lunes, 22 de noviembre de 2010

"Ovación" Un Cuento de Ariel León

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Un Cuento (inédito) de Ariel León
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Dos segundos después del anuncio lo vimos entrar, lento y solemne. Llegó al estrado, ajustó sin apuro los micrófonos y luego de gestar un saludo conciso que la audiencia recogió en silencio, abrió la charla. Lo primero fue reiterar el motivo de la gran cita. Una voz esbelta fue entrando en calor hasta ocupar la sala con una estela de palabras y gestos enérgicos que ya nos eran familiares. Unas más calmas, otras menos, durante todo el discurso fuimos oyendo las frases hilvanadas por el querer de una sugestión que iba nutriendo, con un desfile de citas de alto vuelo, como de costumbre, el cuerpo obeso de un discurso que terminó, una hora más tarde, por imponer el asombro, por colmar de admiración las casi tres mil personas que estábamos adentro, en el gran Teatro de Gobierno.

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Bastaba sentir la emoción contenida que nos imantaba cuando el alegato tocaba a su fin. Un momento más tarde la sentencia que cerraba la actividad se expandía desde las bocinas como un manto sonoro. Detrás vino el saludo destinado a concluir el extenso discurso. Apenas lo vimos levantarse para despedirse de su pueblo (parecía no haber estado nunca sentado) comenzamos inmediatamente a dar las primeras muestras de entusiasmo. Las palmadas iniciales aparecieron en las filas que estaban próximas al estrado, desde allí se fueron abriendo paso, hacia el centro de la nave, hasta culminar en el fondo, integrando la totalidad de la asistencia numerosa. El máximo líder condescendió con una sonrisa a la algarabía generada por el aplauso. Miró hacia el fondo buscando las aclamaciones que llegaban desde allí. Nosotros lo vimos enviar un saludo que los grupos del centro también recogieron como un cumplido. Ambos lados reforzaron el aplauso; el máximo líder no tuvo otra opción que enfrentar esa respuesta calurosa con un gesto más amplio.

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Fue con ese movimiento de la mano derecha que sentimos crecer el tamaño de la ovación. Los que estábamos en el fondo arreciamos las palmadas por temor a no ser escuchados delante. Los escoltas del máximo líder ya habían salido y esperaban en los laterales para prevenir a los chóferes de la caravana. Nadie hubiera podido adivinar que aquella demostración multitudinaria seguiría creciendo, pero pasó; el hecho simple de darse cita en aquella gran sala para aplaudir, divisar un vecino batiendo palmas, imaginar algún conocido aplaudiendo en una de las gradas remotas del fondo, hallar en aquella aglomeración a los que no habían aplaudido todavía, a los que siempre habían aplaudido y a los que continuaban aplaudiendo se había convertido, sin otro motivo, en algo más que suficiente. En esos primeros instantes solo mirábamos nuestras palmadas fusionadas en las palmadas vecinas, sentíamos las palmadas vecinas que se elevaban para nutrir las palmadas del entorno y escuchábamos la onda del aplauso cubriendo el estrado, allá arriba, con el máximo líder, estupefacto por la vasta acogida. Su semblante no conservaba la frescura de los inicios, y es posible que prefiriera retirarse a descansar de las tareas del día, porque en medio del entusiasmo lo vimos, por primera vez, mover ambos brazos en señal de adiós. El público respondió con una efusión que no daba señales de querer detenerse. Y en efecto, parecía imposible frenar aquel aluvión de palmadas convertido, todavía después de quince minutos, en un hervidero de respeto alborotado. Después lo vimos más claro, pero entonces habían nacido las primeras diferencias.

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No todos aplaudíamos igual. La parte central del público conservaba, como calculada de antemano, una energía intacta que después, en efecto, dio sus frutos, cualquiera hubiera pensado que menospreciaban un poco el aplaudir precipitado que les llegaba del fondo, o el de las filas delanteras. De minuto en minuto habían venido aplaudiendo como si, por una razón inexplicable, temieran contaminarse con un aplauso ajeno. De este lado preferíamos aplaudir a como saliera, la presencia del máximo líder bastaba para elevar nuestro aspaviento un poco desordenado y, por extraño que pareciera más tarde, en los minutos de esa gran media hora de aplausos la forma de batir palmas, que aparentaba por momentos separarnos, nunca pasó de ser una porfía benévola entre veteranos entusiasmados y profanos que emulaban a los grupos vecinos, divorcios que se embriagaban con un liderazgo momentáneo, pronto diluido en aquella lava sonora de palmadas que avanzaban con el regocijo simple de estar aplaudiendo en medio de los que aplauden, rodeados por los que aplauden, vecinos del vecino que nos toca los hombros con sus hombros y del más remoto de los asistentes, que aplaude sin detenerse con una devoción igual, desde el fondo de una multitud que todavía con la luz que comenzaba ya a retirarse parecía dispuesta a no ceder. Afuera habían comenzado a reunirse los primeros vecinos, venían de las calles aledañas para rodear el borde del edificio como una cenefa de curiosos, para comprobar que efectivamente el estruendo interminable que se escuchaba en el barrio venía de allí, del Teatro de Gobierno. Adentro en la tribuna, el máximo líder enfrentaba el aplauso de pie, frente a la multitud (parecía haber estado parado desde siempre), los hombros curvados se negaban a ceder al cansancio adoptando poses que sortearan el peso de los minutos, por un momento lo vimos dar un paso hacia la izquierda, esbozar un saludo con la mano derecha tal vez dirigido hacia las gradas del fondo ¿Qué fragmento del discurso aplaudíamos en cada extremo de la sala? ¿Los comentarios dirigidos, tal vez, a los sectores de la cultura? ¿Las críticas del inicio? También habían sido mencionados errores de funcionarios ubicados en las filas intermedias.

