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martes, 5 de julio de 2011

"Lo que dejaron los rusos" Por José Miguel Sánchez/ Yoss

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Lo que dejaron los rusos (1)
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Por José iguel Sánchez/ Yoss
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Para René Méndez Capote, que me enseñó desde niño
que el costumbrismo no tiene por qué ser halagador ni aburrido.
Para Anala Lidia, Dimitri, Polina, Guillermo...mis socios "agua tibia".

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“Es sorprendente; treinta años de presencia rusa en esta isla no dejaron casi nada, aparte de unos cuantos edificios horribles. El modo de ser y la cultura eslavos son demasiado fríos y serios hasta cuando se ponen sentimentales. No tienen nada que ver con el feeling de bolero del trópico, con la jodedera y la informalidad del Caribe... como por ejemplo, sí tienen que ver los americanos, por muy gringos que sean.”

La sentenciosa frase (2) me la susurró al oído un carnalito mexicano, profesor de literatura en el D. F. y medio cubanizado ya él, una tarde de mayo de 1999 cuando pasábamos frente a la zona del extrarradio originalmente concebida como ciudad-dormitorio, de clara inspiración soviética: Alamar. Regresábamos de Guanabo apretujados en el viejo Chrysler de un botero de esos que cobran 20 pesos moneda nacional el viaje hasta o desde la playa. Pagó mi amigo azteca (3), y hasta agradecido de ahorrarse los 10 dólares que le habría costado cualquier taxi autorizado a llevar extranjeros. Aunque algo contrariada su innata tendencia a la verborrea por mi clara instrucción de nativo versado en picardías: cállate la boca y déjame hablar a mí. A pesar de que sus facciones no apuntan mucho hacia la típica cara de indio, su acento de película de charros habría descubierto nuestra impostura al instante.

Pero cuando nos bajamos en el Parque Central, sus ganas contenidas de dar muela florecieron, a la sombra del índice admonitorio de la estatua de Martí, en un largo monólogo que pronto se convirtió ¡cómo no! en animado diálogo... (4) Sobre los pros y los contras, sobre las huellas reales y fantasmagóricas de todos los años en que la cultura y la tecnología de la extinta URSS fueron elemento omnipresente en la realidad cubana.

Tan interesante fue la platicada, como la habría llamado mi socio del otro lado del Golfo, que regresamos a pie hasta mi casa, al lado del Hotel Colina... y me surgió la idea de escribir estas líneas como ejercicio por y para la nostalgia.

Esa vez me tocó ser lo que podríamos llamar abogado del diablo. Y, mientras alababa (y muy convencido) las bondades quita-hambre de la carne rusa enlatada de la vaquita, de las tantas traducciones de las editoriales Raduga, MIR y Progreso, de los muñequitos de Dobrinia Nikitich, Chebrashka y el cocodrilo Guena y del lobo y la liebre de ¡Deja que te coja! reflexionaba para mis adentros sobre una curiosa peculiaridad del carácter cubano.

Somos un pueblo que siempre descubre el lado bueno de todo lo que tiene... pero solo después de perderlo.

Porque... confiesen: Entre el clásico cualquier tiempo pasado fue mejor, nuestra eterna manía de defensores de las causas perdidas, y cierto chovinismo de doble moral, que nos permite criticar todo lo que tiene que ver con nosotros... pero al mismo tiempo nos hace salirle al paso muy ofendidos a cualquiera (5) que nos lo critique demasiado... ¿Cuántos de nosotros no nos hemos sorprendido en los revueltos años de fin de milenio, al menos una vez, suspirando de añoranza por algunas de esas cositas made in URSS que tanto criticábamos antes de 1989?

Quizás mi amigo del D. F. se equivocó, y después de todo, los soviéticos, cuando se convirtieron en rusos y volvieron a su fría Europa, sí dejaron algunas cosas de este lado del Atlántico.

Sin pretender adentrarme mucho en los abismo socio-ilógicos del análisis de los relativismos culturales y el subconsciente colectivo de los pueblos (6) ni tampoco en los arriesgados laberintos de la geopolítica, la verdad es que, dicho en buen cubano, se cae de la mata que treintaipico de años con los bolos siendo parte de nuestra vida cotidiana, con el CAME timoneando nuestra economía y nuestros soldados jugándole cabeza a la muerte en Angola y Etiopía a golpes de AKM, RPG-7, “flechas” antiaéreas, BM-21 y BTR tenían que dejarnos alguna huella.

Por mucho que nos llenáramos la boca para burlarnos de la insufrible peste a grajo eslava, de su innata condición de patones a todo baile cubano, del para nosotros estropajoso sonido de su lengua, de la mala terminación y la ineficiencia energética de todos sus productos (7), dos generaciones de cubanos crecimos teniendo a la Gran Hermana URSS como modelo insoslayable... demostración palpable de que se podía ser una nación grande, poderosa y desarrollada (8) sin jugar al capitalismo y a la desigualdad. Metafóricamente hablando, los soviéticos eran para nosotros algo así como el hermano mayor cuyos bíceps nos hacen sentir orgullosos del parentesco, por enclenques que seamos. Cuando solo podíamos soñar con viajar al cosmos y con la energía nuclear, ellos ya los tenían (9)Y para los habitantes de una islita casi en el traspatio del imperio del dólar, eso vale mucho. Aunque sea, como dirían los psicólogos (10), en forma de capital simbólico.

Las huellas históricas de la presencia de la Unión Soviética en este proceso nuestro no las discute nadie. Sobre todo en los primeros años, la supervivencia de la Revolución habría sido problemática sin la mano que nos echaron. Sin los tanques T-34 (11) y los cañones autopropulsados SAU-100, sin aquellos fusiles cañonicortos que venían en cajas con el rótulo Zona de desarrollo agrícola R-2... (12) Sin toda aquella técnica militar probablemente desechada como obsoleta por el Ejército Rojo, Girón en el 61 tal vez no habría sido la veloz y aplastante victoria que fue.

La Crisis de Octubre llegó un año después... fue el año en que vivimos en peligro. Cierto es que sin el bluff estratégico del mujik presidencial Nikita Jruschov de convertir a Cuba en portamisiles nucleares insumergible no habría estado el mundo al borde del conflicto atómico en aquel 62. Pero, queríamos jugar a la política internacional aún estando faltos de peso... y como dice el refrán, bien está lo que bien acaba... a pesar de todas las guaperías de ambas orillas y las movilizaciones masivas en el Malecón, por suerte, la cordura triunfó. No llegó la sangre al río, y la situación se resolvió por el teléfono rojo. Y aunque al fin nos tocó ser una simple pieza de negociaciones en la mesa de las superpotencias (13) salimos del lío con una sensación acrecentada de nuestra propia importancia en la arena mundial... (14)

Por cierto, el cohete instalado en 1992 en la playa del Chivo conmemorando los días luminosos y tristes de la Crisis de Octubre fue retirado muy pronto de su vertical y fálico emplazamiento costero. (15) El simbólico misil duerme desde entonces el sueño del olvido, horizontal en uno de los patios de la fortaleza de La Cabaña. Tiene más de diez metros de largo... lo que lo convierte en una evidencia físicamente bastante grande de la presencia de los rusos aquí... (16)

Luego vino la copia mecánica de los modelos económicos y partidistas soviéticos (17) a pesar de que la clarividencia del Che había alertado con tiempo del peligro de burocratización y que tales esquemas difícilmente funcionaran en medio del clima característico de improvisación constante del trópico. Que el propio creador del concepto del hombre nuevo se diera cuenta de que la férrea disciplina europea y totalmente planificada de los robots komsomoles iba a traer desastres debió ser suficiente advertencia, pero está visto que nadie escarmienta por cabeza ajena... (18)

Vino el año 1968: San Francisco hippie, verano del amor, las revueltas estudiantiles en París, la Primavera de Praga... y la entrada de los tanques soviéticos la convirtió en un invierno de ortodoxia leninista. Aquí dijeron que había sido una intervención necesaria para salvaguardar el socialismo y a nuestros padres no nos quedó más remedio que creérselo... o creer que el socialismo al estilo ruso (19) y la democracia eran conceptos incompatibles... lo que resultaba complejo de pensar, incluso de este lado del Atlántico. Revolución empezaba a ser sinónimo de PCC, que iba tomando un papel cada vez más regente en el proceso. (20) Fueron los tiempos del proceso a Aníbal Escalante y su Microfacción, por demasiado stalinista y kominternista (21). Proceso que dejó sentadas las reglas del juego, de algún modo: por mecánica que fuese, en todo caso sería copia, y muy nuestra; no simple extensión obediente de la voluntad de Moscú.

