lunes, 12 de enero de 2009

Luis Mesa: "Mastuerzo o el amor fatal"

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Mastuerzo, o el amor letal
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-Por Luis Mesa Fernández
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Espectáculo unipersonal de títeres para adultos. Mastuerzo fue estrenado el 11 de septiembre de 2003 en el teatro Naitung en la ciudad de Santiago de Chile, bajo la dirección de Paula Kofoed.

Pedro:

Mastuerzo es una hierba que utilizan los negros Onahuenches para sus remedios. Se la suministran al enfermo mientras tocan el tambor y viene la cura. Lo curioso es que hay que estar atentos a la medida que se utiliza, si se te va la mano, lo que hoy llamaríamos una sobredosis, entonces quien viene es la mismísima muerte.

Soy Pedro Mastuerzo. Maté a la mujer que más he amado en la vida. A la única mujer de mi vida. (saca maíz de una bolsa y lo lanza.) Es agradable sentir sobre mí sus miradas inexpresivas, como si todas criaturas mías, se fundieran en una inmensa pupila acusatoria, que me recuerda haber vivido ese momento un día y otro y otro y otro. Una vez que matas, el ángel de la muerte se apodera de tus instintos y entre otros tormentos te impide conciliar el sueño. Hace cuarenta años que no duermo y cuando duermo, ella canta en mis sueños.

La conocí cuando aún no era una diosa. Llegó una noche, los pies cubiertos por la mugre del camino y todos los miedos en el alma. Inadvertida como un espíritu en pena atravesó el local atestado de putas y borrachos y fue a sentarse junto a la música, como si buscase amparo en el sonido que salía de la vitrola. Lo primero que me llamó la atención fueron sus ojos de luna brillante. Como permanecer impasible ante aquellos ojazos, aún el más pobre de espíritu, al asomarse a aquellas dos lunas, habría constatado que se hallaba en presencia de un ángel.

(acercándose a la Macorina)

Buenas noches… ¿Desea algo la señorita?...

Me miró, me miró. Por fin alguien me miraba a mí. Era una niña desnutrida y maloliente, pero yo pude leer en sus ojos de luna brillante, puedo leer en las almas ajenas, por eso descubrí en ella a un ángel. Sucio y maloliente, pero ángel al fin…

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(a la Macorina)

Ehh… ¿Cómo te llamas criatura?

Macorina:

María Corina…

Pedro:

María Co… Maco… Maricocuanto? Perdón. Maaa, ría, cooo. Ma-co-rina. ¡Macorina! Te llamaré así, suena más lindo… ¿Deseas comer alguna cosita Macorina?

Fui yo quien inventó el nombre que luego enloquecería a miles de personas en toda la cuenca del Caribe: La Macorina. (se sugiere un juego de acciones, donde la Macorina cambia sus ropas humildes por otras modestas, pero limpias)

A partir de ahí, me convertí en su esclavo. Le busqué donde alojarse, comenzó a ayudarme en la taberna, la protegía de los borrachos, pagaba con demencia sus caprichos. En fin, si pajarito volando me pedía, pajarito volando le buscaba. Me sentía iluminado. Yo era feliz en la medida que lo era la Macorina. Puede parecer obsesivo, pero en el amor es feliz aquel que más entrega.

Fui yo quien motivó su vocación por la música. Al principio la sorprendía con algún disco comprado de tras mano, luego ella misma se los compraba, llegó a tener miles. Prendía la vitrola al amanecer y entonaba a dúo una canción una tras otra y otra canción y otra y otra más.

Con su primer sueldo se compró una guitarra, ya de ahí en más, cantó acompañándose.

Macorina, cántanos algo, por favor, aunque sea algo sencillo, por favor. (Se sugiere un momento donde el actor haga un juego de voces con una escala musical, una vez lo hace la macorina, el trata de imitarla y viceversa)

De a poco la gente empezó a escuchar a la Macorina, de a poco descubrieron que existía un ser, que con su bellísima voz cantaba para ellos. De a poco mi ángel se transformaba en diva.