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Nada era obvio, la fuerza del aplauso seguía arrollando los celos transitorios, una firmeza robusta colmaba los minutos y la sala entera parecía avanzar hendiendo el tiempo con la dura armazón frontal del aplauso. Con qué placer recordábamos luego esos últimos juegos fantasmas, cuando algunos grupos previendo tal vez lo que venía comenzaron a disimular su pericia, se habrían tal vez preguntado si no era mejor dosificar, guardar para después, sorprender más tarde con una reserva imprevista de palmadas. Eso hicieron, aunque no era ningún secreto, con el campanazo que anunció las diez de la esa tarde explosiva lo que estaba en juego era otra cosa; ir aplaudiendo por supuesto sin rezago porque en la sala se aprovechaba cualquier merma vecina para ganar visibilidad, pero sin desgastarse inútilmente. Ya era fácil imaginar que la ovación no volvería a ganar la potencia de los inicios, el cansancio no era cuestión únicamente de los grupos delanteros, detrás hacíamos pendular el peso del cuerpo para distraer los primeros malestares de la columna, arqueábamos el cuello, sacudíamos los hombros para absorber las vibraciones que exigía el palmoteo incesante. Ninguna de esas astucias lograba ya enmendar la contracción de los brazos ni el dolor de los pulsos. Todavía después de las diez los grupos del centro eran el núcleo duro del aplauso, aplaudíamos intrigados por esa ventaja chiquita, pero insistente, y hubiéramos querido responder al reto como se debía, pero cerca de las diez y media habíamos comenzado a constatar que el paso del tiempo nos afectaba, entre otras cosas por una sed inminente que sentíamos aumentar con cada minuto. Fue la primera vez que apareció el temor a que todo pudiera detenerse, el fogonazo de la conjetura nos despabiló, mas tarde hubo otros. En el centro se mantenía la solidez elocuente de las palmadas, se apoyaban de espaldas unos a otros mientras aplaudían para superar el obstáculo del sueño que comenzaba a menguarnos, o se agachaban de golpe y volvían a alzarse como un resorte, una vieja técnica para reavivar la indecisión de los tobillos.

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Esas ocurrencias, simples si tomadas al azar, eran en cambio respuestas de peso frente a lo que sentíamos venir. El máximo líder, allá arriba, luchaba con ambas manos apoyadas en la mesa para lograr sustentar el peso del tronco que se inclinaba hacia adelante o hacia un costado, los gestos tensos del rostro habían ganado un aspecto insomne y a duras penas podía sostenerse. Dijeron más tarde que los primeros grandes signos de fatiga ya habían aparecido antes ¿Antes cuándo? En el público lo que importaba cada vez más era los hoyos que los desmayos iban incubando en la multitud, la urgencia era ésa, el amontonamiento implicaba una ventaja, andamiaba la fatiga, tenerse apretados unos contra otros permitía hacer frente al agotamiento que comenzaba a ganar los suburbios del cuerpo. Seríamos dos mil todavía los que aplaudíamos cuando llegó lo que estábamos temiendo, los primeros punzonazos lumbares. Aparecieron como una plaga desatada por el campanazo que anunció las once de la noche. Dos colaboradores entraron a esa hora en el estrado agradeciendo el afecto prolongado con vivas y venceremos que se diluyeron en la marea de la ovación. Los grupos que aplaudían amalgamados en las cercanías de las ventanas huían del calor, el desfallecimiento comenzaba a mezclarnos borrando las distinciones del entusiasmo competidor y en el fondo del teatro se notaba todavía el afán por capitanear la ovación. A sólo unos pasos de la medianoche ¿se podía, aún, aspirar a tanto? Lo único firme por aquellas horas era la voluntad de querer seguir aplaudiendo y se quería, con eso bastaba, la ovación misma se había convertido en el lomo visible de un fluir generoso, como dijeron más tarde los que integraban el tumulto que ya por esas horas rodeaba el edificio tratando de imaginar lo que sucedía en el interior, arrimaban su curiosidad multitudinaria a las paredes del recinto, agrupados al mítin como grandes colonias que terminaron formando una faja de gentío, esperando que de un momento a otro se detuviera lo que estaban escuchando.

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Pero adentro no pensábamos en eso, lo que queríamos y continuábamos haciendo era aplaudir al mismo tiempo y por todos lados para cubrir los hoyos creados por los desmayos apenas se insinuaban en la multitud. Al menos por el momento aquello no terminaría, todo lo contrario, a solo unos minutos de la medianoche el Teatro de Gobierno llenaba de estruendo las calles periféricas al asunto. De nuevo aparecieron a esa hora dos asistentes que durante más de diez minutos intentaron cerrar la perseverancia que ocupaba el teatro. Fue inútil, muchos habían comenzado a aplaudir sin control, a ver por dondequiera una merma donde poder inaugurar una ventaja, pero solo producían un estruendo incongruente proyectado, eso sí, hacia el estrado, donde al máximo líder le costaba cada vez más sostener los párpados doblegados por tantas horas sin sueño. En el interior del uniforme se renovaba a cada tanto una batalla de articulaciones indecisas, de músculos que se obstinaban por una verticalidad casi imposible, los grupos que aplaudían cercanos a la tribuna veían todo con mas nitidez; las manos que erraban de vez en cuando por la mesa, el mentón colgado, la convicción inamovible frente a una ovación irrigada por un vigor oscuro que avanzaba resuelto hacia el umbral del amanecer aplaudiendo con una fuerza insólita. Los más jóvenes habían soportado mejor las erupciones de las yemas y lograban mitigar el tormento de la cervical, evitar la aflicción de las vértebras mejor que nosotros. Lo más difícil, sin embargo, era el apoyo, lo buscábamos adentro, en nosotros mismos, qué otra cosa podía hacerse, neutralizar la tentación fugaz de la interrupción que nos atravesaba como relámpagos furtivos los entresuelos de la conciencia.