Coqueteos partidistas y complejidades políticas apartes, lo más importante fue que ya a finales de los 60 había una numéricamente notable colonia rusa en la isla. Las buenas relaciones Habana-Moscú, los proyectos conjuntos bajo la hégira de Brehznev y la estabilidad (22) que parecían eternas, requirieron y posibilitaron el traslado por tiempo más o menos prolongado hasta el Caribe de muchos ingenieros petrolíferos, geólogos, mineros, especialistas textiles, ferroviarios, en explotación portuaria, museología y prácticamente todas las ramas de la ciencia y la técnica que interesaba desarrollar en Cuba. Sin contar un buen número de asesores militares. (23)

Todos venían con sus familias y se instalaban a toda prisa. A veces en barrios y edificios más o menos segregados, tal vez para evitar la contaminación cultural, como si las barreras idiomáticas y de hábitos higiénicos (24) no fuesen suficientes... que no lo fueron.

En parte porque los recién llegados inmigrantes laborales temporales, sobre todo las mujeres, con una avispado sentido comercial que quizás habría avergonzado al propio Lenin, pronto descubrieron que en las calles de La Habana y otras ciudades de la isla, como en el Arbat moscovita, también había un activo comercio de estraperlo (25) más o menos gubernamentalmente permitido (o al menos entre redada y redada para salvar la cara) de todos aquellos bienes considerados de algún modo suntuarios, o que las libretas de abastecimiento y de productos industriales no garantizaban a los cubanos. Y, con pragmatismo eslavo, aprovecharon su experiencia, su (relativamente) privilegiada situación de abastecimiento y su impunidad (casi total) para convertirse en verdaderas negociantes. Parece que ¿Dónde vive la rusa? fue el equivalente de los 70 y los 80 de la moderna pregunta de ¿Dónde está la shopping? En aquellos lejanos tiempos en que el dólar era en nuestras calles solo un recuerdo del capitalismo que nunca volvería a campear por sus respetos, muchas madres de familia mataron el apetito de sus numerosas proles con smetana, carne rusa, queso de cabra kazajo, pepinillos en salmuera, caviar y otras exquisiteces que la Embajada soviética importaba para paliar la nostalgia dietética de sus súbditos transplantados... sin prever que estos preferirían cambiarlo por efectivo, y que el vodka cedería pronto el lugar de honor en sus preferencias al ron peleón made in Cuba. Gracias a tan secretamente público tráfico, muchos rusos que se dieron la gran vida (26) en estas latitudes aún añoran su privilegiado estatus insular de aquellos años... incluso la para ellos entonces novísima circunstancia de sudar tanto en nuestro húmedo verano que apenas si orinaban.

Pero el éxodo temporal fue en ambos sentidos. Miles de cubanos que nunca habían visto la nieve cruzaron el océano para estudiar en la Universidad Lomonósov de Moscú, para hacerse ingenieros o doctores, para convertirse en calificados obreros textiles o simplemente trabajar como leñadores en la helada Siberia... que de tal modo pronto se convirtió en el epítome de la lejanía. (27)

Y lo mejor del caso fue que la interpenetración se produjo en todos los sentidos y a gran escala. (28) ¿Cuántas rusas no dejaron sus frías latitudes cargando infladas barrigas para venir a parir sus hijos híbridos al Caribe siguiendo muy orondas a sus bellos esposos mulatos? ¿Cuántas cubanas no dieron a luz y luego criaron a sus retoños en los hospitales y guarderías de Moscú, Leningrado, Minsk, etc.? (29) ¿Quién no conoce a uno de tales inters: interculturales, interraciales, internacionales? Rubios de ojos azules que bailan casino y guaguancó, toman chispa de tren, montan guagua, hacen chistes de Pepito y saludan diciendo asere ¿qué bolá? Pero que también se emocionan oyendo las canciones de Visotsky (30) hablan como iluminados de las pinturas de Iliá Repin y tienen que aguantar las lágrimas viendo que Moscú no cree en ellas tantos años después. Difícil conjunción sociológica del aceite con el vinagre, escindidos entre la Patria y la Rodina, entre la lengua de Cervantes pasada por Guillén y el idioma de Tolstoi pasado por el slang de los golfillos de Arbat, la retórica de Komsomólskaya Pravda, Sovexportfilm y un poco del programa El Idioma Ruso por Radio que transmitían por Radio Rebelde.

Gracias a compartir la tierra franca de los juegos infantiles con esos que no eran ni rusos ni cubanos, ni agua fría ni caliente, sino agua tibia, fue que muchos de mi generación empezamos a entender en la niñez y la adolescencia, más allá del rechazo visceral que le hacíamos al ruso como idioma de enseñanza obligatoria desde la secundaria (31) que podía haber mucho de bello en aquella lengua, en aquel país que a veces se nos antojaba casi nuestra metrópoli colonial, en aquella cultura que tan ajena nos parecía. Y, claro, también gracias a los libros de MIR, Raduga, Progreso... aunque nos riéramos tanto del trasnochado tono de español arcaico de las traducciones.(32) Libros como Un hombre de verdad, de Boris Polevoi; y El sentido de mi vida, las memorias del diseñador de aviones Yakóvlev, moldearon a una generación. Los hombres de Panfilov y La carretera de Volokolamsk iban en las mochilas de nuestros milicianos en la epopeya de la limpia del Escambray. La Nebulosa de Andrómeda de Iban Efrémov; Qué difícil es ser Dios y Cataclismo en Iris de los hermanos Strugastsky; La tripulación del Mekong de Volkunski y Lukodianov; Jinetes del mundo incógnito de los Abramov, entre otras muchas, nos enseñaron que la buena ciencia-ficción también podía escribirse sin extraterrestres agresivos ni guerras estelares. Y cuando llegaba la codiciadísima Sputnik, desaparecía en horas de los estanquillos (33), y La mujer soviética, Unión Soviética (34), El deporte en la URSS, Panorama Olímpico (35) Misha, también se leían bastante, además de servir para forrar libretas y libros por el excelente papel satinado de sus portadas.(36)

Mirando atrás desde el 2001, para la más joven generación que creció después del derrumbe del muro de Berlín y que considera los CDs como algo cotidiano y no una maravilla tecnológica, resulta difícil hasta imaginarse lo profundo del aislamiento tecnológico y cultural en que vivíamos entonces aquí en Cuba (37) ¿El bloqueo? Quizás. Lo cierto es que para nosotros, los crecidos en los 70 y los 80, cuando el último grito de la técnica eran el tocadiscos Radiotécnica y el radio Selena, (38) la cultura rusa fue una influencia subyacente pero sólida y constante en muchas esferas de la cotidianeidad, símbolo contradictorio a la vez de modernidad y fealdad, de resistencia extrema y falta de calidad... ambivalencia que moduló por décadas la actitud de los cubanos hacia todo lo bolo.

Veamos algunos renglones, algunos ejemplos:

1-PARQUE AUTOMOTRIZ. Los Moskvichs, Volgas, Nivas y Ladas consumían menos gasolina, echaban menos humo, sonaban menos, eran más cómodos y lucían mejor... al menos en teoría... pero tampoco importaba: eran símbolos de status, de modernidad, de adelanto. Aunque los viejos carros americanos fueran bombas de humo rodantes, eran para toda la vida, incluso sin piezas de repuesto, y sus carrocerías mil veces chapisteadas eran de hierro (aún lo son) y no de tubito de pasta de dientes. Cualquier flamante Lada 1600 que chocara con un tartajeante Plymouth del 49 quedaba para chatarra, lo sabían hasta los niños. Claro, si era un Chaika blindado de los que usaba el Buró Político, ya eran otros cinco pesos. Pero, blindadas o no, todos preferían manejar las escobitas nuevas... y todavía hay bastantes por ahí, barriendo, digo rodando... (39)

Las motos Ural, auténticos camiones con sidecar copiadas de las BMW tomadas de trofeo a los nazis en la Gran Guerra Patria, aún circulan también, con bastantes adaptaciones de nuestros Hell Angels insulares (40) Eran las dos ruedas que había para resolver, y vaya si resolvían. Hasta sofás se cargaban en aquellas heroicas motos... y cinco pasajeros a bordo de una Ural con sidecar no era récord para nada.

De los KP3, GAZ, KAMAZ y otros camiones, hasta Fidel tuvo que confesar en el 90 que eran máquinas muy bien diseñadas... para gastar petróleo. Y, hermetizados contra las bajas temperaturas siberianas, eran auténticos hornos rodantes. Pero la fama de asesinos de chóferes que trajeron de la URSS duró hasta que cayeron en manos de nuestros paticalientes ases del volante... que los asesinaron a ellos, como dice Frank Delgado en la introducción de su delicioso tema Konchalovsky hace rato que no monta en Lada (ver Apéndice I).