Borracho:

¡Macorina! Macorina, tráeme una cerveza, pero bien fría, mamita. Ahh, buena que se esta poniendo la cabrita. Tú tienes razón, flaco, Mastuerzo es un egoísta, que se quiere comer él solo a la cabrita. Flaco, hagámosle un corito, dale. A una, a las dos, y a las tres: ¡Mastuerzo cornú¡ Ja, ja, ja. Bueno que nos quedó el corito. ¿Quién? ¿Quién me mandó a callá?¡Dotol! No, no , no, no, Dotol, con to el repeto que usted se merece, no me mande a callá. No, no, no me mande a callá, que yo jablo como a mí me da la gana. Que pa eso, que vivimos en un país libre ¿o no?

Ya, pues Dotol, no se enoje por tan poca cosa y rajese con una botella. Eso.

Dígame una cosa dotolcito ¿Es una yegua o no? Sí, ya se que a uté lo que le gusta es el arte y esa vaina. Y tie razón, canta lindo la mamita, pero si to lo tie lindo. ¡Macorina yegua! Macorina te doy lo que me pidas, si cantas una noche para mi, pero tú y yo solitos y empelotas. ¡Ay, mamacita del alma! …Sí, ya se flaco, es fácil la cabrita, sí, sí. Se encamó al judío Abrahán por un anillo de oro. Y la guitarrita, la guitarrita esa, casi le cuesta el divorcio a Pancho el tendero. La mujer los sorprendió a los dos, esnuos en la cama. Ay mi diosito, que algunos sí que tien suerte. Macorina yegua, mamita, venga conmigo y le chupo toda.

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Cierto flaco, a nosotros no nos mira, quien nos va a mirá a nosotros, que no somos ná, solo unos borrachos. Aaayyyyy…. Ahora me acuerdo de mi vieja. Aayy. Hijo, sea alguien, hijo no beba más. Y yo metale a la bebida y metale a la droga y metale a la madre de los tomates. Aayyy, como me acuerdo de mi viejita. Sí flaco, tie razón, basta ya. Que lo peor es ser borracho y depresivo.

Flaco, vamos a hacerle el corito, dale. A la una, a las dos y las tres: ¡Mastuerzo cornú!

Pedro:

La gente se idiotiza cuando dedica tiempo a los asuntos ajenos. Yo la amaba, solo eso era importante. Env, env, envidiosos. No podían entender, no sabían. Desgraciados aquellos que mueren sin saber que un hombre puede ir más allá de todo por amor. Hasta matar.

Todos estaban locos con la Macorina y yo era el loco más feliz. Hasta las mujeres comenzaron a imitarlas. Se vestían a lo Macorina, se dejaban los pelos a lo Macorina. Todas las mujeres del Caribe soñaban con parecerse a mi Macorina.

Ah, la taberna, lo que fue la taberna en aquel tiempo, atestada de bote en bote todas las noches; venía abogados, empleados del gobierno. Y el médico, ese medio afeminado que sale hablando mierda en el diario. Decía, que cómico, decía que se estaba produciendo un fenómeno social, eso decía.

Una noche de navidad fue la consagración de su carrera. Con los primeros rayos del sol empezaron a llegar lanchas repletas de isleños de las islas vecinas. El aguardiente corría a mares, la comida se le lanzaba a los pordioseros por las ventanas, había flores y lucecitas engalanando por todas partes.

Cuando la Macorina salió a escena, Aaahhhh. Un silencio de hielo cortó la noche. Caminó dos, tres pasos, no hizo más. Todos la seguíamos con los ojos magnetizados. Y es que era una vedette. Cuando la Macorina empezó a cantar. Mamita pa que te quiero. Las mujeres chillaban histéricas y los hombres llorábamos de puro placer.