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La aglomeración de curiosos en el exterior había terminado por vaciar las casas del barrio entero, no quedaba nadie en los hogares a la una de la mañana. Los que divisaron el evento desde las azoteas confesaban que la mole del Teatro de Gobierno semejaba un panal gigante, rodeado por el enorme cinturón pasivo que se iba añadiendo a las paredes, quietos allí, eran cientos, después se supo, obstruyendo la posibilidad de una salida, como explicaron entonces, lo que era verdaderamente improbable a juzgar por el batir de palmas que podía escucharse todavía a las dos menos cuarto de la madrugada en el interior del inmueble, prueba tangible de que aún se aplaudía. Por esas horas, justo cuando esperábamos lo peor, se sintió un brío indeciso en medio del aplauso; un arranque pareció querer despertarse en algún rincón del teatro, avivado probablemente por la nostalgia de los comienzos. En el momento no se percibe si partió del fondo, ni si fueron los primeros, lo cierto es que afuera también creyeron escuchar un aplauso corpulento, algo repentino, decían, como tirado por el azar de un anhelo vitalicio que pudiese zafar la ovación del estancamiento. Era extraño porque en ese momento el agobio de las rodillas era enorme, y el dolor que se extendía por el abdomen amenazaba con hacernos caer, era más razonable esperarse una mengua, todo lo indicaba, en el exterior pensaban igual; la lógica de los eventos lo exigía y sin embargo, algún eslabón de lo previsto pareció saltar fuera volcando la realidad sobre sí misma y fue a dar en la sorpresa de una euforia disparatada, insensata por aquellas horas. Da lo mismo, en momentos similares con tal de seguir aplaudiendo el error es un compañero bienvenido, bordear el asunto por el lado de esa tolerancia al absurdo paliaba la angustia que nos vulneraba en las proximidades del amanecer. Amanecer que todos pensábamos próximo, típico de gente exhausta, eso de imaginar cada varios segundos que ha pasado mucho tiempo, eran solo minutos. Por el campanazo nos enteramos de que eran aún las tres de la mañana y esa hora, como puede preverse, no trajo nada bueno; la primera ola de desmayos vino de los tumultos que se disputaban la proximidad de las ventanas.

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Por vez primera nos vimos en aprietos; ésas deserciones nos obligaban a redoblar, aplaudíamos más fuerte, no se sabe cómo. En la parte delantera se les ocurrió algo que de gestionarlo como se debía, pensaban, daría sus frutos; consistía en aplaudir alternándose el pilotaje de esa región de la multitud. El argumento no era trivial; primero una parte del grupo que asumiera momentáneamente la vanguardia del palmoteo. Mas tarde, otro sector permitiría a los dos tercios restantes seguir aplaudiendo pero mas bajo, por decirlo de alguna manera, reposando sin dejar de batir palmas al mismo tiempo. El último tercio terminaría el ciclo. Esa maniobra de relevo les permitiría poder sostener la potencia de las palmadas hasta llegar hasta las horas iniciales de la mañana, no faltaba mucho, también ellos lo creían. No es que la idea fuese inoportuna, pero no eran momentos favorables a la sutileza, se sabía que nos acercábamos cada vez más, eso era seguro, porque el tiempo es irreversible y esa convicción trivial nos acompañaba, pero saber cuándo, en qué momento, era mucho pedir ¿Valía la pena cargarse con preguntas inútiles? Si no lo hicimos (ganas no faltaban; “culpa del resto”, nos lamentábamos más tarde) fue porque de todas formas, aún teniendo de nuestro lado la convicción, la ovación entera se escuchaba ahora en los muros como los coletazos desesperados de un inmenso animal moribundo, a eso hay que sumar el pesado aroma dulzón generado por el sudor, prácticamente irrespirable hacia las cuatro de la mañana, con el máximo líder irguiendo en el estrado las últimas reservas del cuerpo bajo la avalancha del aplauso. A veces intentaba algún movimiento insólito, un ademán que hubiese podido terminar con el brazo alzado, un giro del tronco que lo separaría definitivamente de la gran mesa, pero era un error, el aire enrarecido que flotaba en la sala nos impedía distinguir con claridad lo que pasaba; llegar aplaudiendo hasta la mañana, sólo pensábamos en eso. La mañana misma, sin embargo, era un hueco de promesa despojado de bordes y el dolor insoportable del esternón nos engañaba, el agobio pensaba por nosotros. Aun así continuábamos aplaudiendo. Cerca de las cinco indagábamos restos de saliva inexistente en el interior de la boca y odiábamos las punzadas que nos amargaban las axilas, hasta los jóvenes doblaban los hombros buscando una posición inverosímil que les evitara el calambre enemigo de las caderas, como si quisieran deshacerse de los huesos, soltar los músculos, andar livianos para seguir batiendo palmas eternamente. Una voluntad similar, con ese impulso, era solo posible gracias a la concentración extrema que no merodeaba concesiones ni se detenía en el pesar que nos apretaba los riñones, en el esfuerzo que erraba de nuevo por la sala llena de falanges extenuadas buscando los márgenes ilusorios de un amanecer sin orillas. Alrededor de las cinco de la mañana lo importante seguía siendo esquivar el terrible embarazo del sueño que vagaba por la sala buscando presa. Vimos algo en el uniforme del máximo líder, doblado en el estrado bajo los últimos latigazos en el interior de su estómago estragado, quiso decir algo, el ademán desapareció bajo campanazo de reloj de la entrada.