2-AVIACION. Nuestra Cubana de Aviación, siempre heroica, (41) surcó por décadas los cielos del mundo con aviones soviéticos, relativamente lentos y también muy gastadores, pero seguros (mientras hubo piezas de repuesto). Fue desde que los vetustos Super Constellation y Bristol Britannia de antes del 59 dejaron de creer en milagros mecánicos y se negaron rotundamente a despegar... al menos enteros. Los An-2 de fumigación vuelan aún, los paticos An-24 estuvieron haciendo rutas nacionales hasta hace muy poco, como los primos hermanos Yak 40 y 42, los viejos Tu-154 y el antiquísimo Il-18. Y si bien nunca tuvimos chance de ver aterrizar por Boyeros el supersónico y espigado Tu-144 (42) todavía nuestro primer mandatario recurre a su casi vetusto pero segurísimo Il-62-M cada vez que tiene que viajar.

3-ELECTRODOMÉSTICOS. Dentro de esta nunca demasiado criticada categoría de producción eslava estaban las indestructibles lavadoras Aurika (43) y los televisores Electrón, Rubin y Krim, que todavía sirven para ver la novela en no pocos hogares cubanos. Desde aquellos mastodónticos aires acondicionados que tantos hogares incendiaron, hasta sus primos menos adelantados, los ventiladores Orbita... Sin careta, porque originalmente están concebidos como una pieza más de ciertos refrigeradores... pero nos aliviaron tantos tórridos veranos (44) ¿Feos? Vaya si lo eran todos... Verdaderas monstruosidades de diseño, pero hechas a prueba de bala. ¿Y cuántos no echamos de menos aquel piñazo sobre el televisor cuando los controles vertical u horizontal se desajustaban, o la patada al refrigerador cuando su motor se negaba a arrancar? Gestos que ya pasaron a formar parte del acervo mímico nacional... aunque nuestros electrodomésticos de hoy, japoneses, chinos y coreanos no agradezcan tan cariñoso tratamiento.

4-RELOJERIA. Ah, aquellos Raketa, Zaria y Poljot que pesaban toneladas en la muñeca, y cuyos cristales se empañaban casi de respirarles cerca. Aquellos despertadores titánicos, marcas Slava y Sevani, que resistían botazos y mandobles con la almohada, que sonaban cuando les daba la gana y daban la hora que mejor les parecía... Pero, pensándolo bien ¿no es esa la única hora que le ha interesado siempre a este pueblo genéticamente alérgico a todo lo que parezca puntualidad germana o precisión británica? Y ahora... sentir el pitido electrónico de un moderno radio-despertador digital y saber que es esa la hora, la misma a la que uno eligió despertarse, inapelable, sin troque ni factor sorpresa que valga... Qué enervante. Qué aburrido ¿no?

5-INDUSTRIA LIGERA. Bajo el genérico rótulo se agrupan tantos objetos familiares por décadas, casi amigos, ahora vetustas reliquias domésticas que cada día escasean más y ceden más terreno en nuestras casas a sus cromados, ultramodernos émulos capitalistas. Aquellos bombillos que duraban años derramando su luz amarillenta. Esas pilas secas que tan fácilmente se mojaban y sulfataban. Aquellos abridores que se oxidaban al primer mes, o perdían el filo, o se hacían pedacitos cuando se les pulverizaban los remaches que unían sus piezas... y los otros, de rosca y estilo pinza, cuyo funcionamiento exacto nadie comprendió jamás del todo. ¿Y qué decir de los juguetes rusos? Feos, toscos, con las uniones de plástico llenas de rebabas... en una palabra: bolos. Pero eran baratos, y cómo resolvían. Aquellas pistolas especiales y escudos, espadas y cascos de plástico rojo aguantaban bastante más que aquellos delicados, bellos y añorados básicos, no básicos y dirigidos made in Hong-Kong y made in Singapore, que conmocionaban a los fiñes una vez al año, por julio. Todavía algunos de aquellos artilugios eslavos a prueba de chamacos cubanos andan dando vueltas por ahí, entizados con esparadrapo o tape, pero en servicio activo tras haber divertido a tres generaciones...

6-PRODUCTOS ALIMENTICIOS. El solo empezar a acordarse da hambre. ¡Aquellos pomos de un tercio de litro de puré de manzana! Y el resto de las compotas de pera o ciruelas mostrando rozagantes y cachetudos bebitos eslavos en su etiqueta ¡cuántas infancias cubanas no endulzaron! ¡Y qué magnífico suplemento diétetico resultaban para los adolescentes! En el campismo o sobre todo en los 45 días de la escuela al campo, las primeras veces que el niño criado, mimado y bitongueado en su casa chocaba con el hambre pura y dura. O sea, con la sazón de fuego de leña del campamento, con el arroz militar (45) y los otros dos mosqueteros (46) Aquellas divinas, nunca bien ponderadas y baratas conservas de ropavieja o estofado de res: la antológica carne rusa, marca Slava (47), la de la vaquita... qué fácil se oxidaban las latas, qué pésima presentación. Qué magnífico su contenido, una vez que se le agregaba una buena salsa. Y la smetana, con su característico sabor entre yogurt y queso, tan llorada aún por nuestros gourmets caribeños.

Aquel vodka Stolichnaya y aquel coñac armenio baratísimo en todos los mercados, mosqueándose ante el ronero chovinismo de nuestros curdas. Aquella sabrosa sopa salianska que servían en el llorado restaurante Moscú de O entre Humboldt y 23, antes de que se quemara... Aquel espeso borsh a la marinera, hecho de yogurt y coles que a todos los que tuvimos un vecinito o una noviecita rusos nos tocó un día la hazaña de probar por primera vez... y sin hacer arqueadas. Tantos embajadores de la rica cocina eslava y el acervo gastronómico ruso que estuvieron presentes por décadas en nuestro repertorio culinario, aunque fuera como una opción marginal al criollísimo bistec de puerco con congrís y yuca con mojo y la garapiña heladita, tan guajira.

Los mismos cubanos que regresaban contando de la nieve en la Plaza Roja, del lujo increíble de las estaciones del Metro moscovita y de las bellas noches blancas de Leningrado (48), trajeron, además de cuentos y bellas eslavas embarazadas, todo un flamante concepto de decoración doméstica, junto con toneladas de souvenirs de la riquísima artesanía popular rusa. ¿Quién no tuvo o soñó tener en el aparador de su casa una matrioshka de veinte o más muñequitas? Algunos cubanos fueron más allá y cargaron a su regreso al terruño con titánicos samovares de cobre, con teteras eléctricas y juegos de té y todo. (49) Así, la costumbre de tomar la delicada infusión, que hasta el 59 fue inglesa y aristocrática, se popularizó entre nosotros, y luego se volvió patrimonio de artistas y bohemios tropicales trasnochadores.

Otros, considerando con astucia guajira la relación peso-espacio a cubrir, cargaron con enormes afiches del Kremlin y la policromada catedral de San Basilio (50) que aún hoy se aferran tercamente a algunas paredes habaneras, muy desteñidos por la sobredosis de luz de este implacable trópico. Y hubo otras mil chucherías rusas adornando las salas cubanas: desde cucharas campesinas talladas en madera y reproducciones de llaves de las murallas de ciudades medievales del Báltico, hasta la hoy ultrakitsch agenda con la musiquita de La Internacional que muestra henchido de orgullo el personaje de Pistolita interpretado por Enrique Molina, en Hacerse el sueco, la más reciente comedia de Daniel Díaz Torres (51)

En los cuartos de las casas cubanas las alfombras, unas de grueso fieltro industrial, y otras notables piezas de artesanía de los pueblos de Asia Central, resistieron largamente una pelea de mono a león con el polvo, el churre y el calor tropicales. Hubo cuernos lituanos para beber hidromiel junto con astas de ciervo y hasta de alce, y cabezas de jabalí para adornar la pared. Tiubeteikas tradicionales uzbekas se colgaron de nuestras sombrereras junto a la boina gallega y el yarey guajiro. Y cuántos gruesos abrigos enguatados y chaikas de piel peluda no permitieron y permiten aún a su orondo y nostálgico poseedor pasearse con la sensación de invulnerabilidad que da una escafandra cósmica en medio de nuestros más helados frentes fríos ¡Nada en comparación con los veintipico bajo cero de Moscú en diciembre! Sin contar con esas botas altas de mujer, interiormente forradas de cálida piel de cordero, verdaderas saunas de torturar pies en este clima, que enmohecieron en los escaparates caribeños mientras su dueña prefería gastar pares y pares de frescas chancletas metedeos, entretanto no había una salida de verdad...

