudizó en algún momento tras los arrestos de varios escritores mucho más jóvenes –conocidos suyos en algunos casos, como Reinaldo Arenas, Manolo Ballagas y Daniel Fernández, más conocido como Sakuntala– y sus subsiguientes condenas a penas de prisión. Virgilio temía, no sin razón, hay que decirlo, que los refinados métodos de “convencimiento” empleados en los interrogatorios de estos infelices reos –se hablaba de inyecciones de Pentotal, celdas frías y calientes, la “guagua”, el “clóset”, el grito y la amenaza, métodos germano-orientales de despersonalización– les hubieran llevado a revelar, aunque fuese sin querer o de manera puramente tangencial, la sustancia de las comprometedoras conversaciones que había sostenido con ellos a lo largo de los años en los portales de la Unión de Escritores o presidiendo alguna divertida y frívola mesa de tertulia nocturna en el Carmelo de la Calle Calzada. Ahora que lo pensaba, ¿qué podía ser –o no ser– comprometedor? ¿Qué simple frase suya, hasta un chiste, no podía retorcerse al extremo de comprometerle, o meterle en un apuro mayúsculo? No recordaba, eso sí, que en forma tácita, o siquiera implícita, hubiese proferido injuria alguna contra el gobierno revolucionario o cualquiera de sus figuras más encumbradas mientras pontificaba mundanamente en esos sitios, con un cigarrillo encajado entre los dedos de una mano partida en un peculiar y gracioso ángulo de la muñeca, como si sujetara una pipa o algo parecido. Muy lejos de él y de su estatura literaria... y hasta política, si queremos llegar a eso, porque una vez había sido miliciano, ya se sabe. Una vez, al menos, se había puesto la boina negra, la camisa de mezclilla azul y los pantalones verde olivo (verde olvido, pensó jocosamente pero luego se arrepintió de lo pensado). También había escrito un poema de fúnebres metralletas a los caídos en Bahía de Cochinos o Playa Girón; el nombre varía según el color del cristal político con que se mire: “Vamos a ver los muertos de la patria”, ¿se acuerdan? Ese no era simplemente su estilo: ni pedestre ni mucho menos gusaneril. Pero sí le inquietaba que sus perennes ironías y “puyitas” se hubieran pasado de la raya en determinados momentos, o que sus chistes hubieran saltado, sin querer, la barrera invisible del buen gusto al uso, por así decirlo. Sabía que a veces tenía la lengua suelta (rezago del pasado, cuando podía incluso ser un mérito tenerla así, alegre y retozona), y que cualquier comentario suyo podía ser interpretado de manera aviesa –quizás sin mala intención– por un policía malhumorado o carente de imaginación, sobre todo en el clima de cacería de brujas por el que el país atravesaba en aquellos días aciagos, ahora conocidos como el Quinquenio Gris (¿o fue acaso más de un lustro, una década o dos, de terca manía persecutoria, inquisitorial? Nadie sabe, nadie supo, mucho menos el crítico Ambrosio Fornés, quien acuñó el peculiar concepto). Tampoco agradaba a Virgilio la perspectiva de que alguno de aquellos detenidos, presa del miedo, rindiéndose a los amagos de una condena draconiana, o víctima de posibles chantajes, hubiera revelado detalles poco halagüeños de su vida íntima, no muy intensa por esa época, hay que decirlo, pero de todas formas muy compleja, alterna, rara, como la de cualquier locón soltero, anciano y, además, bastante enjuto y feo, como atestiguan sus fotografías de ese entonces. De sólo imaginárselo, de sólo pensar que sus fragilidades privadas, esos escasos gustitos que se había dado alguna vez, y que se daba ocasionalmente ahora, cuando podía, hubieran pasado a formar parte de un siniestro expediente de investigación, de uno de tantos “casos” que se tramaban contra personalidades intelectuales en esa época oscura, Virgilio temblaba de miedo, mucho miedo, un miedo inexplicable a je-ne-sais-quoi. La piel se le ponía de gallina –como corresponde– su fatigado corazón daba un súbito vuelco, sus piernas enclenques flaqueaban, la vista le fallaba, y en fin, se le empezaba a salir la churreta.