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Eran, por fin, las cinco de la mañana. Ya en ese momento atinar una palma con otra, solo eso, exigía un esfuerzo tremendo, basta imaginar el calor que aumentaba cada vez más, levantando el vaho de algunos excrementos que la travesía de la madrugada había dejado dispersos en la sala. Con frecuencia olvidábamos todo en medio del palmoteo, mirábamos sin querer hacia el pavimento y una vez más nos invadía el mareo insoportable y el peligro de la caída. Es probable que a esas alturas el máximo líder doblara repentinamente una pierna porque lo vieron agarrarse sin fuerzas del borde pulido de la mesa. Al parecer descolgó hacia adelante la cabeza, tal vez sometida por el vértigo, a causa probablemente de la marea compacta de gente que a esa hora, después nos contaron, rodeaba las calles aledañas a los muros exteriores del edificio como un bulto de ojos desorbitados por el sofoco. A pesar de los desmayos éramos todavía casi dos mil personas y hubiéramos querido sentir vergüenza por esos desertores, pero intentábamos aceptar los eventos como llegaban. Cabía incluso esperar que las cosas fueran a peor, como en efecto sucedió poco más tarde, así que experimentar algo que no estuviera provocado directamente por el deseo de seguir aplaudiendo implicaba en el cuerpo un desgaste inoportuno. Éramos por el momento solo capaces de un asombro preciso, provocado por un empleo exacto de la energía, según afirmaron los curiosos que se hallaban encaramados a las altas ventanas del Teatro para mirar. Mirar qué, allí dentro no había otra cosa que ver, como no fuera el aplauso, más de lo mismo, aunque en el nubarrón sonámbulo las veleidades de la emulación, dijeron, habían desaparecido ¿Era cierto? Al parecer lo era; nos comunicábamos la convicción de querer seguir aplaudiendo solo por ademanes extraños, frutos del agotamiento, guiños sutilísimos que aparecían en la marea del cansancio como coágulos pequeños de epifanía. Se sabía que tomar la delantera en el aplauso, solo por unos segundos, implicaba más tarde un costo elevado en desmayos que semejaban el bochorno de una renuncia. Eran las siete de la mañana, eso creíamos con el reloj marcando aún las seis y cuarenta. Más de una vez, en los delirios del mareo, nos estremeció el pánico repentino a que el aplauso se detuviera bruscamente, pero en aquella etapa y en el estado en que debíamos encontrarnos, esa traición al máximo líder nos hubiera parecido una rendición intolerable. Debíamos estar a dos palmos de las siete cuando el gran uniforme volvió a inclinarse en la plataforma cubierta por el fragor, muchos alcanzaron a verla; era la segunda pierna que amenazaba con arquearse sin poder tolerar el tronco. Nosotros, los que estábamos detrás, solo mirábamos hacia el techo indagando un sostén, a veces descubríamos, con sorpresa, una absurda bola blanca flotando encima de la ovación como un pólipo celeste.

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No era una bola blanca, era el gran reloj de la entrada intentando medir una mañana renuente a dejarse marcar por aquellas horas atascadas que continuaban deglutiendo el aplauso. Ya era prácticamente imposible mantenerse en pie cuando vimos el uniforme del máximo líder, curvado sobre la mesa, bajo un temblor que le sacudía las piernas sostenidas por el soporte de una decisión indoblegable. El pavimento parecía ablandarse bajo el aplauso como un manglar de algas podridas, atrapándonos en el cenagal del cansancio que nos tiraba desde abajo, pero sabíamos que era únicamente el agotamiento, extremo por esas horas, y aplaudíamos. Lo hacíamos, es cierto, canjeando señas extrañas de auxilio que ya solo daban testimonio del esfuerzo sumergido bajo el palmoteo de la ovación, pero eso mismo nos ayudaba, saber que no era otra cosa; el peso de los minutos que parecían colgar de los codos como grandes alforjas repletas de hierro. Mas tarde nos preguntamos de qué manera se puede seguir aplaudiendo en situaciones como ésa, pero entonces lo supimos; batiendo palmas, mirando hacia todos lados para verificar que somos muchos todavía; más de mil doscientos a las siete y media de la mañana, aseguraban los que estaban en el exterior, asomados a las ventanas para mirar la molotera afantasmada. Ellos también asistían a los desmayos cada vez más frecuentes como algo confuso que se desprendía del afán de seguir aplaudiendo, la huella de una renuncia como algo intolerable pero necesario que, sin embargo, no lograba tocar el corazón del aplauso. Decir aplauso, es cierto, hubiera parecido a esas alturas tal vez inadecuado, pero no importaba, de alguna manera había que llamarlo, aunque solo fuese para abreviar en una palabra la vehemencia inmaterial que seguía embistiendo con palmadas la dilación inasible de los minutos, lo que tenían de pujanza revuelta los últimos instantes. Para los que estaban asomados a las grandes ventanas era en realidad, decían, un montón de confusión tortuosa que intentaba cubrir a como diera lugar lo que faltaba. Cuánto, nadie lo sabía. Ellos mismos hablaban más tarde de las sacudidas irregulares en el interior del gran uniforme; al parecer la mitad superior amenazaba con caer de un momento a otro sobre la mesa, la otra se combaba irregularmente en un vaivén sereno que intentaba por todos los medios impedir el derrumbe. Nosotros también andábamos tironeados por reacciones endémicas de esas horas remotas donde era imposible distinguir quiénes aplaudían una cosa, quiénes aplaudían otra, quiénes habían cesado de aplaudir. Ya no era posible, solo escuchamos el campanazo del reloj de la entrada, pero no supimos lo que sucedió pasadas las ocho de la mañana. Nos lo dijeron después; habíamos continuado llenando de palmadas la extensión incongruente que ofrecían los segundos hasta que unos ojos vidriosos, desde el estrado, intentaron percibir algo por última vez. No pudieron, el uniforme se desplomó de un solo gesto y el eco del golpetazo en las tablas se impuso como una orden que suspendió la ovación entera. Ya en la tirada de la tarde todos los periódicos se disputaban el estreno de la noticia; a las ocho y veinte minutos exactamente había cesado el aplauso.