Del resto de la ropa, mejor ni hablar. Los cubanos hemos tenido siempre una sensibilidad especial para detectar lo cheo. Y aquellos trajes rusos que parecían cortados a serrucho, y aquellos zapatos tan... bolos, sin duda alguna lo eran, y mucho,

De la cultura, más allá de libros, películas y dibujos animados (ver Apéndice II), aún quedaría mucho por decir. El circo soviético en su habitual sede de la Ciudad Deportiva alimentó los sueños y las risas de dos generaciones de fiñes con sus acróbatas, domadores, jinetes y payasos. La fiel claque balletómana del Gran Teatro de la Habana aún recuerda entre suspiros a la ingrávida Maya Plisétskaya al frente del Ballet del Teatro Bolshoi. Hasta nuestros más curtidos bailadores de guaguancó y columbia de solar fruncían el ceño admirados ante las corvas de hierro que permitían a los bailarines rusos dar aquellos saltos increíbles y alternar vertiginosamente las piernas a ras del suelo en sus danzas clásicas. Y si bien la supervedette soviética Ala Pugachova cantando Arlequino no convencía a muchos, todos nos sabíamos Katiuska, Noches de Moscú y hasta Ojos negros. Y los rockeros made in Patio de María aún podemos repetir los nombres de aquellos grupos rusos que escuchamos en cassettes mal grabados, contentos de que socialismo y heavy-metal no fueran siempre conceptos antagónicos: La Máquina del Tiempo, Café Negro, Nautilus Pompilius, Aria y Stas Tiomin, que hasta tocó en esta perdida islita... Lo mismo que los amantes de la música electroacústica espacial al estilo Jean Michel-Jarré no podremos olvidar nunca aquellos LPs de los lituanos Zodiac... ni muchos de los trovadores de la novísima generación el ronco y desgarrador estilo de aquel Visotsky botando el alma en cada guitarrazo crítico.

De la ayuda prestada a nuestro naciente deporte revolucionario por la URSS es poco todo lo que se diga. Disciplinas como el boxeo y la esgrima no serían la fuente sostenida de medallas que son hoy sin los técnicos entrenadores de la hermana nación. Como a nuestra economía: no tendríamos combinadas cañeras sin aquella primera fábrica de KTPs, ni sería lo mismo nuestra industria minera sin sus maquinarias, ni la textil, ni nuestros puertos, ni nuestra flota mercante y pesquera.

De pronto, cuando más inamovible parecía el coloso, demostró tener los pies de barro. No fue cosa de un día ni dos ni tres, pero fue. Murió el aparentemente eterno Brehznev, y tras los breves e inestables Andropov y Chernenko, llegó el fatídico 89. Y los aires de renovación traídos por Gorbachov (52) soplaron tan fuerte a través de las telarañas de la corrupción, la doble moral y la burocracia, que el castillo de naipes se derrumbó. Tras el Gorba-show cayó el Muro de Berlín... y todo lo demás, incluidos CAME y Pacto de Varsovia. Fue el llamado efecto dominó, al que Cuba sobrevivió contra todo pronóstico. (53) y Fukuyama vaticinó muy orondo el fin de la historia.

Luego, hemos estado demasiado atribulados tratando de resistir y de paso desarrollarnos como para preocuparnos mucho por los antiguos hermanos. Sin los millones de toneladas de petróleo que el coloso europeo nos suministraba a precios ridículos a cambio de nuestra zafra, sin piezas de repuesto, hubo que buscar alternativas económicas en China y otros países, ir tirando de donación humanitaria en donación humanitaria, comprar con los carísimos dólares en el mercado...

Muchos dejaron de entender lo que estaba pasando. Cambiaron mil cosas que parecían eternas. La Casa de la Amistad Cubano-soviética en Paseo y 17 pasó a ser simplemente Casa de la Amistad. El mundo, de la noche a la mañana, se volvió unipolar. Se acabó la guerra fría, y el Ejército Rojo empezó a ser licenciado masivamente mientras muchos se preocupaban por el destino de tantas armas y tanto misil con ojiva nuclear en medio de aquel río revuelto. Empezamos a ver muñequitos de Mickey y el Pato Donald como plato fuerte de la tanda infantil. La bandera y el escudo de la hoz y el martillo ya no estuvieron más. Se devaluó el rublo, el boyante programa espacial casi se paralizó, y primero la Unión de Repúblicas Independientes y luego Rusia y Bielorrusia se volvieron más lejanas e incomprensibles que nunca. Los asesores e ingenieros regresaban a su patria revuelta, con el ceño fruncido de preocupación, y algunos amigos agua tibia se fueron con su padre o su madre para no volver más o hacerlo solo esporádicamente. Como en una pesadilla, nos enteramos de que los esposos Rosenberg sí habían estado en la nómina de la KGB, oímos hablar de la naciente y ultraviolenta mafia rusa que ofrecía una ocupación rentable a los miles de comandos y spetnatz desmovilizados, vino primero Nagorny-Karabaj y luego Chechenia, guerras civiles en la antes indisoluble Unión, supimos de un McDonalds en la Plaza Roja, de la demolición de estatuas de Lenin, de una estatua de Frank Zappa en Vilnius, Lituania, de neomonárquicos vitoreando el regreso de los Romanov en Moscú, de anarquistas en Minsk y neonazis en Letonia. Era el mundo al revés, era el caos: vino Yeltsin, luego Putin...

Desde entonces ¡quién lo iba a decir! ya han pasado 12 años, y seguimos aquí. La historia se sigue haciendo, cada día. Y a la pregunta de ¿qué dejaron realmente los rusos en Cuba? solo es posible darle una única y contundente respuesta: Recuerdos. Buenos y malos... ¡pero cuántos!

Aunque, tal vez, algo más... cierta indefinible nostalgia de lo que fue y ya no es. En el momento en que escribo estas líneas un ciclo de cine soviético en el Riviera ve llenarse la sala de espectadores con caras de añoranza, y un amigo agua tibia me comunica, en ese tono de secreto que algunos no han podido cambiar desde la Guerra Fría, que la antigua sede diplomática soviética, hoy Embajada Rusa, está considerando seriamente ¡al fin! crear una Asociación de Rusos-Cubanos... o algo así...

Yo no hablo ni entiendo ruso. No puedo mostrar un Stepanov o un Vladimirov como sonoros patronímicos. Mi padre nació en Vázquez, provincia de Las Tunas y mi madre en Güines, La Habana, por tanto soy lo que se dice criollo y reyoyo... Pero me pregunto si me dejarán entrar... no siempre, sino alguna que otra vez, al menos como invitado, a las sesiones de esa futura Asociación de Aguas Tibias.

No sería necesario mucho para hacerme feliz. No aspiro ni a ríos de vodka ni a festines nostálgico-pantagruélicos con fuentes de carne rusa y ollas de borsh... Solo a que, cuando vayan a proyectar algunos muñequitos... como aquel El enigma del tercer planeta, de ciencia-ficción y con guión de Kir Bulichev, o Dobrinia Nikitich... algunas películas... como El hombre anfibio o Piratas del Siglo XX... algunos documentales... como aquellos inolvidables Quiero saberlo todo... me dejen sentarme quitecito en una esquinita, mirando la pantalla.

Y así, transportarme por unos momentos a la única tierra de la felicidad que de veras existe: los recuerdos, el pasado, la infancia... A ese pedacito de nuestra vida en que los rusos eran parte de la cotidianeidad, y parecía que nunca iban a dejar de serlo.

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Apéndice I: Konchalovsky hace rato que no monta en Lada.

El trovador Frank Delgado tal vez no pase a la historia de la música cubana como un sublime creador de metáforas ni un romántico bardo... pero en su condición de irónico cronista de finales de los 80 y todos los 90, resultará probablemente tan insoslayable en la sociología nacional como los Van Van en los 70 y tempranos 80. La siguiente letra prácticamente funciona como resumen de todo el artículo anterior. Y si hay algún error, es 100% de mi mala memoria...

Ya no podré leer más ningún un libro de esos

De Editorial Raduga, de Editorial Progreso

No podré disfrutar de aquellas Olimpíadas

Con los soviets ganando todas las medallas

No me volveré a emocionar con Siberíada

Konchalovsky hace rato que no monta en Lada

No podré ver más a aquel Tío Stiopa

De estatura increíble y tan horrible ropa

Mi Kahstanka y Negrita no me dejen sola

Serguei Bubka se venga, toma Coca-Cola

Con Salenko que juega en la Liga Española

Alguien a mí me preguntó si me había leído El Capital

Sí, pero a mí no me gustó, pues la heroína se muere al final

Así que no me traigan esa economía novelada

Que escribió el tal Carlos Marx

Hoy que ya los censores no pitchean bajito

Ya podemos burlarnos de sus muñequitos

Hoy que ya los ministros cambiaron las carteras

Podemos hablar de su industria ligera

Hoy que los komsomoles van pasando de todo

Abrázame, mi china y no me dejes solo

Hoy que solo del vodka queda la resaca

Yo me niego, mi amor, a cambiarme la casaca

Y aunque llevo en la frente el cuño del vencido

Y me acusan de muros que aún no se han caído

Puedo ser postmoderno y perder el sentido

Alguien a mí me preguntó si me había leído El Capital

Sí, pero a mí no me gustó, pues la heroína se muere al final

Así que no me traigan esas novelitas de tres tomos

Que escribió el tal Carlos Marx... que escribió el tal Carlos Marx.