(la Macorina canta una canción. Debe ser un número de cabaret, algo así como La Lupe)

Pedro:

Al final, la levantaron en andas y se la llevaron entre vítores a la plaza mayor, donde el alcalde pronunció un discurso. Yo lo seguí todo trepado en lo alto de la chimenea. Desde lo alto pude ver como aquel mar de gente se postraba en una adoración fanática ante los pies de mi niña. Ella era mi obra, de un gusano mugriento con ojos de luna, había creado una diosa.

Dios nos permite venir a este mundo, si a cambio creamos algo. Ella era mi creación. Señor, ah señor. Yo cumplí contigo. ¿Por qué tanto rigor? ¿Por qué a mí?... Saben mis amores, donde está la obra de dios, (lanza granos de maíz) el diablo acecha.

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Trovador:

Arriba que llegó el papá. ¿Quién atiende aquí?

Pedro:

Buenas noches. ¿Desea algo el caballero?

Trovador:

Socio, tráeme algo pa chupar, espérate, espérate, que te quiero pedir un favorcito. Compadre no le cuentes a mi fanaticada que papito llegó, en cuanto se enteran de mi presencia, la vida se me hace imposible, imposible.

Pedro:

¿Desea alguna otra cosita el caballero?

Trovador:

No, no ya puedes irte masmierda, ah, disculpa ¿cómo es que te llamas? Ah, es que soy nuevo aquí… ya, ya puedes irte. A lo mejor más tarde canto algo. Eh, yo si caliento la noche, yo sí los pongo a gozar a todos. Agarra esta.

(canta una guaracha, algo donde prima el doble sentido. La Macorina queda evidentemente atraída por el Trovador)

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Pedro:
Llegó de trasnoche, la melena suelta al viento y la guitarra terciada en la espalda. Pidió un aguardiente y fue a sentarse junto a la vitrola, exactamente en el mismo lugar que ella lo hiciera años atrás. ¿Cómo no me di cuenta de que no era una coincidencia? De haber estado despabilado, habría leído en el interior de sus entrañas, desenmascarando así, al infiel enviado por Satán para cumplir una antigua maldición: Destruir mi obra divina y a mi mismo.

Hay alg, hay alg, hay alg. Hay algo de injusto en esto. Esta bien que probaras mi amor por ti, pero no merecía tanto ensañamiento. ¿Cómo no me diste una señal siquiera? ¿Por qué yo? ¿Por qué…? Cierto que no hay justicia en la tierra, más tampoco en el cielo.

Tocó par de canciones mediocres de esas que hablan de lo heroico que es ser pobre y lo hijoeputas que son los ricos. Dos borrachos lo aplaudieron, policías por demás, ah y las mujeres, debo reconocerlo. Luego siguió con el verso. Viste esa verborrea que intenta ser culta y original, que incluso suena linda, pero que en realidad es pura mierda. Esa exactamente esa, idiotiza al vulgo. Entonces al dueño de la taberna, ordinario como buen mercader se le ocurrió que hiciera un dúo con la Macorina. Y lo contrató.

En la cárcel he reflexionado sobre este tiempo. En verdad enfermé, un resentimiento agudo infestó mi sangre, no dormía, no me alimentaba, no descansaba, el rencor me lo impedía. El corazón se me agrietaba y por cada grieta se me escapaba un soplo de vida cada vez que él la besaba al final del show, luego haciéndose el simpático me gritaba: Eh, masmierda, alcánzame un aguardiente. Y yo lo tenía que obedecer como perro ante el abucheo del público. Ah, como lo odié, era un río de odio enfermizo que cada día aumentaba gradualmente su caudal en el interior de mi mente perturbada.