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Otras colaboraciones de ALeón en Efory Atocha, Aquí.
Imagen superior tomada de la Web.
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miércoles, 17 de noviembre de 2010

miércoles, 10 de noviembre de 2010

José Miguel Sánchez (Yoss) "Balsatur S. A"

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Un Cuento de José Miguel Sánchez (Yoss)
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-----------------------Al Vlado, que sobrevivió para contarmelo
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Usted no es lo que podría considerarse ni remotamente una persona pudiente. Su casa no es una mansión con piscina en Miramar u otro reparto exclusivo, sino un apartamentico en el octavo piso de un edificio multifamiliar. En pleno Vedado, sí, pero compartido con toda la familia, y con el agravante del ascensor inservible varias horas todos los días, entre apagones programados y roturas electromecánicas. Perfectamente disculpables dada la vejez del equipo y la escasez nacional de piezas de repuesto.

Usted, por supuesto, no cuenta para desplazarse con un auto, ni con una flamante motocicleta, sino con la cada día más ecológica y popular bicicleta china. Responsable directa de su vertiginosa pérdida de peso corporal en los últimos tiempos, entre pedaleo y ascensos-descensos por ocho pisos de escalera.

Tampoco trabaja como cajero o dependiente en una de las cada vez más numerosas tiendas para el turismo, que aseguran una privilegiada fuente de ingresos en moneda convertible a su personal. Ni es un profesor universitario de prestigio, o un cirujano cardiovascular con alto salario histórico.

Usted, en realidad, ni siquiera tiene un trabajo fijo. Después de haber invertido varios años de su vida en empezar y dejar consecutivamente varias carreras universitarias, ha concluido que ninguna ocupación técnica y profesional que esté alejada del turismo y de los dólares vale la pena ni es capaz de garantizarle un nivel de subsistencia decoroso.

Usted está en esa edad entre los veinte y los treinta en la que las personas inteligentes y enérgicas empiezan a preguntarse por qué otros sí pueden disfrutar de las maravillas de la sociedad de consumo y ellos no. Aunque algunos familiares en el extranjero y cierto talento para los negocios antes insospechado le aseguran un ingreso mínimo, pero más o menos estable en dólares. Suficientes para que, aunque con ciertos sacrificios, algunos lujitos electrodomésticos, gastronómicos y de vestuario no le sean completamente ajenos. Por otro lado, las relaciones con el sexo débil tampoco van nada mal , seguramente debido a su verba fácil, su carácter extrovertido y jocoso… y a que no hay mucho más a lo que dedicarle el tiempo.

En fin, que usted, hasta ahora, siempre había considerado la posibilidad de El Viaje como un recurso extremo. Una solución para desesperados, entre los que rehusaba terminantemente contarse. Hasta semanas atrás, sopesando mentalmente los reales riesgos con las posibles ganancias, la blanza se inclinaba hacia tierra y no hacia el mar. Amén de los consabidos peligros físicos como perderse en el mar de los Sargazos y morir de hambre y sed, ser alcanzado por un tormenta y zozobrar ignorado por todos en aguas infectadasde tiburones, siempre estaban los del tipo mixto, más bien físico-sociales. Como una lancha guardafronteras cominándolo a punta de metralleta a subir a bordo para el ignominioso regreso y posterior prisión.

Por todo eso, aunque la gloria de Thor Heyerdhal no lo deja dormir tranquilo y se pone verde de envidia cada vez que recuerda que los vikingos llegaron a América sin brújula… pese a que lee y relee los relatos de las grandes expediciones de Cook, Amundsen, Peary, Hillary y Tensing, la decisión no había madurado en su mente. Aunque lleve tiempo jugando mentalmente con la idea. Aunque haya hecho muchas veces minuciosos cálculos de cuántos litros de agua diarios consume normalmente un ser humano y de cuántos necesita como mínimo para no deshidratarse. Aunque haya llenado toneladas de hojas de papel gaceta amarillentas con listas exhaustivas de los alimentos más resistentes al deterioro con el menor peso y volumen… y de más fácil obtención en el mercado negro. E incluso haya especulado más de una vez, basándose en recuerdos de la Geografía del preuniversitario y en las fotos difusas del satélite meteorológico que salen en el noticiero, sobre las corrientes y los vientos predominantes en el estrecho, que podrían favorecer o dificultar La Travesía.

Pero todo un simple ejercicio intelectual, pura teorización. Como imaginarse qué tres deseos se le podrían pedir al genio de la lámpara. O cómo reaccionar si los marcianos o los habitantes del antimundo escogieran precisamente su casa como sitio del primer contacto… y a usted como representante de toda la Humanidad.

Hasta ahora.

Porque ahora es distinto. Por los flujos y reflujos de la política internacional migratoria, los guardafronteras, antes feroces y vigilantes como Argos de cien ojos, en estos días permiten sin la menor obstrucción que todo tipo e embarcaciones máso menos improvisadas zarpen cada hora desde distintos puntos de la costa nacional, cada una cargada con su correspondiente e inflada cuota de esperanzados émulos de Colón.

Y no es solo que se lo hayan contado. Incrédulo al principio, usted dejó a un lado su escepticismo al visitar uno de esos puntos litorales donde una febril actividad de construcción y especulación naviera se desarrolla a plena luz del día, ante los ojos complacientes de las antes celosas autoridades.