Apéndice II: Pequeño inventario audiovisual de la nostalgia infantil en las pantallas.

Sin desdoro de la literatura, el ballet o la música, parece indudable que la más fuerte presencia de la cultura soviética contemporánea estuvo en nuestras salas cinematográficas y pequeñas pantallas hogareñas. Y también la mayor influencia en las jóvenes generaciones. Aunque algunos dibujos animados y filmes ya los fui mencionando en el cuerpo principal del trabajo, quiero ofrecer aquí una minilista comentada de otros 10 muñequitos memorables, dejando aparte series como las de Deja que te coja y la de Tío Fíodor, su gato, su perro y el cartero Fogón en Lechecortada.

Tal vez las producciones de los estudios Mosfilm y Sovexportfilm no tuvieran siempre la calidad de dibujo de las de Walt Disney y pecaran de didactismo barato y moralejas demasiado evidentes, pero resulta innegable que eran maestros en la animación con muñecos y que sus bandas sonoras eran simplemente extraordinarias. Todavía hoy, cuando nos reunimos algunos de los ya no tan jóvenes de mi generación, muchas veces acabamos jugando a identificar muñequitos tarareando sus temas musicales.

1-De cómo los cosacos salvaron a sus niñas. Deliciosa música... sobre todo el tema de los griegos y el de las arrasadas piratas. Ingenioso, divertido, un poco chovinista a favor de los cosacos, pero si se lo perdonan a Asterix el Galo... A posteriori, me he enterado que era solo uno de una serie de varios. Me gustaría casi tanto ver los otros como aquella famosa segunda parte de Voltus V.

2-Los músicos de Bremen: Una chispeante adaptación estilo años 60 de la fábula de los Grimm. ¿Se ha visto alguna vez mejor banda sonora en un animado? Las recuerdo todas y cada una. Yé, yeyé... y además, especial para los rockeros de corazón, aquellas guitarras eléctricas y pantalones campana de los personajes, ja.

3-Se puede y no se puede: Dibujo sencillo para una fábula moral algo sosita, pero deliciosa la caracterización del personaje negativo y autoritario y las escenitas del caos cuando todo lo prohibido de pronto se puede hacer. La música era de Arthur Gerswin, por cierto...

4-Ruedas desiguales: Típico dibujo ruso, detallado y preciosista, para otra fábula ahora sobre la división del trabajo. Inolvidable aquel oso, el tiíto Mijaíl malhumorado pero con corazón de vanguardia stajanovista, aquella urraca chismosa y el pequeño complejo fabril que establecen en medio del bosque el gallo, la liebre, la rana y la mosca.

5-Ladrones de miel (no estoy seguro de que se llamara así): Otra fábula, ahora en el mundo de los insectos, del fin que tienen todos los maleantes, vagos y amigos de la ganancia fácil... forman una pandilla para robar la colmena, pero son capturados y encerrados por toda la comunidad actuando unida. Su banda sonora, puro jazz, era... simplemente exquisita.

6-Corre, riachuelo: Conmovedor seguimiento de una corriente de agua desde su surgimiento después de las lluvias hasta que desemboca en el mar. Una divertida alegoría de cómo aprovechar las fuerzas de la naturaleza y protegerlas contra los aprovechadores y egoístas como el sapo y sus ranas, que quieren estancar al riachuelo en su pantano privado. Con música de Mozart, según recuerdo.

7-El caballito jorobadito. Largometraje de dibujos animados sobre el poema-fábula de Pushkin, con el dibujo tradicional ruso llevado a su más alta cota. Inolvidable el protagónico de Iván el tonto, pero también el rey gruñón y avaro, su retorcido y envidioso chambelán... y muy cómica la canción de los bañeros, a pesar de ser doblada la versión que conocemos.

8-El puerco hucha. O el cochinito alcancía, sin tanto arcaísmo ibérico. La avaricia del cerdo que lo lleva hasta la autodestrucción y la colaboración de los animales para que el elefante suba hasta el alféizar de la ventana con magníficos fondos musicales.

9-Pepinillo. Uno de muñecos, no de dibujos. Un vegetal adolescente que se va a recorrer el mundo. Pegajosa la canción del pepinillo y gracioso su miedo al ratoncillo roedor de hortalizas.

10-El Neptuno. (puede que tampoco fuese ese el verdadero título) Tres pioneros salen a buscar tesoros para ayudar a Bamba, el niño de un pobre país africano, encuentran al ingenio de exploración submarina Neptuno y a bordo de él eluden la obstinada persecución de un torpedo magnético nazi. Deliciosa la manera de caminar de los tres pequeños héroes y la escena de los profesores fumando, escribiendo y asombrándose ante los especímenes marinos capturados.

NOTAS (¿demasiadas?)

1-Montados en la máquina del tiempo y la nostalgia, vale la pena puntualizar que no solo a la URSS acudieron a superarse los cubanos, y no solo de allá vinieron los hermanos del CAME y los productos comestibles e industriales, los dibujos animados y otras formas de cultura. ¿Recuerdan las ventas de discos LP de música clásica en la Casa de Cultura Checoslovaca de 23 y O, que hoy es Centro de Prensa Internacional? ¿Los dibujos animados de Aladar Mészga, de Lolek y Bolek, Mati el guardador de gansos, Juan el Paladín y tantos otros? ¿Las latas de Mesa Eslava? ¿Las rosas y los jugos de frutas búlgaros y las sopas polacas de paqueticos? ¿Los ciclos de cine polaco en la Cinemateca, que entonces todavía no era el Chaplin? ¿El excelente musical televisivo alemán Ein Kessel Buntes? ¿La peliculaza histórica de Serge Nicolaescu (sí, el mismo famoso comisario solo...) Los dacios? Tantas cosas... Pero el solo considerar superficialmente las diferencias entre las respectivas versiones de socialismo de Rumania, Checoslovaquia, Yugoslavia, Alemania Democrática, Hungría, Bulgaria, etc, y las influencias y experiencias de los cubanos en y con cada uno, llevaría tanto tiempo y extensión como hacer la historia de la Revolución. Quién sabe si más. Y entonces este trabajo debería titularse en propiedad Lo que dejó la Europa del Este Socialista. Así que, por simplificar las cosas, consideraremos aquí solo las relaciones cubanas con la URSS.

2-Bueno, un poco retocadita por mí para la posteridad, lo confieso.

3-Todo parece indicar que esa reciente tendencia de los cubanos a comportarnos como invitados miserables en nuestra propia tierra va a convertirse en un rasgo más de nuestra idiosincrasia... al menos mientras dure el período especial.

4- O, más bien, en tremenda discusión, como suele ser cualquier intercambio de opiniones no idénticas entre latinoamericanos.

5- Cualquiera de afuera. Extranjero, vaya...

6- Si es que hay algo así, y que me perdone Papá Jung por mi escepticismo.

7- Y, francamente, creo que la mayoría de las veces con razón.

8- O al menos eso creíamos entonces...

9- Luego Tamayo fue a la Saliut 6 gracias al programa INTERCOSMOS, y empezó a construirse nuestra atomoeléctrica de Juraguá... aún inconclusa, tal vez afortunadamente... ¿recuerdan Chernobil? Si alguno lo ha olvidado, vuelva a pasar frente a Tarará...

10-¿O eran los economistas?

11- Tanques que ya eran veteranos de la II Guerra Mundial, pero llegaron aquí como el último grito de la técnica ¿se acuerdan los más viejos?

12- Porque en aquel entonces todavía se habría armado la rebambaramba si los yanquis llegan a estar seguros de que los rusos nos estaban ayudando. Recuerden la explosión de La Coubre, y ese era un barco belga, como quien dice del mismo bando de los malos...

13- Y parece que no nos gustó nadita-nadita la experiencia... ¿Alguien recuerda todavía aquella conguita de: Nikita, mariquita, lo que se da no se quita cuando volvieron a llevarse los dichosos cohetes para la URSS?