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(Mastuerzo cae abatido por la tristeza. Vive un delirio en el que llora, habla solo, baila, hace el amor a la Macorina. Todo sucede dentro de su mente)

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Macorina:

Mastue, ¿Adivina qué? Te he traído un regalo. ¿Te gustó?... ¿Sí?, tienes una cara, ¿Sucede algo?… No me mientas… en cuanto lo vi dije: para mí Mastue… A ti te pasa algo. Uy, estás ardiendo de fiebre. Tú te tienes que acostar, a la cama, a la cama bien tapadito, que la Macorina lo va a cuidar, a mi viejito lindo y le va a hacer un caldo para que se ponga bien. Ahora duérmase, duérmase que yo estoy a su lado. (Macorina canta Veinte años, si es posible en la voz de Maria Teresa Vera.)

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En un rincón de la taberna el Doctor conversa con el Borracho.

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Doctor:

Mi estimado, nuestro amigo en común padece una patología, que bien puede adquirirse genéticamente o bien brota oportunamente ante un determinado suceso que ocurra en nuestra vida. Quiere decir, que él aparenta llevar una existencia normal, pero ¡ojo! En realidad estamos frente a un cuadro sicótico.

Borracho:

Flaco ¿Tú entiende lo que dice? Pucha, erís enredao Dotol. Uté podría jablar en epañol…

Doctor:

A ver, como le explico. Es como si dentro de su cabecita convivieran diferentes tipos de seres, ¡Ojo! Alguno de estos son sumamente peligrosos.

Borracho:

A carajo, ahora si que me jodió el trago. Flaco tu entiende lo que jabla, dice poco, más o menos, que Mastuerzo es… No me joda, pues. Si el Mastue e un infelí. Dotol, no siga, no siga con la vaina, que el Mastue e mi amigo. Dotol, yo lo llamo y le cuento, ¿Va a seguí? Tu vera, tu vera la que se va a formá ahora. Mastuerzo, ven acá, ven acá y oye lo que etá jablando el médico marica ete. Diseselo, diseselo en su cara, como los jombre…

¿Qué no me paga ma el trago? Ahora cagué. Eh, no Mastue, era broma, pero ¿Cómo tú me va a hacer caso a mi Mastue, si yo siempre estoy en peo. Mastue, dispue yo te cuento, tú y yo solito. Mastue, por qué mejor no trae una botellita, sí por supuesto, en la cuenta del Dotolcito, ¿cierto Dotol? Ya pero Mastue, apúrate, apúrate que va a empezar el show.

(Suena una música de cabaret y cantan el trovador y la Macorina. Es una rumba caribeña llena de ritmo y cadencia. Al finalizar el doctor aplaude entusiasmado)

Doctor:

Bravo, bravo, regio. (al trovador) Pero que hermosa actuación. ¿Me permite convidarlo con un café?

Trovador:

Equivocado, yo no tomo café.

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Doctor:

Ah, ¿Un tecito, pudiera ser?

Trovador:

Que te quede claro, no tomo café, no tomo té. ¿Te enterate?

Doctor:

Garzón, sírvele un whiskey, eso si te gusta ¿cierto? Pero venga, sentémonos.

No sabe el deseo que tenía de tener una conversación con usted a solas.

Querido amigo, si me permite una opinión, usted me parece un talento… que se va a perder. Perdone, pero creo que se desperdicia.

Trovador:

¿De qué carajo está hablando?

Doctor:

Discúlpeme, discúlpeme, pero es mi modesta opinión y créame, yo se lo que le hablo. Su canción yo la insertaría dentro de la novísima lírica poética, si me permite, y esto por favor, no lo comente. Su compañera, le arruina el show.

Trovador:

Oye, pero, ¿Tu quieres que te metas las manos encima? Yo soy terrible agresivo, pa que sepa. Deja la maricada conmigo.

Doctor:

Disculpe, disculpe, pero es mi criterio. No se enoje, ay, que temperamento. Querido amigo, escuche a este, su más humilde admirador. Usted representa la canción comprometida, creo que es una gema en bruto. Usted tiene que salir de este ambiente marginal, en cambio ella, ¿Quién es ella? Una bataclana de cuarta, solo pluma y lentejuela.