Así que apretó el culo aquella tardecita. Apretó el culo y también el paso al cruzar la Calle N rumbo a su hogar. Haría sus diligencias más tarde; las pospondría, como tantas otras cosas. No hubiera sido la primera vez que se cagaba en los pantalones y quería estar más cerca de casa, por si tal desdichada emergencia ocurría de nuevo. Además del miedo crónico, era cosa de viejos, lo sabía. Los músculos iban cediendo con los años, debilitándose; era la severa ley de la vida y el tiempo era implacable. No hacía excepciones ni extendía indultos, ni siquiera a los escritores consagrados, ni siquiera al autor de La carne de René, de Electra Garrigó y de ese gran poema (calcado, según lenguas viperinas, del poeta martiniqueño Aimé Cesaire), La isla en peso. Un médico amigo –“entendido” él, por cierto, es decir, igualmente locón– se lo había advertido ya en una consulta: el esfínter era particularmente sensible a los socavones de la tercera edad, sobre todo si se había relajado demasiadas veces, y no sólo para cagar precisamente. “Ay, Antón”, pensó Virgilio maquinal y lastimeramente. Cada vez que pasaba por un trance tan difícil y embarazoso como aquel no invocaba convencionalmente a Dios –le hubiera costado trabajo, era ateo, agnóstico, demoníaco o qué sé yo– sino a aquel discípulo tan brillante, tan agudo, tan irónico, tan venenoso, que se le antojaba casi como hijo suyo, si lo hubiera podido y querido engendrar: Antón, Antón Arrufá, su amigo Antón Arrufá. Pero Antón, como Dios muchas veces, no estaba a mano en ese momento; se hallaba ausente, lejos, prácticamente inalcanzable, desde que lo condenaron a trabajos forzados en el sótano de la infecta Biblioteca de Marianao, la Ciudad que Progresa. Antón, por lo tanto, no podía ayudarle; trabajaba ahora ocho horas al día, como nunca había hecho antes en su vida, para justificar el sueldecito que hacía años le pagaba desganadamente el Ministerio de Cultura, como antes su familia le daba justo el dinero para tomar el ómnibus, pasaje de ida y vuelta. No tenía casi tiempo para compartir tertulias ni tampoco de escuchar cuitas ajenas. Le bastaban las suyas, que eran escasas pero apremiantes. También tenía miedo, mucho miedo, aunque sabía fingir mejor que nadie una sólida presencia de ánimo, un coraje que no tenía, una resignación estoica de la que carecía. No por gusto era un actor frustrado, como casi todos los dramaturgos. Había algo de histrión en él, en el mejor sentido de la palabra. Virgilio le añoraba, en verdad, como paño de lágrimas, aunque como paño de lágrimas podía ser a veces en exceso brusco, ríspido, apabullante. El mismo le había enseñado a ser así desgraciadamente, a hablar mal de todo y de todos, a no tener compasión, a ser implacable, y por eso no se atrevía a quejarse. Aquel Frankenstein intellectual que se paseaba por las calles de La Habana armado solamente de su proverbial maledicencia y un estrafalario paraguas negro, era obra suya, ni más ni menos. Todavía se acordaba de aquella vez, años atrás, al inicio de aquella triste época, cuando sentados a una mesa de la heladería Coppelia y disfrutando de sendas canoas de fresa y chocolate, al amparo de una sombrillita, Antón tuvo la gandinga –los cojones, en buen cubano, pero el caso es que Antón no tiene cojones– de reprocharle el terror que le inspiraba a Virgilio no haber sido mencionado expresamente por el poeta disidente Heberto Padilla en su célebre y forzada autocrítica de 1971.

–Fíjate que la Hebertina habló directamente de Lezama, Antón, pero no de mí, ni por un fugaz segundo –le dijo Virgilio en un susurro, mirando a un lado y otro, ajustándose los viejísimos espejuelos de aro plástico, mientras se llevaba a los labios la fría cuchara– Eso lo dice todo.