Usted vió pagar cientos de dólares por balsas precariamente construidas atando con sogas varias cámaras de tractor desmesuradamente infladas. Miles de dólares, por piraguas hechas de troncos ahuecados en el más añejo estilo de los taínos, dotadas con garbosas velas y ocasionalmente hasta potentes motores. Billetes y embarcaciones pasan de mano en mano, como en la versión tropical de algún ajetreado astillero.

Las glorias navieras que un día hicieran famosas a estas aguas en tiempos de galeones y carabelas se ven de repente desempolvadas.Y en usted, al fin, la chispita del entusiasmo prende fuego a la pólvora de la decisión.

Ante todo, sentido común y mucha planificación; usted no es un improvisado de esos que los guardafronteras recogen a decenas cada día, flotando medio comidos en la Corriente del Golfo.

Lo primero, una vez convencido de que las probabilidades de éxito de un navegante solitario son mínimas, es reunir una buena tripulación. Rápidas pero cautelosas averiguaciones por el barrio redondean bien pronto el número a seis: ni muy escaso ni muy crecido. Que tampoco se trata de emular a aquellos trirremes de la antigüedad clásica, ni a las galeras con sus centenares de galeotes.

Por supuesto, tras breves deliberaciones usted es unánimemente aclamado jefe de La Travesía. Inmediatamente reparte responsabilidades entre todos. Uno, a la Biblioteca Nacional, a copiar los mapas de corrientes y las efemérides de mareas en el estrecho en los próximos seis meses. Sin olvidar mantenerse al día en el pronóstico del tiempo. Otro, a conseguir los tanques de agua y las cajas imperneables en las que otro colocará líquido y alimentos para por lo menos una semana, y dos si fuese posible. Un cuarto se encargará de requisar en los alrededores y resolver entre todos los conocidos cuanto objeto más o menos susceptible de flotar pueda encontrar. El quinto, como responsble de finanzas, irá convirtiendo en efectivo US dollars la mayor cantidad de pertenencias posibles de la tripulación. Pues tampoco se trata de llegar a la Tierra Prometida con las manos vacías…

Dicho sea como de paso, usted se ha guardado muy bien de no desmentir el estado de ánimo predominante entre los miembros del grupo… acerca de los chorros de oros que les caerán en los bolsillos apenas pongan el pie en el otro lado, las entrevistas en la prensa, los títulos de héroes, las decenas de complacientes rubias tetonas acosándolos, etc. Usted se imagina que otros muchos deben haber llegado en condiciones mucho más precarias sin tanto bombo y platillo. Pero, en fin, lo importante es la seguridad, llegar y no correr riesgos inútiles por una hipotética gloria.

Usted, finalmente, funge como coordinador general y encargado de toda clase de detalles. Por ejemplo, la ropa que llevarán durante El Viaje. Uniformes desechados por el MINFAR, sombreros de guano, gafas oscuras y hasta pomada antisolar. Pues ya se sabe que hay que cuidarse del sol para no ser achicharrados a las pocas horas, que no será un día de playa. Además, usted hará gestiones para conseguir instrumentos de navegación. Gestiones que fructificarán en una brújula… y un sextante, un compás y hasta un astrolabio que al fin descartará en secreto, ante la imposibilidad de entender cómo funciona.

Durante semanas celebran reuniones cada tres días, y la lista de provisiones, precauciones y recursos disponibles va creciendo en proporción geométrica. Píldoras contra el mareo, aspirinas por toneladas, antidiarreicos y sales de rehidratación oral conforman la farmacia de a bordo. Llevarán dos trajes isotérmicos de los que usan los nadadores submarinos, por si acaso hay que reparar la balsa en plena travesía. Aparecen paquetes de repelente contra tiburones, un polvo anaranjado soluble en agua, obtenidos mediante un primo lejano, buzo en las Tropas Especiales del MININT. Cuchillos para todos, dos machetes y una escopeta de caza submarina, también por si los tiburones. Se hacen hasta intentos por comprar una emisora de radio que al final son dejados de lado por imposibles. Pero sí se sonsiguen linternas para todos, dos faroles de petróleo y hasta tres bengalas por si el guardacostas del otro lado no los distingue en las tinieblas.

Ya todos hablan como expertos navegantes de la declinación magnética, la deriva, el flujo y el reflujo, bajamar y pleamar. Los lados de la embarcación en pleno proceso constructivo dejan de ser izquierda y derecha para convertirse en babor y estribor. Sotavento y barlovento, proa y popa se vuelven palabras familiares. Gulf Stream deja de parecer el nombre de un grupo musical de éxito. Hasta algunos leen El viejo y el mar, La expedición de Kon-Tiki y el diario de navegación del doctor Bombard, el hombre que cruzó solo el Pacífico. Se ejercitan las habiliades pesqueras en excursiones al muro el Malecón. Horas y horas con el sedal en la mano… que no rinden muchos peces, pero sí refuerzan la cohesión interna del grupo. El miedo de unos es la sed y la deshidratación. Otros recuerdan que el pescado fresco contiene líquido suficiente para no morir de sed. A los que temen el hambre, les tranquilizan enumerando las virtudes proteicas del escabeche.

El grupo se entrena concienzudamente en el gimnasio de la azotea del responsable de finanzas. Pesas para fortalecer los brazos, una vez decidido que, aunque se instalará una vela, el remo será el método de propulsión principal… los motores marinos han alcanzado precios astronómicos. Se corren pistas para aumentar la resistencia. Todos comen desaforadamente tratando de aumentar las libras que podrán perder en La Travesía. Comienzan un régimen para adaptarse a beber poca agua. Se renuncia a las comidas muy condimentadas o saladas para acostumbrar al paladar… aunque los abastecimientos consisten sobre todo en carne en conserva. Se duerme en el suelo. Un régimen espartano, como el de los cosmonautas antes del despegue.