Trovador:

No, no, ahora si que me cabreaste. ¡Te voy a meter una puñalá! (pausa donde no sucede nada)

Doctor: Ja, ja, ja. Fiero, garr, garr, fiero. Me parece que este es el inicio de una gran amistad… Escúcheme. Quizás esto le sorprenda, pero le quiero hacer una propuesta, ¡Ojo! Esto lo hago solo porque creo en su talento. Conozco par de empresarios en la capital y moviendo un poco mis influencias de aquí para allá y de allá para acá, pudiera arreglar para que usted ofrezca un concierto en el teatro Broadway…

Trovador:

¡Coño! ¡¿En el Broadway?! Oye, ese ha sido el sueño de toda mi vida. Pero espérate, espérate, espérate. ¿Usted está hablando pal dúo?

Doctor: ¡NOOooo! No, ella no, esa ordinaria no. Usted tiene que pensar por si solo, usted si me lo permite, posee lo que los antiguos poetas llamaban garbo y...

Trovador:

Sí, pero como nosotros somos un dúo…

Doctor:

Escúcheme una cosita, en mi negocio, solo cabe usted, usted y usted, así de sencillo, lo toma o lo deja, pero por favor piénseselo. Garzón, plis… sírvale lo que desee, que se mame como un chancho.

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Se escucha un bolero. El trovador está aproblemado. Bebe durante un momento lleno de dudas. Sale a caminar y sin darse cuenta sus pies lo llevan hasta el balcón de la Macorina, le tira piedrecitas a la ventana. Ella aparece. Se encuentran, se aman, hasta que el Trovador queda dormido.

Macorina:

Oh mariposa divina, tu que quitas y das el néctar de las flores,

que inculcas amor.

Yo me acojo a tus poderes, para que él me quiera.

Yo te juro, adorarte en tu sacrosanto relicario.

Que el hombre que amo, sin verme se angustie,

se ahogue en su ansiedad, que se queme en su desesperación.

Que sin mi se sienta como un ahorcado.

Y que yo sea el único alivio a esas sensaciones.

Amen.

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Pedro:

Una madrugada, desde mi cuarto, escuché unos susurros. Sigiloso me acerqué al lugar de donde provenían. Allí estaban.

Su rostro descansaba sobre el pecho del infiel, los cabellos entremezclábanse en un brillo furtivo, las palabras confundíanse con el crepitar del fuego. Ella lloraba.

Macorina:

No me abandones, por favor, que nadie te va a amar como yo.

Trovador:

(aparte) Esta siente envidia profesional. Niña, escúchame, te lo he explicado cien veces.

A ver, ¿qué culpa tengo yo de que me hayan escogido a mí para el concierto en la capital y a ti no?

Macorina: No me importa el concierto, no me importa la capital, solo me importas tú y me abandonas. Por favor llévame contigo…

Trovador:

Ahora no puedes acompañarme.

Macorina: ¿Por qué? ¿Por qué? Si yo lo amo, yo lo amo, y ahora mismo le quiero dar una prueba de mi amor. (intenta hacerle sexo oral)

Trovador:

Niña no, no, suelta. Las mujeres... Mira mi amor, escúchame, tú verás. Cuando yo de el concierto en la capital, que triunfe, tu verás que lo primero que voy a hacer, es venir a buscarte y ahí vamos a ser felices para siempre. ¿Sí?

Pedro:

En ese momento tuve una inspiración: él era el mal, ella la virtud y yo el mismísimo machete de Oggún guerrero.

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Estaba amaneciendo. En la literatura, los poetas realzan la belleza de los amaneceres. A mí siempre me ha parecido el momento más depresivo del día. Me escalofría el debate agónico de las sombras desapareciendo bajo la pujanza de los rayos del sol.

Fingí acabar de despertarme y como medio dormido le solté un: Buenos días. A ella. Su voz me llegó apenas en un susurro, él siquiera se dignó a mirarme. Ya lo obligaría yo a hacerlo.

