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Tres poemas (inéditos) de Margarita Vélez Verbel
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Otras colaboraciones de MVVerbel en Efory Atocha, Aquí.
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Imagen tomada de la Web.
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Como siempre dos, y hasta tres veces por semana, a esta misma hora, me baño y me visto delante de mi mujer y, mientras ella se desviste para meterse en la cama, termino de ponerme coqueto esperando que me pregunte a mis espaldas que a dónde voy
- ¿sales hoy de nuevo?
Voy a ver a un amigo, le digo entonces, y me dejo dar algunos manotazos de rabia que ella me lanza a la cara antes de soltarme; yo sé dónde vas, le escucho decir
- sé quien es, se llama Carla
Cierro la puerta de la casa pidiéndole que no me espere porque llegaré tarde. La veo apoyada en el borde de la puerta del cuarto, con su cara de responso atragantado, viéndome salir, y me voy apurado por el pasillo hasta salir del edificio. Afuera, miro hacia la ventana de nuestro apartamento, en la primera planta, con la cara de mi mujer que me sigue con la vista. Avanzo por la acera a pasos cortos como si estuviese huyendo de su reproche que me escolta desde lejos asomado a la ventana. Lo hago bien, no me detengo hasta llegar a la costa que se encuentra a solo doscientos metros de allí, y sentarme frente al mar
- Vengo hasta aquí para pensar un rato, los jueves y los viernes, para tomar el aire fresco
Ella sabe perfectamente que “Carla” no existe, como yo, cuando la veo salir maquillada por la tarde, en su caso los sábados y los lunes, y regresar a altas horas de la noche con una prudencia que se desplaza en la penumbra y que le da un tono de deseo furtivo a todo lo que toca. A esas horas se mueve como si creyera que duermo
- has vuelto a verlo, le digo, a Donato
Después le doy uno o dos golpes, en la cara, si la alcanzo, algún sopapo en la nuca con la palma abierta. Sé perfectamente que viene aquí, también a la costa. Debe sentarse no muy lejos, probablemente del otro lado, para evitar el viento que algunas semanas de verano se arremolina en este sitio, pero le digo que acaba de verse con Donato. Con Donato Sena, le digo, aunque no exista nadie. Ambos sabemos que venimos dos veces por semana para estar por unas horas aquí, a solo doscientos metros de ese hogar donde sería imposible tolerarnos sin esta fábula picante que hemos encontrado para enfrentar el tedio que gana terreno por doquier.
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Cuenta Lezama Lima en sus diarios que ante los sarcasmos de Juan Ramón Jiménez (entonces en La Habana) sobre José Bergamín, él salía en su defensa con el siguiente repertorio argumental: “pero Unamuno, las incorrecciones necesarias, las repeticiones de palabras de Claudel, la perforación filológica de los vocablos, y luego otra vez Unamuno”. Ante las malignas insistencias de Juan Ramón, el poeta cubano apuntaba: “No lo contradigo, pero sigo pensando que Bergamín es un grandísimo escritor”.
Comparto el entusiasmo de Lezama: Bergamín (1895-1983) es uno de los grandes de la lengua. Cosa nada banal, si se piensa un poco. Pero Bergamín es también un maestro del disparate creador, y ésas ya son palabras mayores. Si no me creen a mí, pregúntenle a Savater. Si no le creen a Savater (y es mala señal), pregúntenle a Vila-Matas, tan anti-Bergamín en todo, salvo en la gracia.
Qué gracia la de Bergamín: junta de pensamiento y poesía más disparate. Pedro Salinas, que lo quiso bien, llegó a referirse a su “esquelético chiste metafísico”. Y es eso: casi todos sus temas (el arte, el amor, la muerte, España, los toros, la política) son esenciales o trágicos o metafísicos. Como quien dice, eternos. Su estilo es una mezcla justísima de metáforas y humor. Es ese estilo afilado y jugoso el que perfora (burla, trastoca, reinventa) los vocablos, en su caso tan vastos como íntimos. Nadie lo retrata mejor que su propio aforismo, en sabrosa parodia orteguiana: “Yo soy yo y mi sombra y mi esqueleto. Tres personas distintas y un solo fantasma verdadero”.
En una época en que la principal fantasía literaria es la obesidad, exalta leer a este flaco vocacional de sonrisa —a veces carcajada— barroca. Sus libros (en el 2004 Siruela editó en un solo volumen La importancia del demonio y La decadencia del analfabetismo) no son de vitrina ni de salón, tampoco de aula de clases: más bien parecen esos zorros algo contemplativos que se esconden entre volúmenes tan necesarios como aves de corral. No extraña que Lezama, gordo y alado, ejerciera de abogado literario a su favor.