Y la nave va tomando forma. La nao es todo un milagro de la técnica naval casera. Como no hay conocimientos ni herramientas ni asfalto para calefatear, se opta por el modelo básico balsa. Pero qué balsa. Tanques metálicos de 55 galones, herméticamente cerrados y unidos por soldadura. Once cámaras de tractor bien infladas para flotabilidad adicional y como salvavidas, por precaución. Un cerco de madera y una plataforma plana sobre los bidones vacíos. Quilla, una proa, timón de paleta, un mástil con una gran verga y una vela de casi veinte metros cuadrados de sábanas unidas con doble costura, reforzadas con sacos de harina. Tres estacas a cada lado, para apoyar los remos. Cojines sobre las tablas, para no dañar las posaderas. Y, como detalle supremo del que usted es autor intelectual y responsable material directo, una tienda de campaña para cuatro personas, dentro de la que estarán perfectamente protegidos del sol y sus asesinos rayos ultravioletas durante la boga. Finalmente, el nombre, en inglés, aguerrido, osado, triunfador, adoptado tras largas discusiones : Indefatigable. Como el del crucero de la película sobre la II Guerra Mundial vista en versión original por todos juntos, para irse acostumbrando al mar y al idioma de Shakespeare…

Todo está listo con la formal promesa del padre de un tripulante de transportar la embarcación, camión mediante, desde el improvisado astillero en el patio hasta la playa escogida para zarpar. Se decide el día el martes, con luna llena, marea viva, vientos favorables previstos y nada de mar rizada ni peligrosa para embarcaciones menores. Será entonces, si no cambia el tiempo, si el diablo no mete el casco… y faltan dos días.

Tiempo suficiente para las despedidas, la última visita al Coppelia, la última botella de ron compartida con los amigos… hasta un cigarrito tímido de marihuana, para acostumbrarse, porque Allá debe estar regada por las calles. El último arroz con frijoles, la última noche con la novia del momento… Ella entiende que es un asunto de hombres, la oportunidad de la vida que solo se presenta una vez, y que ustedes son unos bárbaros y lo tienen todo bien calculado… pero llora igual, porque la vida es de madre y quién sabe cuándo se volverán a ver. Porque ella sí que no, nada de locuras marineras, hasta que no la reclamen legalmente, ni hablar de viajecito. Y no falta el amigo que aparece a última hora para convencerlos de que todo es una temeridad y un suicidio seguro, esgrimiendo estadísticas y casos fatales con los dos manos.

Pero al fin llega el gran día. El de despertarse tempranísimo, casi de madrugada, para mirar el cuarto de tantos años por última vez, con lágrimas en los ojos. Los juguetes viejos, las fotos de cuando chiquito, la ropa y los zapatos tan conocidos, los libros con las letras gastadas de tanto leerlos… Y nada de lágrimas, porque usted es todo un hombre. Y porque la madre, la tía y la abuela sí que no ahorran llanto. Se les va el niño. El padre no; aguanta, pero advierte, con la voz temblorosa de la experiencia: Cuidado, mi´jo, la mar es resabiosa y traidora. Pero tú verás que todo sale bien… tu padre te quiere…mucha suerte. Y dale, que ya está pitando el camión allá abajo…Avise cuando llegue.

En el camión, usted va con los ojos húmedos, como los demás, pero todos dicen que es por el viento de la carretera a las cuatro de la mañana. Van mirándolo todo, tratando de grabárselo bien en la retina y la memoria, sin chistes, sin hablar. Llegan a la playa, y tras la última despedida del padre del camión con su hijo, el Indefatigable es echado al mar y flota que da gusto.

Todo está listo, pero se tardan unos minutos más. Duro es siempre el último adiós. Uno se pone guantillas para no ampollarse las manos, tratando de no mirar atrás. Otro se agacha y guarda un poco de arena en una bolsita de nylon cuando cree que nadie lo mira. Un tercero trata de atrapar un cangrejo con rara obstinación. Otro fuma cigarro tras cigarro recorriendo la playa a grandes zancadas. Al fin usted, tragando en seco para que la voz no le suene rajada y pensando en Sandokán y el corsario Negro, da la orden de partir. Un policía los mira sin interés desde la carretera cercana… debe estar cansado de ver salidas mucho menos equipadas.

Entonces llegan ellos, en la rastra, y la meten marcha atrás en el agua hasta el eje. Quitan la lona y empiezan a bajar aquello, y ustedes no pueden contener los ¡oh! y los ¡ño, eso sí es una balsa! y los ¡tremendo motor! Exclamaciones a las que ellos responden con risas de confianza. Porque lo que ponen a flote es un cuadrado como de diez metros de lado, con casi cien cámaras amarradas con alambres, y barandas de cabillas soldadas, y un motor Evinrude fuera de borda, nuevecito, rojo y con un tanque de petróleo adicional. Parece un ring de boxeo navegando, dice uno de ustedes, y es eso mismo.

El tipo que parece el jefe de los boxeadores marinos se acerca a uno que vino a mirar y le tira la llave de la rastra, diciendo: Gózala, a mí ya no me va a hacer falta, allá voy a manejar un Porsche, y todos ríen. Enonces otro de ustedes, el que se documentó sobre mareas y corrientes, se le acerca al futuro conductor de Porsches, con la chispa encendida y la petición… y no hay problemas, ahí tienen la soga de remolque, y usted tiene la oportunidad de demostrar que sí sabe hacer nudos marineros de los que no se zafan nunca.