Fui a la cocina y prendí el fuego. Desde mi posición podía obsérvalos, ellos a mí no. Él miraba a lo lejos arrogante, ella sollozaba en silencio lágrimas de humillación.

- Macorina, ¿Me acompaña a desayunar?

Macorina:

No. Ya no quiero nada de esta vida.

Trovador:

Eh, Mastuerzo, yo sí, tráeme las sobras de la comida de anoche, lo que sea. Algo caliente, que me caiga en la panza antes del viaje.

Pedro:

¿Te vas? ¿Viaja el caballero?

Trovador:

Ah, no sabía. Me voy pa la capital. Y ella viene conmigo, después. ¿Cierto vida? Dale, Mastuerzo, dame algo de comé.

Macorina:

Si él va a desayunar, entonces, yo también quiero. Sírvenos el desayuno.

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Pedro:

El agua hervía en la cafetera. De repente ella me miró. Era la mirada de alguien que no quería traspasar las puertas del pecado y pedía socorro. En ese momento todo su ser adquirió una luminosidad virginal. Fue entonces cuando escuché una voz susurrándome.

Voz:

Uujuuh. Mastuerzo cumplid vuestros designios

Pedro:

Perdón, ¿Quién me habla?

Voz:

Uujuuh. Mastuerzo, sois el elegido.

Mastuerzo:

Eh… es quien, creo que es. Eh, sois D… Oh, gracias señor.

Juro por los clavos de cristo que esto sucedió y nadie me creyó luego, que yo hablé con dios.

Así que puse café en el agua, lavé dos tazas. Ella siempre bebía en la misma taza verde, por la esperanza, decía. Del color de la de él ni me acuerdo, ni me importa. Lo que si me consta es que dentro, mezclado con le café, coloqué un puñado de semillas de mastuerzo que habrían bastado para matar un elefante. (va hasta donde están Macorina y el Trovador)

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- Caballero. (le sirve la taza que contiene veneno) Para que no me pierda la esperanza, mi reina. (le sirve a la Macorina)

Y me alejé rápidamente. Quería observar desde lejos el final de mi obra. Vertí por el desagüe las pocas semillas que quedaron y lavé el frasco. Precaución inútil: nada aparecería en los análisis forenses. Cinco minutos después de ingeridos se aloja en los intestinos, convertido en grasa vegetal.

Él tomo su taza y se la llevó a los labios…

Macorina:

Aguarda, tengo un presentimiento. ¿Es que no puedo tener un presentimiento? Tengo el presentimiento… de que esta será la última vez que tú y yo nos veamos. Por eso quiero que intercambiemos nuestras tazas para beber, como si fuera una boda. (intercambian las tazas)

Pedro:

Estaba lejos y no pude escuchar lo que hablaban, solo vi que intercambiaron las tazas. Todo sucedió muy rápido y por si fuera poco el médico irrumpió a gritos en la taberna, lo cual contribuyó a distraerme.

Doctor.

Buen día, bueno, vamos yendo, vamos yendo. Y ¿Por qué tanta frialdad? Oh, esa de nuevo. No puedes ser tan inmaduro, vamos yendo, estás tirando tu futuro por la ventana.

Pedro:

Fue solo un instante el que me distraje, más basta un instante, para que un crimen se consuma. Ella se turbó e inexplicablemente llevó la ponzoña a sus labios y bebió.

- No, Macorina, no, tú no. Ah, dios mío, que me haces. ¡Ay!

Doctor:

Mastuerzo, que escandalete es ese. Apártese por favor, deje que la vea. (examina a la Macorina) ¡Ay! Gran poder del cielo. Esta niña está muerta.

Pedro:

No, no. Macorina tú no, no te vayas. Macorina no te vallas, mírame, mírame Macorina. Oh díos mío… (Mastuerzo se quiebra)

Se escucha la voz de la Macorina.