En confianza, nada cuesta abordarlo como a un Cioran enmascarado de devoto. Una diferencia: Cioran es un demoledor de ilusiones, Bergamín fue un estrujador de las grandes palabras. La mayoría de las veces, les sacó jugos. Otras, es cierto, se dejó hipnotizar por ellas. Bergamín fue tan vivo y radical en su fe como en sus opiniones políticas. Tal vez la poetización de la política, en su caso siempre maniquea pero no por ello menos irónica, lo llevó a derroteros sin salida, a equivocados y dolorosos disparates. Uno, que tiende a pensar que el republicanismo español es una grave función con héroes fugaces y víctimas eternas, encuentra que puede ser divertido. Bergamín fue estalinista por conveniencia, dogmatismo y candor; esperaba que los soviéticos, aprovechando el impulso redentor de la segunda guerra mundial, liberaran a España de la “Cruzada” franquista. Años después, de regreso de su exilio, se adhirió al nacionalismo vasco cuando en España asomaba la Transición con Rey interpuesto. Una Monarquía en la que el Rey no reinara le parecía un chiste franquista con consentimiento comunista (fue razón de disenso con su amigo Rafael Alberti). Bergamín no se mostró dispuesto a aceptar semejante “confusión reinante” y poco antes de morir, con suculenta incorrección, con incorregible intransigencia, con amargura, dijo: “Aquí debería haber otra guerra civil. Las cosas estarían más claras”.
(En julio de 1931, en pleno advenimiento republicano, Jorge Guillén le escribía a Pedro Salinas: “Su adhesión a la política es en él una debilidad y no una fuerza. Por consiguiente digna de la mejor simpatía”.)
A quien piense que el catolicismo español es sólo baba, suspiros y sangre, le sorprenderá encontrarse con su ingenio, su imaginación e independencia. A mí me divierten en serio sus especulaciones, más bien dramatizaciones teológicas. Hay en Bergamín un teólogo picaresco y un burlador devoto. Dios teatral el suyo, siempre compartiendo escenario, tela y página con el Demonio, de “naturaleza aérea o airada”. Suma poética, más que teológica. Suma polémica también, de espadachín quevediano. Espada de ingenio que en plena guerra civil, lo llevó a criticar a los pobres diablos de la jerarquía católica por apoyar el franquismo. Y es que su maniqueísmo intelectual no tiene nada de caprichoso y sí mucho de humorístico. No en vano asoció el hábito clerical con el traje del torero y el disfraz del payaso.
Bergamín es por cierto un estupendo retratista del Demonio y de sus criaturas del aire y de la ira. El Diablo bergaminiano es doble, que no ambiguo (nada en Bergamín lo es). Uno tiene como atributo la malicia, el otro el Mal. El pecado original del Diablo malo, que no malicioso, es no creer en la gracia, es decir no creer en Dios. Es a ese Diablo literalmente desgraciado (les digo que es divertido) al que pidió ver cara a cara, como lo vieron Velázquez y Goya, “pintores del demonio”. El otro diablo, más divino y también humano, no es sino un espíritu burlón. De ellos trata, dice, la picaresca. Pero si el Diablo es doble, Dios es único. Acaso a esa falta de medida se deba su falta de malicia, para Bergamín, el pecado original de Dios.
“Yo prefiero decir mis veras entre burlas”, aclaraba.
Hay un Bergamín hispanoamericano o que al menos escribió en Hispanoamérica. En México, en Caracas (donde enseñó en la Universidad Central y publicó decenas de artículos en El Nacional de Picón Salas) y luego en Montevideo se sintió en una España de las antípodas. Por algo se refirió, ya en Uruguay, a los “paraísos infernales americanos”. Es cierto, casi no se nota en su escritura, poco confesional, aunque llegó a decir —y hablaba una de las voces menos adocenadas del exilio republicano— que un americano de lengua española —como un español— que reniega de su españolidad no pierde su alma, la enmudece. Una palabra que Bergamín nunca negó. Y es que —como dijo Ida Vitale— fue un “viudo vitalicio” —de vida, no de Vitale— de una España ensimismada, enfurecida, barroca, picaresca y devota a la que sería redundante llamar imaginaria.
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CONTEMPLANDO LA LUNA
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Qué triste luce
el palacio del emperador
cuando la luz de la luna
ha sido desterrada de la colina
y guardamos los lirios
en la alforja de la nieve.
Ya no hay muchachas
adornándose en la fuente
ni fragor de grandes combates
en los llanos
sólo una estatua
cuyas lágrimas contemplan la luna.
-LOS MUERTOS NO SON REBELDES
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Los muertos no son rebeldes
son pudorosos galanes
que por un desdén de la luna
ocultan sus rubores bajo tierra.
Son filósofos no espantos
cual muchachas casaderas
les encanta las flores.
Los muertos son cosa seria
siempre parecen ofuscados
pero les encanta la rumba y el jaleo
han descubierto una manera particular de existir
no piensan en el mañana
filósofos al fin viven el presente eternamente.
-ROSAS DEGOLLADAS
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Breve fue la hermosa fiesta
gozando mirra cual olímpicos
coronada la frente de mirtos
conducías mis sueños en majestuoso carruaje
y era la morada del duende
el agua jubilosa.
Devastado por celosas gracias
aquel paraíso sepultado fue
el vino generoso el lujo de tu carne.
El crepúsculo de los dioses va a empezar
así de breve fue nuestro amor
todavía están frescas
las rosas degolladas
en el jardín del sediento pájaro.
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