Por lo que, cuando ya amanece, la salida gloriosa: el Indefatigable con ustedes a bordo, todo a remolque del ring de boxeo. Que no tiene quilla ni proa ni ocho cuartos, pero sí tiene un motor que le retraquetea y corta el agua como si fuera un cuchillo. Rumbo a una nueva vida, runrún alegre de los pistones del motor en lo que la costa se va perdiendo de vista. Confianza total, empiezan las risas y las bromas, la botella de ron que pasa de mano en mano, y los a este paso en tres horas llegamos fácil al otro lado. Aunque un bichito pesimista le diga a usted al oído que hay algo que no va, que anda mal, algo peligroso, que no puede ser tan fácil…

Pero usted es un optimista y no le gusta ser el ave negra agorera del infortunio, así que se ríe como todos, como entrando en confianza con esa mar serenísima que se va abriendo mansamente delante del ring de boxeo, milla tras milla y ahorrándoles tremenda remada. Usted tiene una picazón incómoda por dentro; casi habría preferido llegar como tanto lo planearon, como los vikingos, y no así, que es casi como sacar pasaje en una agencia de viajes, Balsatur S. A… pero sería bien tonto pasar trabajo por gusto cuando la cosa viene así de fácil.

Son ya como 8 ó 9 millas de viaje y todo OK. Solo hay unas olitas medio molestonas, que están sacudiendo el ring de boxeo y una mujer hasta grita… pero los demás boxeadores marinos ríen y hay uno que hasta trajo una guitarra y empieza a tocar desafinando un tema de los Beatles, así que no hay lío. Cierto, la mar está un poquito agitada… ni siquiera risada, apenas ondulada. Pero es como un vaivén de montaña rusa, y todos gritan divertidos y ríen cuando suben y bajan.

Hasta que se desinfla la primera cámara debajo de los boxeadores marinos. Y usted lo ve y se pone frío… pero bueno, solo es una, nadie se ha dado cuenta, y no hay que ser sapo ni pensar en lo peor. Pero la mar sigue ondulándose, y revienta otra. Esta suena alto, como para que nadie pueda dejar de oírla. Y otra que se desinfla. Y otra. Empiezan los gritos, y usted ya sabe lo que iba mal: amarrar cámaras de goma infladas con alambre es como amarrar troncos de balsa con cables de acero, el error que Thor Heyerdhal fue lo bastante listo como para no cometer…

Pero reacciona rápido y corta la soga del remolque de un machetazo mientras los boxeadores marinos gritan y tratan de virar. Entre más cámaras que explotan, el ring que se hunde, se hunde, el agua que salpica el motor, que estornuda y calla al sumergirse. Y aquel tremendo cuadrado de diez metros está debajo del agua en menos de lo que se dice ji, y los boxeadores flotando en gritos.

Ustedes no son hijos de puta. No como en los cuentos que han oído de la gente que asalta cualquier balsa que vean en alta mar que parezca mejor que la suya. No como los que tiran a los enfermos. Entre los ex-boxeadores marinos hay dos mujeres. Ustedes han oído el cuento de la mujer con la menstruación tirada de la balsa porque la sangre atraía a los tiburones, y que la lancha guardafronteras apenas la salvó de milagro…

Ustedes regresan, dando remo con facilidad, sin izar la vela, porque el viento sopla en contra. Y como son casi diez boxeadores noqueados por el mar y no caben en el Indefatigable, les tiran las cámaras que son más que nunca salvavidas de emergencia. Y los llevan a remolque con la misma soga que usted cortó a machete justo a tiempo, salvándose de ser arrastrados por el ring de boxeo zozobrante.

Solo hay seis remos, no se ve la costa, los boxeadores fracasados lloran y maldicen, se cagan en Cristo, en su madre y en todos los santos. Detrás, abandonada, la guitarra se va llenando poco a poco de agua, hasta hundirse. Hay sol bueno y mar de espuma, pero la arena fina y Pilar están a varias millas. El viento y la corriente y la marea en contra. El sudor empapando las camisas de uniforme, dentro de la tienda de campaña bajo el sol es una sauna, una mujer cae en un ataque de histeria. Son las nueve de la mañana.

Uno de ustedes dice, soñador, que es un buen día para ir a la playa. Nadie le contesta, nadie quiere hablar. Atrás, a remolque, la mujer llora aunque el frustrado chofer de Porsches la amenace entre dientes con hundirla si no se calla. Usted piensa que el Ra I de Heyerdhal también se hundió. A lo lejos, una lancha guardafrontera que ni se acerca. Usted lo entiende, imagina su pensamiento: ¿ah, se iban y tuvieron que regresar? ¿para qué salieron? Y lo prefiere así, aunque los boxeadores derrochen insultos contra la impertérrita lancha…

A lo lejos, una gran vela avanza rauda, debe ser un catamarán o un yate auténtico. Uno de los boxeadores pide agua por favor, y sugiere que si están muy cansados, ellos podrían remar… Pero ustedes, por las dudas, por si ellos sí son de esos y piensan en cortar la soga cuando estén en las cámaras, dicen que no, porque ellos son más, al fin y al cabo…

Usted piensa en voz alta que a lo mejor no fue tan malo, que ahora a todos los llevan para la Base Naval de Guantánamo, con los haitianos. Otro especula risueño con la sorpresa de amigos y parientes cuando los vean regresar. Otro enuncia que el que intenta y se retira a tiempo vive para probar de nuevo. Usted piensa que, con suerte, si no empeora el tiempo, a las ocho de la noche verán la costa de nuevo. Y que si hay un nuevo intento, tendrá que ser por la noche, para que no los vea salir nadie, y con motor. Pero no dice nada. No es el momento, y si se habla, no pierde el ritmo de la respiración y duelen más los brazos al remar…

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