–Virgilio, por Dios, no seas tonto, no dramatices; pareces a punto de convertirte en un personaje de Tennessee Williams, sin ninguna virtud ni locura que te redima, te lo juro –contestó el otro, dándole un indiferente mordisco a un sorbete de vainilla.

–¿Tonto? ¿Te atreves todavía a llamarme tonto? ¿Y sólo porque he escrito teatro piensas que voy a dramatizar e incluso copiar a Tennessee Williams? ¿Por qué habría de copiarlo? ¿Sugieres que soy incapaz de toda originalidad? Por favor, Antón. Qué ingenuo eres, mon Dieu. Qué naïf. Hay silencios que son clamores, ¿no te parece? Habló de Lezama, de la Pabla Armanda, hasta de la mulata de fuego, César López, un poeta lamentable, totalmente prescindible en cualquier enumeración seria, pero no de mí –repuso él, en un tono más bajo todavía.

–Creo que te preocupas demasiado, eso es todo –aseguró Antón, saboreando una cucharada de su heladito– Hay algunos que envidiarían tu suerte, seas o no original. Miguel Barnet hizo sacrificios a todos los orishas cuando terminó aquello y su nombre no salió a relucir. Estaba en una verdadera crisis nerviosa, temblando y llorando, me dijeron. Ya se le pasó.

–La Barnet es una verdadera idiota y eso tú lo sabes también –dijo Virgilio, hablando ahora en voz un poco más alta y enfática– ¿Quién se va a ocupar de ella? ¿A quién le importa ni quién querría mencionarla ni mucho menos castigarla? ¿Por qué? ¿Para qué? Lo único que ha escrito es El cimarrón, un libro espantoso y ordinario, cosa de negros viejos. Eso y un poemita oportunista al Che, por favor. Pluma por pistola. ¿Pero a mí? ¿Te parece lógico que la Padilla se refiriera al autor de Enemigo rumor y no al de Las furias? ¿Al Gordo en perjuicio del Flaco? ¿No te parece, al menos, significativo, inquietante, que me ignorara de manera tan obvia? ¿No se te ocurre que podría ser una forma de anularme, literariamente, claro está, antes de echarme el guante y meterme en la cárcel sin más contemplaciones? ¿Algo así como la tardía venganza de Orígenes, traída de la mano del poder?

–A mí, no –dijo Antón tranquilamente. Había acabado con su canoa de fresa y chocolate, y de repente se le fue un eructo, como a casi todo el mundo que termina de ingerir un alimento sabroso. Pidió disculpas llevándose el dorso de una mano a los labios, pero siguió en sus trece.

–¡Pues a mí, sí! –replicó Virgilio, furioso, aunque adaptando de nuevo su voz al matiz confidencial y peligroso de aquel diálogo, es decir, murmurando a gritos, sofocando sus palabras pero a la vez escupiéndolas entre sus dientes torcidos y manchados de nicotina– Significa que estoy señalado, más allá de toda redención posible, marcado para la ergástula, el cadalso o algo peor. Soy carne de presidio, y no de René solamente, como tú supones. Y ese silencio que rodea a mi nombre lo proclama a gritos. Parece mentira, Antón; es como si vivieras en otro mundo, en la luna de Valencia, querida.

Antón alzó las cejas y se secó los labios cuidadosamente con una servilleta de papel.

–Yo no lo creo, desde mi humilde luna, claro; pero en fin, si te apetece la perspectiva de esa humillación... –dijo después, con un tedio transparentemente artificial.