14- Si es que tal cosa es posible para un pueblo como este, cuyo lema debería ser ¡modestia, apártate! O tal vez el ombligo del mundo es el nuestro. Ya al segundo trago de ron, todos nos ufanamos (y muy en serio) de ser la espina clavada en el costado que les quita a todos el sueño en el imperio yanqui... cuando probablemente, aún hoy muchos norteamericanos ni siquiera saben situar a Cuba en el mapa.

15- Por lo visto, a alguien sí le molestó recordar aquello... o le pareció que el tal monumento podría ser un signo de prepotencia mal interpretado por el otro lado en las negociaciones migratorias del 94.

16-Aunque por cierto insignificante, comparativamente hablando, en relación con la mole de cemento de la embajada de Quinta Avenida y 60, con su altiva torre a la que muchos llaman el Mazinger por su curioso e innegable aspecto robótico.

17- Puede que a muchos todavía les duela el término copia mecánica... pero así mismitico fue. Y podría ser todavía más irónico: ¿qué tal copia al carbón? Hasta con implicaciones racistas y todo, vaya.

18-Sobre todo si la ajena es rubia de pelo lacio y la nuestra trigueña y con pasitas.

19- Y descontando al vilipendiado maoísmo, ese era el único estilo de socialismo que parecía posible entonces aquí.

20-No soy historiador, ideólogo, politólogo ni aspiro a serlo, pero imagino fuese una jugada de supervivencia, táctico-adaptativa, ese acercamiento ideológico al socio poderoso de Moscú por parte de una revolución que se inauguró sin mencionar ni de pasada la palabra comunismo, con la que todavía en el 59 asustaban las madres pequeño-burguesas a sus hijos cuando dejaba de funcionar el coco.

21- Viene de KOMINTERN, Internacional comunista.

22- Demasiada estabilidad y demasiado falsa, como mostró al final la historia... con una pequeña ayuda de Gorbachov.

23- Que, siguiendo la pauta sentada por los EE.UU. desde la guerra de Corea, oficialmente no estuvieron aquí nunca, o al menos, no tantos ni con tanto equipo de combate como en realidad parece que ocurrió.

24- Y de normas de depilación femenina, que también cuentan algo.

25- Estraperlo, arcaico término hispano para lo que los cubanos llamamos sin tanta solemnidad bolsa negra.

26- Entiéndase bien que salvando las distancias... siempre comparativamente a como vivían en la URSS.

27- Hasta el punto de que todavía hoy muchos llaman así a las zonas de Alamar oficialmente conocidas como Micro X.

28- A diferencia del hermetismo cultural de otras hermanas naciones socialistas, como por ejemplo, Corea del Norte. ¿Algún cubanito pudo alguna vez ser novio de una de esas coreanas bellas como muñecas sin enfrentar luego la ira de medio pelotón de sus pequeñajos y marciales pateadores coterráneos?

29-El que la mujer debe ir a donde viva el marido parece ser uno de los escasos puntos en común entre las versiones eslava y caribeña del machismo-leninismo. Y si alguien ha olvidado este singular mestizaje o cree que no fue para tanto, solo tiene que leer el excelente y multipremiado cuento Clemencia bajo el sol de la escritora Adelaida Fernández de Juan, adaptado a monólogo por la actriz Asseneth Rodríguez. O El tartamudo y la rusa del cubano residente en México José Manuel Prieto, parte de toda una epopeya novelada del autor sobre su experiencia soviética como estudiante. O algunos de los cuentos del libro Bad painting Premio David de Anna Lidia Vega, medio rusa ella misma. O, si busca referentes del otro lado, las novelas Las palabras perdidas y Siberiada de Jesús Díaz, publicadas allá.

30- Hablo del trovador, no del boxeador que siembre sonaba a nuestro Stevenson.

31-Algunos nunca pasamos por ahí, sino por el inglés. Ahora, sinceramente, lamento algo no haber profundizado más allá de los epidérmicos tovarisch, rebiata, rabota, jarachó, puñimañen, da, niev, pachimú, dasvidania... entonces, librarme de todo aquello me pareció un don del cielo.

32-Hasta que supimos de la tragedia de desarraigo de aquellos traductores: eran los niños de la Guerra Civil Española, los huérfanos hechos por las balas y bayonetas de Franco que se refugiaron bajo el ala de Moscú, y sus descendientes, para los que el español no evolucionó... y tampoco tenían la menor idea de cómo lo hablábamos aquí.

33- ¡Qué grande fue mi decepción, a los 11 años, cuando descubrí que mi Biblia infantil de divulgación científico-técnica -de la que aún conservo cientos de ejemplares metódicamente ordenados- era solo la versión soviética del populachero y yankísimo Selecciones del Reader’s Digest!

34- Que publicaba en sus páginas centrales montones de dibujos animados en forma de historieta.

35-Lo de los Juegos Olímpicos Moscú 80 fue otra historia bien complicada... cuando los países capitalistas se negaron a asistir, nos dijeron que era por envidia a la primera –y hasta ahora única- Olimpíada socialista... pero no nos enteramos de la agresión soviética a Afganistán ese mismo año, que desencadenó el boicot, hasta unos cuantos veranos después. Ah, información, quien te controla domina el mundo...

36-No fue hasta mucho después, cuando Gorbachov popularizó otras dos palabras en ruso, Glasnot y Perestroika, que Novedades de Moscú empezó a ser perseguida por los nacientes aspirantes a librepensadores del patio... hasta que la prohibieron de raíz.

37- Aunque la música y las modas sí entraban... con gran dolor y resistencia por parte de los defensores de la pureza ideológica de nuestra juventud ¿Se acuerdan de los Boney M, los pantalones campana y el espendrún?

38-Salvo para aquellos privilegiados hijitos de papá cuyos esforzados progenitores viajaban a los países malos donde se hacían las cosas buenas, y que ya le rezaban a los dioses Sony, Sanyo, Philips, Panasonic, TDK, etc... Siempre han habido diferencias.

39-Lo que permite suponer que lo que los rusos tal vez no sabían hacer bien eran piezas de repuesto... tarea en la que son superexpertos, como todos sabemos, los mecánicos criollos en sus sofisticados chinchalitos.

40- Lo mismo que las Jawa, MZ, Júpiter, Benjovinas... rusas o no.

41- Y eternamente religiosa: sus vuelos han salido y saldrán siempre a tiempo... si Dios quiere.

42- Fusilado al descaro del Concorde anglo-francés, dicen las malas lenguas de ciertos competentes ingenieros aeronáuticos de esquina.

43- Sobre todo después de que la inventiva criolla les amputara las muy pronto inservibles centrífugas.

44-Y de paso nos sirvieron a tantos aprendices de machitos tropicales para mostrarles a los socios de la cuadra que los teníamos bien puestos parando a mano limpia el giro de sus terribles hélices mutiladoras... hechas de plástico flexible.

45- Así llamado porque venía en pelotones.

46- Que no eran Athos, Portos y Aramis, sino arroz, chícharo y huevos, por si algún cubano lo olvidó... que no creo, pero, por si acaso.

47- Sí, Slava como los despertadores, pero no sabía igual, pese a lo que digan algunos ingratos...

48- Ciudad nominalmente muy trajinada que ahora vuelve a ser San Petersburgo después de ser también Petrogrado.

49- Máximo Gómez decía que no llegamos o nos pasamos... ¡y con tanta razón...!

50- Y los más fanáticos, hasta del Mausoleo de Lenin.

51-Mi teoría al respecto es que el tal gadget salió del cuarto trastero de la casa del mismísimo guionista del filme, mi socio Eduardo Del Llano Rodríguez... humorista desde tan chiquitico que hasta se las arregló para nacer en Moscú. Y si no, que me desmienta.

52- A pesar del golpazo militar de la KGB y la reacción.

53- Aunque con los tambaleos desequilibradores del durísimo Período Especial... quizás por ser la ficha más lejana de la hilera.

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JMS/ Yoss en Efory Atocha, Aquí
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Imagen tomada de la Web.
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miércoles, 29 de junio de 2011

La cubana: ¿una cocina de espaldas al mar?

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La cubana: ¿una cocina de espaldas al mar?
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-Por José Miguel Sánchez/ Yoss
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Paseando a cualquier hora por el malecón, pero sobre todo de noche, llama no poco la atención el que la inmensa mayoría de los cubanos que se sientan en el muro lo hacen de espaldas a las aguas del Caribe.

Esta podría ser una magnífica metáfora de la contradictoria actitud de los cubanos hacia el mar. Vemos mayormente el océano como una frontera insalvable, un elemento hostil y limitador, casi nunca una rápida vía de comunicación y fuente de ilimitadas riquezas como fue y aún hoy es para tantos pueblos costeros. “La maldita circunstancia del agua por todas partes” que señalara Virgilio Piñera en su inmortal poema La isla en peso, junto con los balseros y otros curiosos avatares de la política migratoria Cuba-EUA, han hecho que para nosotros el océano sea solo una especie de salida de emergencia, último albur que únicamente enfrentan los desesperados, ruleta rusa salada, vía de escape peligrosa, versión húmeda e intemporal de lo que fuera el Muro de Berlín para los alemanes del Este… e incluso, tristemente, cementerio sin cruces para los menos afortunados de estos.