Virgilio estaba fuera de sí. Su frente se cubrió de sudor, las manos le temblaban. Si no se levantó inmediatamente y empezó a dar gritos allí mismo fue por no llamar la atención sobre aquella plática, casi seguramente prohibida y subversiva. Podían estar vigilándolo, y además, hubiera sido de mala educación, sin duda un desafortunado faux pas. ¿Qué iba a decir la gente, es decir, la gente que le conocía y ciertamente podía andar por allí? ¿Que había perdido la razón, su habitual compostura de esfinge tropical risueña? La cara se le puso roja, rojísima, con la furia contenida. Sus ojos centelleaban. Si algo le molestaba de Antón muchas veces era ese aire de mujer fatal, de diva cínica y distraída, esa pose tan marlenesca que adoptaba cuando quería negarse, a propósito, a reconocer lo más evidente, sólo por contrariarle. Era obvio que esto le hacía sentirse superior, como si flotara, indemne, sobre todas las penas y desgracias humanas. ¿Qué se creía este pálido imberbe?

–Humillación es la que tú sufres, querido –dijo al fin Virgilio, en un hilo de voz– Humillación es ese castiguito que te han impuesto, cargando libros de aquí para allá, como la utilera de un circo de caballitos. Entiéndaseme: No me apetece nada en absoluto, mucho menos la humillación de la cárcel con todas sus consecuencias, y como tú supones. Entiéndaseme: No tengo vocación de Oscar Wilde. Pero de que estoy abocado al peor de los martirios, a un castigo ejemplar y muy cruel seguramente, no te debe caber la menor duda, mon ami. Yo todavía cuento, existo, aunque te parezca que no, aunque no haya escrito Los siete contra Tebas. Todavía no me perdonan mis libros, mis obras, mis versos, mis artículos y ensayos demoledores. No me perdonan la audacia de haber hecho soplar los vientos de Ciclón y haber borrado de golpe a Orígenes.

Antón se encogió de hombros. Aunque no lo dijo, la mención por su maestro de su obra teatral premiada y prohibida le provocó un hondo y casi maligno regocijo. En eso, en una mesa cercana, un par de locas más jóvenes, de melenitas, camisas de náilon y patas de campana, que obviamente les habían estado escuchando reñir, soltaron una fuerte carcajada. Una le dijo a la otra: Todo es tan extraño. Y la otra contestó casi enseguida, en tono burlón y grave: ¿Te das cuenta? Virgilio no soportó más. Se levantó de golpe, arrojó unos billetes sobre la mesa para saldar la cuenta y se largó, indignado. Ni siquiera había acabado de comer su helado, pero eructó mientras se alejaba, como casi todo el mundo cuando acaba de comer algo sabroso. En momentos como esos, cuando aun sus mejores amigos le fallaban, solía acudir a su segundo y más seguro paño de lágrimas, Olga Andreu, ex esposa del cineasta Tomás Gutiérrez Alea y antigua directora de la biblioteca de la Casa de las Américas, que ahora purgaba sus pecadillos políticos como productora en el grupo Teatro Estudio, bajo la tutela y vigilancia de la actriz comunista Raquel Revuelta. Pero Olga seguramente estaría en el trabajo, demasiado ocupada para atenderle, y no en su apartamento de la Calle G casi esquina a 23, donde siempre había hallado refugio y consuelo; de modo que Virgilio se fue directamente a su casa, caminando a resisterio de sol Rampa abajo, rodeado de una multitud idiota y ensimismada, echando chispas internamente y con el firme propósito de no dirigirle jamás la palabra a Antón, ni permitirle tampoco que se la dirigiera. Entiéndase: No era simplemente porque su adorado discípulo hubiese pretendido soslayar los obvios peligros que le acechaban después de la autocrítica de Padilla, y de la deliberada supresión que éste hizo de su nombre (ordenada seguramente desde las más altas instancias), sino por haber tenido el atrevimiento, sí, la osadía, de suponer que Virgilio era tan insignificante, tan nulo, tan irrelevante ya en la literatura cubana, tan poca cosa evidentemente, que aquella omisión –¡aquella tamaña omisión!– en el lamentable auto de fe de la Unión de Escritores carecía de importancia y de repercusiones. Habráse visto, pensó. Pero casi a punto de torcer a la derecha en la Calle N, en la esquina misma donde estaban el edificio del Retiro Médico y la tienda Indochina, el padre del teatro moderno cubano y maricón extraordinaire cambió de sentimientos y de parecer. Su corazón se ablandó de repente, como tocado por una rara suerte de compasión. No era la primera vez ni sería la última; su alma era sí, muy volátil. Quizás Antón tenga razón después de todo, pensó. Quizás soy demasiado loco, obsesionado y mariquita, se dijo. Puede que toda su burla, su indiferencia y fina ironía no sean más que su manera de decirme que estoy rindiéndome a un terror gratuito y que, al no ponerme en la picota pública, Padilla sólo dio señal de que me hallo en estado de gracia y, por lo tanto, a salvo de la cárcel y el escarnio. Al menos, el compañero Leopoldo Avila –ese enigmático personaje de nuestras letras, cuya identidad es todavía, muchos años después, objeto de las más contradictorias conjeturas– habló de mí en uno de sus artículos en la revista Verde Olivo, órgano de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, aunque fuera sólo a propósito de Antón y su obrita, por supuesto. La revolución me ama seguramente; conoce mis defectos, mis muchos defectos y rezagos de pasado, pero me acepta como soy. Me critica, me fustiga, me llama caballito de Troya del imperialismo, pero es sólo por guardar las formas; en el fondo me quiere, se propone rescatarme. Es su forma de reconocerme, de decirme: “Pórtate bien, Virgilio, ya llegará tu hora”. Me permite todavía, al menos, traducir textos, jugar con mi maquinilla, pensar a ratos en francés, retozar con mis escritores africanos (de forma completamente figurativa, claro está), pero al menos retozo, respiro, me divierto, existo. Allá Lezama, allá los otros, los contestarios, los disidentes, los contrarrevolucionarios convictos y confesos, los políticos disfrazados de literatos. Algo habrán hecho para merecer sus castigos. ¿Quién sabe qué pecados purgan? “Ay, Antón”, murmuró entonces, perdonando en ese mismo momento a su díscolo discípulo, absolviéndolo silenciosamente de toda culpa.

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MBallagas en Efory Atocha, Aquí
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El texto es un fragmento de la novela
Pájaro de cuenta, que debe ver la luz en enero del año próximo. A medida que se acerque el momento de su publicación, colgaré otras partes de la obra, como simple aperitivo. La ilustración de la cubierta del libroes una obra plástica de mi esposa, Juanita Baró, que incluyo en este post. MB.

martes, 4 de octubre de 2011

Amnistía Internacional: "Documento - CUBA: DISIDENTES DETENIDOS EN CUBA"

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Documento - CUBA: DISIDENTES DETENIDOS EN CUBA

AU: 265/11 Índice: AMR 25/005/2011 Cuba Fecha: Septiembre de 2011

ACCIÓN URGENTE

DISIDENTES DETENIDOS EN CUBA

Once miembros de una organizaci ón disidente y tres de sus familiares permanecen recluidos desde su detención en Cuba el 28 de agosto, sin haber sido informados de los cargos que se les imputan. No se les ha permitido comunicarse con sus familias.

Once miembros de la Unión Patriótica de Cuba (UNPACU), un grupo que aglutina a organizaciones disidentes del este del país, permanecen detenidos sin cargos desde el pasado 28 de agosto. Otros tres hombres, familiares de los detenidos, también están bajo custodia. Según afirman las familias, están recluidos en un centro de Seguridad del Estado a las afueras de la ciudad de Santiago de Cuba.

En el domicilio de Marino Antomarchit, ubicado en la localidad de Palma Soriano, en la provincia suroriental de Santiago de Cuba, se reunieron 27 miembros de la UNPACU para debatir sobre la actual represión que se está llevando a cabo en la provincia contra los disidentes. Los testigos afirman que unos 140 miembros de las fuerzas de seguridad, incluida la Policía Nacional Revolucionaria, la Seguridad del Estado y miembros de los servicios penitenciarios, rodearon la vivienda a la una de la tarde. Poco después, lanzaron botes de gas lacrimógeno contra la casa, en la que también se encontraban la hija de dos años de Marino Antomarchit y su madre de 76, y provocaron náuseas y ataques de tos a las personas allí presentes. A las 17.40, entre 30 y 40 miembros de las fuerzas de seguridad irrumpieron en la vivienda y, según informes, golpearon a los hombres y provocaron daños en la casa. Los 27 miembros de la UNPACU fueron detenidos, junto con tres familiares que se habían acercado a la casa tras la llegada de las fuerzas de seguridad. El 31 de agosto fueron liberados 16 de los hombres detenidos, todos sin cargos, pero otros 11 permanecen encarcelados en condiciones de hacinamiento, y no se les ha permitido la visita de familiares.