El paradójico resultado es que, aunque rindamos reverente culto a la azul Yemayá, orisha de la aguas, y aunque de maderas cubanas se hizo buena parte de la flota colonial hispana, somos un pueblo insular que, salvo el pirata mulato Diego Grillo y otros pocos navegantes, excepciones que confirman la regla, rechaza el mar abierto… porque la playa es otra cosa, claro.

Parece por tanto casi lógico que, rodeados de agua por todas partes, los cubanos también rechacemos o al menos desconfiemos bastante de una de sus más preciadas dádivas: sus productos alimenticios.

Porque la cocina cubana o criolla, sin poder aspirar a las alturas y sofisticación de las grandes tradiciones gastronómicas como la china, la italiana o la mexicana, se centra sobre todo en productos de la tierra, dejando mayormente de lado a pescados y mariscos.

Esto resulta especialmente curioso si consideramos que nuestra población original, los indocubanos de origen arahuaco que encontraron las carabelas de Colón, daban a los productos de la pesca un lugar privilegiado en su dieta. Sobre todo los siboneyes, que en su condición de cazadores-recolectores en el estadío preagroalfarero, no tenían ni siquiera el recurso del cultivo de la yuca y otras viandas que constituían el eje de la alimentación de los culturalmente algo más avanzados taínos.

Según los cronistas de Indias, nuestros aborígenes conocían y empleaban muchas y variadas artes de pesca en agua dulce o salada: desde los tradicionales arpones, garfios, anzuelos y redes de cerco o “atarrayas” (redondas y arrojadizas) hasta ingeniosos trucos como el del guaicán o pez pega, animal de la familia de las rémoras con una recia ventosa en su cabeza, que era capturado y luego liberado tras ser atado a una cuerda, de modo que cuando se fijaba estrechamente al cuerpo de presas mayores y más sabrosas estas pudieran ser así cobradas por los astutos pescadores ¿primitivos? Que no desdeñaban tampoco el pescado de sus ríos y lagunas, cebarse con las caguamas, careyes y otras tortugas marinas, capturar los hoy casi desaparecidos manatíes y focas monjas antillanas, ni colectar cangrejos, langostas, jaibas y otros crustáceos, y también una amplia variedad de moluscos marinos, costeros o no, como la sigua o el cobo.

Para los siboneyes este último llegó incluso a constituir casi el centro de su cultura, pues además de comerlo, con su recia concha construían toda clase de utensilios, como picos de mano, gumias u hojas cortantes y guamos o bocinas de aviso.

Aún hoy en algunos lugares de la región Oriental, sobre todo en Baracoa, zona en la que mayores rastros culturales y genéticos dejó la extinta población indocubana, se puede disfrutar del bistec de cobo o del cobo enchilado… deliciosos y nutritivos platos de clara raigambre aborigen, aunque la larga cocción que necesitan las carnes de molusco vuelva trabajosa su confección.

Por su parte, si bien muchos de los peninsulares embarcados en las primeras expediciones de descubrimiento y conquista habían sido reclutados en el seno de comunidades tradicionalmente ligadas a la pesca, como la gallega o la vasca, que aún hoy explotan hábilmente los recursos del frío Cantábrico, resulta perfectamente comprensible que, tras largos meses de viaje comiendo las provisiones estibadas en la sentina de sus naves, buena parte pescado salado o ahumado, no fuese precisamente más pescado, por fresco que estuviera, lo que más apetecieran comer.

Y más teniendo en cuenta que, entre las muchas deliciosas especies que podían reconocer o no, las aguas del Caribe ocultaban y ocultan también terribles sorpresas, como los venenosos rascacios y la peligrosa ciguatera, enfermedad que es aún hoy el terror de todos los consumidores de pescado en estas latitudes como mismo lo es el anisaki para los japoneses comedores de sushi, con el agravante de que si de dicho parásito es posible librarse cocinando el pescado, de la ciguatera no.

El pez ciguato no siempre parece herido, golpeado o débil, ni el contacto de su carne ennegrece una cuchara de plata, como insiste el saber popular. A veces ni siquiera el supuestamente infalible recurso de darlo de comer al gato para ver si lo vomita funciona… ¡y es tan difícil resistirse a la tentación de una buena rueda de picúa o barracuda (Spiraena barracuda) frita! Incluso sabiendo que, junto al también delicioso coronado, este pez depredador es uno de los más frecuentemente afectados por el peligroso mal, cuyas toxinas causan a su afectados temblores, vómitos, pérdida del cabello y en ocasiones incluso graves daños neuromusculares más o menos permanentes.

Basta con analizar uno que puede ser considerado nuestro plato nacional con tanto derecho como el ajiaco: arroz congrís con carne de puerco y tostones, para darse cuenta de que, salvo los frijoles, todos los restantes ingredientes provienen de otras tierras: el arroz y el cerdo de Eurasia, el plátano de África…

Si querían consumir proteína animal, a los colonizadores de Cuba, cuya fauna aborigen es tan pobre en mamíferos comestibles que solo esas especies de “ratas gigantes,” las jutías conga y carabalí, salvan la honrilla de los gastrónomos autóctonos, no les quedó más remedio que importar los ganados del Viejo Mundo: vacas, carneros, cerdos, caballos, cabras, conejos, etc… que todavía hoy son la piedra angular de nuestra cocina. Incluso, como por lo visto no bastaba con los cerdos vueltos cimarrones para satisfacer todas las ansias cinegéticas, se trajeron otros animales de caza, como el agutí y el venado o ciervo de Virginia o de cola blanca… y aves como el faisán, que se aclimataron rápidamente. Hasta camellos y llamas para trabajar en las minas de Pinar del Río trataron de introducirse, aunque sin éxito… gastronómico o no.

Durante toda la colonia los poderosos y pudientes peninsulares o criollos disfrutaban encantados de los casteros, pargos y chernas asados, las finas carnes de tortuga y las langostas, camarones y cangrejos… cada vez que algún pescador solitario lograba capturarlos, porque no existía ni remotamente una infraestructura de pesca en gran escala organizada para abastecer a la población, ni, por supuesto, tampoco mecanismos que pudieran garantizar su conservación durante cierto tiempo. La refrigeración estaba por inventarse, así que el pez que no se consumía en el acto debía salarse… lo que pocas veces se hacía, ya que apenas si había mercado para tal producto autóctono: de Europa y Norteamérica llegaban grandes cantidades de bacalao salado capturado en el Cantábrico y cerca de Terranova, barato y fácil de preparar.

Todavía muchos recuerdan aquellas voluminosas pencas de bacalao, o el castizo platillo de bacalao a la vízcaína… comida nutritiva y barata, pero de pobres, hasta el punto de que para definir tiempos de penuria económico se les llamaba “de bacalao con pan” frase que el mundialmente famoso grupo Irakere inmortalizara luego en una famosa pieza musical.

Incluso en la alimentación de los esclavos el pescado, que tan barato debía ser en una isla, estaba casi por completo ausente. Tasajo, maíz y frijoles eran sus platos habituales, a los que se sumaban los animales de corral y frutos de los conucos o pequeños sembrados que a algunos de los más viejos y confiables les permitían poseer los amos. No se estimulaba que los esclavos se acercaran al mar para pescar… lógico; podían huir a nado o en balsas, o ser capturados por los piratas o contrabandistas, con lo que el amo perdería su valiosa propiedad. De nuevo la maldita circunstancia del agua por todas partes…

La pesca en pequeña escala, prácticamente de subsistencia, desde el litoral o con embarcaciones de pequeño calado que no se alejaban mucho de la costa, fue la norma en Cuba durante la mayor parte de su historia. Solo en el siglo XX algunas empresas privadas comenzaron a aprovechar los ricos recursos del Caribe. Y curiosamente, no fueron el pargo, la cherna, la langosta ni el camarón las especies más codiciadas al principio, sino los tiburones.

Muchos recuerdan todavía la época de prosperidad de la tiburonera de Cojímar, donde escualos de toda clase eran procesados para aprovechar su piel y sus enormes hígados, cuyo aceite, junto al de bacalao, fue por largos años la fuente natural más barata de vitamina A, tan importante para la salud de las tropas en tiempos de guerra. Y por otro lado, la creciente inmigración china apreciaba como un selecto bocado de gourmet la sopa de aletas de selacio, cuya pesca privada llegó a estar prohibida por la ley, conflicto magistralmente reflejado en el cuento de Enrique Serpa Aletas de tiburón.