Escriban inmediatamente, en español o en su propio idioma:

pidiendo a las autoridades que, bien acusen a los detenidos el 28 de agosto con delitos comunes reconocibles, bien los pongan en libertad de inmediato;

instando a las autoridades a que garanticen que si alguno de ellos es acusado será sometido a un juicio justo de acuerdo con las normas internacionales;

pidiendo a las autoridades que pongan fin inmediatamente a las prácticas de acoso e intimidación contra los miembros de la Unión Patriótica de Cuba y otros ciudadanos que intenten ejercer de forma pacífica su derecho a la libertad de expresión y de asociación.

ENVÍEN LOS LLAMAMIENTOS ANTES DEL 13 DE OCTUBRE DE 2011 A:

Jefe de Estado y de Gobierno

Raúl Castro Ruz

Presidente

La Habana, Cuba

Fax: +53 7 8333085 (a través del Ministerio de Asuntos Exteriores); +1 2127791697 (a través de la Misión de Cuba ante la ONU)

Correo-e: cuba@un.int (para la Misión de Cuba ante la ONU)

Tratamiento : Excelencia

Ministro del Interior

General Abelardo Coloma Ibarra

Ministro del Interior y Prisiones

Ministerio del Interior, Plaza de la Revolución, La Habana, Cuba

Fax: +537 8556621, +1 2127791697 (a través de la Misión de Cuba ante la ONU)

Correo-e: correominint@mn.mn.co.cu

Tratamiento : Excelencia

Copia a:

Primer Secretario del Partido Comunista de Santiago de Cuba

Lázaro Espósito

Primer Secretario del Partido Comunista de Santiago de Cuba

Avenida Garzón 51

Plaza de Martes

Santiago de Cuba

Provincia de Santiago de Cuba

Cuba

Envíen también copia a la representación diplomática de Cuba acreditada en su país. Inserten las correspondientes direcciones a continuación:

Nombre Dirección 1 Dirección 2 Dirección 3 Fax Número de fax Correo electrónico Dirección de correo electrónico Tratamiento Tratamiento

Consulten con la oficina de su Sección si van a enviar los llamamientos después de la fecha indicada.

ACCIÓN URGENTE

DISIDENTES DETENIDOS EN CUBA

información complementaria

La Unión Patriótica de Cuba (UNPACU) es un grupo recientemente creado que aglutina a diversas organizaciones disidentes, principalmente en Santiago de Cuba, pero también en las provincias vecinas del este del país. La UNPACU lucha por un cambio democrático en Cuba a través de medios pacíficos. El coordinador de la UNPACU, José Daniel Ferrer García, es un antiguo preso de conciencia que fue liberado en marzo de 2011 tras permanecer ocho años en la cárcel.

Durante las últimas semanas se ha observado un aumento de la represión contra disidentes en la provincia de Santiago de Cuba. Durante el último mes, las Damas de Blanco, un grupo de mujeres familiares de antiguos presos de conciencia y actuales presos políticos, y las Damas de Apoyo han sido víctimas de detenciones arbitrarias y agresiones físicas por parte de miembros de las fuerzas de seguridad y partidarios del gobierno, por haber intentado llevar a cabo una protesta silenciosa semanal tras asistir a misa en la catedral de la ciudad de Santiago de Cuba. Otros disidentes, en su mayoría pertenecientes a la UNPACU y otros muchos vinculados a las Damas, también han sufrido acosos y actos de intimidación por parte de las fuerzas de seguridad y partidarios del gobierno, y cada vez con más frecuencia son víctimas de detenciones arbitrarias.

Nombre: Miguel Rafael Cabrera Montoya

Víctor Campa Almenares

Pedro Campa Almenares

Andrés García Almenares

Yosvanys García Infante

Los demás nombres no se han podido verificar.

Género h/m: Todos los detenidos son hombres

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Tomado de Aquí.

lunes, 3 de octubre de 2011

"De santificar las fiestas"

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De santificar las fiestas
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-Por Adán Echeverría
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Con mi cara de ataúd
y mis mariposas viejas

yo también me hago presente

en esta solemne fiesta.

Nicanor Parra

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No comulgo con aquellos que desprecian las religiones sólo porque así parecen más bravos y se sienten más listos. Pero si estoy en total acuerdo de que cada quien crea o no crea en lo quiera. Lo triste es que muchos de aquellos que dicen odiar las religiones, o en especial alguna de ellas, no sean capaz de leer la literatura religiosa: la Biblia, el Corán, El Libro de los Muertos, el Libro de Mormón, y esto me parece de una imbecilidad enorme. Todavía logro sonreírme con ternura cada que escucho a uno de estos imbéciles decir: decían que en el cielo estaba dios, pero el hombre ya llegó al espacio, y nada de dios; es pa morirse de risa, o aquellos pendejos que señalan: soy evolucionista, así que tendrías que decirme de qué dios evolucionó tu dios. Es para darles de zapes, por tarados. Ya lo dice el dicho: el doctorado no quita lo tarado. Por más estudios que uno tenga, más se dará cuenta lo ignorante que se es, quien piense que tiene todo a su favor, no es un sabio sino uno soberbio, su cola le pisen. Por eso admiro a esos que hablan de “su poder superior”, y que cada quien se defina.

Aún vibran en mí las palabras de una amiga que quería ser vegetariana y despreciaba el catolicismo, de ahí partió hacia la necesidad de ser budista; me convenció para que la acompañara a un Centro Budista. Acepté con gusto y ella me comentó que jamás había ido, pero que las amigas, aquellas con las que pasaba horas de café hablando del vegetarianismo, y de las mejores religiones, -como si se escogieran en el Palacio de hierro- le hablaron de ese lugar. Sólo llegar vi montado el mismo puto circo de siempre. El oficiante arriba y los asistentes (feligreses) en la asamblea, ajá me dije… en las paredes en vez de las estaciones del vía crucis, había retratos, escenas de deidades, imágenes de sus creencias. Música para entrar en ambiente, hasta algo como un misal nos dieron. Una mujer ataviada de vestimenta naranja (perdonen que no use su vocabulario especializado para describirlo, no lo conozco, pero no importa), o sea, la única con disfraz, como los sacerdotes y sus atavíos, se trepó, se puso en posición de flor de loto, y pidió hacer oración, cantó siguiendo el libro, habló y discernió sobre el tema del día (homilía), es decir, todo fue igual, igual, igual. ¿Cuál diferencia? Si quieres dejas unos pesitos (la limosna), si quieres llevas a tus hijos (el catecismo), y uno en verdad que se pregunta, qué simples somos los seres humanos. Mi amiga salió encabronada, ella miró diferente: “Te fijaste, son puras lesbianas, todas rapaditas, se inventan su monasterio en su religioncita, para justificar su vida, ¿cómo si en estos tiempos fuera necesario justificar algo? Pero qué hipócritas”.

Lo importante, añadí, es que si con esto se sienten bien, pues que lo hagan, basta con que tú no participes. Y así veo las cosas. Lo terrible es cuando desde las jerarquías de cualquier religión pretenden atacar a la sociedad. Me causan tristeza esas personas que acusan a los abortistas, o aquellos que azuzan a los jóvenes para que aprueben el matrimonio, desaprueben el aborto, aprueben esto, denigren lo otro. En esas ocasiones, cuando quieren obligar, influir, inclinar la balanza, es cuando hay que estar preparados.