Claro que no solo las aletas se aprovechan del tiburón. Despojado de su hígado, del que por su alto contenido de amoníaco se dice popularmente que huele y sabe “a meados”, y a veces remojado en leche, un filete de cazón (o de cabeza de batea, o jaquetón de ley, todas sus especies dan casi lo mismo) es plato muy apreciado por los hombres del mar… y también por muchos que aunque no lo son, logran pasar por encima de sus prejuicios gastronómicos.

Solo unas pocas localidades costeras cubanas, en íntima relación geográfica con el mar, llegaron a desarrollar platos típicos de pescado. Cárdenas no es tan solo famosa por sus bicicletas o por ser la ciudad donde por primera vez ondeó nuestra enseña nacional, sino también por su cangrejo moro, un crustáceo que se interna grandes distancias tierra adentro hasta que regresa al mar para su reproducción, ocasión en que son capturados en grandes cantidades y hay verdaderas fiestas donde el enchilado de este crustáceo es plato fuerte. Y la estatua de un cangrejo gigante a la entrada de la localidad recuerda esto a pobladores y visitantes.

Caibarién tiene su salsa de perro, especie de denso caldo de varias especies de pescado fuertemente condimentadas, muy emparentado con un alimento similar que consumían gustosamente con pan nada menos que ¡los romanos!, y también con la celebérrima bullabesa de Marsella que tiene versiones muy similares en todo el Mediterráneo.

Después de 1959, la Industria Pesquera cubana se desarrolló a pasos agigantados. Tras los primeros pequeños pesqueros ferrocementos, como los Sigmas y Lambdas, se adquirieron o fabricaron en astilleros nacionales grandes barcos de captura y procesamiento, y tripulaciones cubanas de pesca de altura faenaron durante años en los bancos de bacalao del Atlántico Norte, frente a Terranova, o en los de merluza y jurel frente al Perú y las pesquerías de atún y bonito del Japón, introduciendo de manera decisiva el pescado en la dieta del cubano, hasta el punto de que todavía hoy en la Libreta de Abastecimientos y en la dieta de toda familia ocupa un sitio destacado… aunque en los últimos tiempos los problemas del bloqueo o embargo, como se le quiera llamar, y la ley internacional que extiende a 200 millas las zonas pesqueras nacionales hayan causado que a menudo se oferte a la población pollo por pescado. Si bien, a modo de compensación, muchas pescaderías con amplias ofertas en moneda nacional han abierto sus puertas al cubano amante de estos productos, y a precios altos, pero relativamente asequibles.

Así llamado en honor del célebre Premio Nobel de Literatura y autor de esa epopeya del hombre frente a la naturaleza que es El viejo y el mar, el Torneo Internacional de Pesca de la Aguja Ernest Hemingway, único en su tipo en nuestro país y uno de los más prestigiosos del mundo en su clase, jugó también un papel importante en la familiarización del pueblo cubano con las agujas, casteros, peces espadas y dorados, que se cuentan entre las más finas especies comestibles del mar.

La exquisita langosta, apodada con justicia “Reina del Caribe”, queda reservada mayormente para la exportación y la venta en los restaurantes del área de divisa. Los restaurantes particulares no pueden ofertarla: aunque fuertemente explotada, para el particular la especie está en algo así como en veda permanente, pues sus altos precios la vuelven prohibitiva para el ciudadano medio. Y cuando logra conseguirla para prepararla en casa, no se atreve a arriesgarla en ninguno de esa amplia diversidad de platos que han cimentado la fama de chefs cubanos como Gilberto Smith, internacionalmente célebre por su receta de “Langosta al café” sino que suele optar por la segura pero siempre deliciosa langosta a la mayonesa… aunque generalmente hervida durante muchos más minutos de los que aconsejaría cualquier cocinero.

Quizás debido a su fama afrodisíaca, los ostiones con sal y picante también son consumidos con deleite, sobre todo por el público masculino. Todavía hoy pueden comprarse en varias esquinas de La Habana y otras ciudades. Mientras que exquisiteces exóticas como los erizos y las holoturias o pepinos de mar son rara vez degustados, salvo por los más audaces o el creciente turismo asiático. En cuanto a otros moluscos, como la sigua, su pequeño tamaño hace que sea preciso colectar tantos para hacer una ración que su explotación a escala comercial no es ni remotamente rentable.

Aunque la Isla de la Juventud soportó una pequeña inmigración japonesa, el sushi definitivamente no entró a formar parte de la tradición gastronómica cubana. El pescado crudo, cuando más, es consumido en forma de ceviche, que por desgracia tampoco tiene en nuestra cocina el lugar preponderante que ocupa, por ejemplo, en la de otro país latinoamericano andino, pero tan ligado al mar y la pesca como es el Perú.

Por último, cabe mencionar también a la acuicultura, que centrada en especies de agua dulce como la tilapia, la carpa, la tenca y el pez gato, desde la década de los 80 ofreció a la población un notable suplemento proteico obtenido con gran baratura y rusticidad, aunque por su supuesta insipidez o “sabor a tierra” estos peces dulceacuícolas nunca llegaron a gozar ni siquiera del ya bastante limitado favor culinario con que se acoge a sus parientes de agua salada.

Así, pese a la frecuencia conque en nuestra mesa llegaron a aparecer los productos del mar, el cubano medio aún considera el pescado como una especie de última carta de la baraja en cuestiones de proteína animal. Conservas como las sardinas y los tronchos de jurel en tomate envasadas en Venezuela constituyen en la actualidad sobre todo la salvación del ama de casa sin recursos ni deseos de pasar mucho trabajo. Y si bien un pargo asado sigue siendo una opción codiciada, la verdad es que, como reza un chiste popular, de los animales de mar, el cubano siga prefiriendo al cerdo.

Quizás, junto a las dificultades de su preparación, también influya en esta suspicacia con que se acoge a pescados y mariscos la relativa insipidez intrínseca de algunas de sus carnes, que necesitan de variadas y abundantes especias y condimentos para llegar a ser sabrosos platillos. Y la cocina cubana, más allá del casi omnipresente sofrito, no se distingue precisamente por la diversidad de su sazón… comprensible, por otra parte, considerando la pobreza de la oferta disponible en los mercados, tanto en cups como en cucs, de estos productos tan necesarios para el cocinero imaginativo.

Los cubanos se siguen asombrando cuando al leer el menú de un restaurante, descubren que los precios de los platos con pescado suelen superar los de cualquier otro. Y más todavía cuando aún así los turistas lo solicitan, encantados.

El creciente consumo de pescado y frutos del mar es una clara tendencia internacional en estos tiempos en los que el humano normal se preocupa cada vez más no solo por cuánto, sino por qué y cómo come. Los dietistas los alaban unánimente por su menor contenido en colesterol, grasas metabólicamente nocivas y radicales libres, a la vez que lo consideran una de las más sanas y seguras fuentes de vitaminas, yodo y otros microelementos beneficiosos. Se trataría entonces de la única fuente animal de proteína cuya relación costo-virtudes le confiere posibilidades reales de resistir en el futuro la creciente competencia de vegetales tan versátiles como la soya.

En resumidas cuentas, grillet o a la plancha, al horno o a la barbacoa, en ceviche o enchilado, los cubanos seguimos comiendo pescados y mariscos… en cantidades relativamente pequeñas para una población insular, eso sí. Pero, basta con regresar de noche al malecón, y observar la gran cantidad de pescadores con vara o carrete que se alternan con las parejas y trasnochadores sentados sobre el muro, para llenarse de esperanzas respecto al papel preponderante que estos alimentos están llamados a jugar en la dieta futura de nuestro país.

Puede que algunos de esos noctámbulos con anzuelos estén allí por el entretenimiento y las posibilidades de meditación, pero la inmensa mayoría de los pescadores de orilla están allí por la posibilidad más o menos real, de enriquecer el menú familiar con proteína saludable y deliciosa… o al menos enriquecer el bolsillo o mejorar la siempre crítica situación familiar vendiendo sus capturas, que casi siempre encuentran ansiosos compradores, pese a los riesgos de consumir peces capturados tan cerca de la costa y los vertidos de aguas servidas de la ciudad, repletos de bacterias potencialmente peligrosas.

El gusto y el deseo, entonces, existen y se mantienen… y el reto está planteado para los planificadores pesqueros y chefs cubanos del futuro: no solo garantizar un mayor y más barato acceso de nuestra población a pescados y mariscos de todo tipo, sino también, con recetas creativas y fáciles de preparar, volverlos cada día más atractivos para sus posibles consumidores, cubanos o extranjeros.

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JMS/Yoss en Efory Atocha, Aquí
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Imagen obra de AP tomada de la Web
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