Lo mismo sucede en los partidos políticos, como secta al fin, y en cualquier otra agrupación de seres humanos. Somos de una simpleza. Los que practican escultismo, pretenden que todos lo practiquen, los que practican deportes, todos los demás son unos cerdos huevones, los que narran el futbol, hablan de que Valdano es una biblia de saber, los que odian el deporte de las patadas, dicen ¿quién carajos es Valdano?; los que practican yoga, hablan de que todos los que no lo hacen tienen problemas de salud, ira y control mental por no practicarlo. Los vegetarianos llegan a rayar en un fanatismo terrible, son capaces de despreciar al pobre campesino que mata a un venado. Los conservacionistas son de lo peorcito. Me tocó verlo en una ocasión, llevaba a un grupo de voluntarios ambientales, y un campesino salía de su día de caza con un venado atado a su bicicleta, los muchachos le gritaron: ¡asesino!, ¡asesino!, poco faltó para que lo apedrearan.

Que cada quien sea y crea en lo que quiera, pero dejemos al otro en paz. Muchos compañeros homosexuales hablan de: ay Adán, como sabes que no te gusta si no lo has probado, todos los varones acaban siendo homosexuales, te dices muy liberar pero te aferras a las vaginas sin siquiera probar, eres un hipócrita Adán. Y díganme, esto no es algún tipo de violencia.

No podemos pasárnosla despreciando al otro. Así pasa en la política, si no eres de algún partido eres un imbécil, retardado, que no tiene valores, que solo busca destruir los logros de la revolución y no se cuanta pendejada se les ocurra. Pero si uno se apropia de aquel Haz patria, mata un chilango, que surgiera en los 80’s como respuesta a la emigración que ocurriera hacia otras ciudades, huyendo en algo del sismo del 85 que destruyera parte del DF, y escribe un ¡Haz patria, mata a un diputado!, te acusan de cobarde, de falso, de retrógada, de incitar a la violencia, de pendejo, porque y chequen nomás su argumento: “bien que empujas al pueblo, pero tú no tienes el valor para matar al primero”, y son de una mente tan obtusa, tan lenta, tan poco creativa, que no ven en la frase una resistencia, tan real como que hay que luchar por darse cuenta e intentar comunicar a los demás, que el día que los diputados, senadores, gobernantes, tengan miedo de ser linchados por el pueblo, entonces, ese día, lo van a respetar, y se pensarán mejor las cosas para la sociedad.

Son fanáticos que buscan algún nuevo dios, fanáticos del futbol, de la religión, de los partidos políticos, de la ciencia, de la tecnología, de la literatura. Estos son los peores, aquellos que dicen: todo aquel que no lee libros, es un tonto, es un imbécil. ¿De qué sirve leer muchísimos libros? ¿Acaso te hace mejor ser humano? Y la respuesta es simple, sólo te hace mejor con respecto a ti.

Así las cosas, no se trata de lo que son las religiones, o las agrupaciones humanas, si algo es bueno para ti, hazlo. Es por eso que uno tiene que ser conciente, sobre todo cuando entre las cosas que se predican habría que ver cómo se actúa.

No dejo de reírme cada Semana Santa, al recordar aquello de la Educación es Laica, que dicen y redicen por México. Pero se disfrutan vacaciones de Semana Santa, de Navidad, y no hay clases ni el día de la virgen de Guadalupe, y tampoco el día de los Santos Reyes. Y me causa más risa cuando aquellos que se nombran Ateos, que odian a las religiones, exigen, demandan, sus vacaciones de Semana Santa y de Navidad (llamémosla como debe ser, vacaciones de primavera y de invierno, así como tenemos las vacaciones de verano, carajo, solo se tiene clases entonces durante el otoño en este país, pero qué esperanza).

De todo lo que hables, entonces hay que llegar al fondo, hay que documentarse sobre las religiones, así como sobre la política, y su respectivo santoral. Hay que aceptar, que como mexicanos, tenemos que Santificar las Fiestas; entre ellas las fiestas patrias.

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AEcheverría en Efory Atocha, Aquí
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