Macorina:

Apártate, por favor. Voy a morir. Igual me da morir que vivir sin él. Perdóname, pero nada es como tu piensas, nada es como lo ves, nada es como lo sientes. Mi única razón para vivir era él. Apártate, por favor, para que pueda irme con los ojos llenos de mi hombre.

Pedro:

La Macorina estaba muerta. Y yo necesita una respuesta que me ayudara a entender la terrible desgracia que había caído sobre mi. Entonces lo que halló mi vista fue el rostro del infiel, su bello rostro con una sonrisa inalterable e inconfundible. (saca un cuchillo y va a hacia donde está el trovador)

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Doctor:

(interponiéndose) Mastuerzo ¿Qué hace? Suelte ese cuchillo.

Pedro:

Médico, apártese, no es con usted.

Doctor:

Mastuerzo: Médico, apártese, no quiero hacerle daño.

Doctor:

No lo puedo permitir. Llamen a la policía, llamen a la policía.

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Mastuerzo lo agarra con la mano libre y le corta la cabeza mientras grita:

Te lo advertí, hijo de puta.

(luego va detrás del Trovador lanzándole puñaladas, pero este las esquiva. En un momento Mastuerzo tropieza y el Trovador escapa. Pedro queda solo tirando cuchillazos a la nada)

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Pausa. Va hacía un altar pequeño.

Pedro:

La muerte del médico fue accidental.

Y solo sirvió para permitirle al infiel escapar, como quien lleva el diablo en el cuerpo.

Lo demás, y ya lo conocen: el revuelo de los diarios. Se habló de todo, un asesino místico, crimen pasional… Nadie entendió nunca que yo obré por amor y según los designios de dios.

El entierro de la Macorina fue una fiesta. De todas partes llegaron largas procesiones para darle su último adiós. Su tumba, aún hoy, es venerada como si perteneciera a una santa. Santa Macorina.

Yo he pasado todo este tiempo entre hospitales y prisiones, en unas no me quisieron por loco, en otras por asesino.

Yo soy el hombre más triste de este mundo.

Todas las noches le pido a San la Muerte que venga a buscarme y no ocurre y amanezco un día y otro y otro y así durante años.

Me gusta sentarme aquí con ustedes. Son las únicas que escuchan mi historia, mientras comen su maíz. Mi única familia y me ha ayudado a encontrar un poco de paz en este viejo torreón.

A lo mejor un día me echo a volar con ustedes. ¿Cómo sería yo volando? Maravilloso. Volar, volar bien alto. Remontarme en libertad por los aires, bien alto y allá arriba, quizás, reencontrarme con ella… Con la Macorina.

Ay, palomas mías, como me hubiera gustado tener otra vida.

Bueno, ya se termino el maíz y el tiempo también. Tengo que regresar abajo. No entristezcan, se que me quieren. Es feo abajo, pero sino regreso a tiempo, me castigan.

Mañana, mañana regreso, criaturas aladas, con maíz. Y mañana, les prometo volar con ustedes. Total… Si todo fuera tan fácil como volar. Solo tengo que pararme bien al filo de la cornisa, agitar fuertemente los brazos, así como ustedes hacen con sus alas, tomar impulso. Uno, dos, tres…

¡Y a volar!


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Luis Mesa Fernández (El Billo), San Juan de los Remedios, Las Villas, Cuba, 1963. Durante estos años ha vivido y trabajado en varios países de Sudamérica: Argentina, Uruguay, Brasil, Chile, Colombia. Se desempeña como actor y director teatral. El relato pertenece al libro (inédito) El País de los demás. Otras publicaciones de Luis Mesa en Efory Atocha, Aquí.

viernes, 9 de enero de 2009

Un Correo de Amnistía Internacional; Ya yo lo hice, por si usted quiere

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09-01-2009 - 2.400.000 suscriptores


Hola Santiago

El 27 de diciembre, a las 11:30 de la mañana, siete estudiantes palestinos salían de una escuela dirigida por Naciones Unidas en Gaza y se dirigían a sus casas. Una bomba del ejército de Israel los sepultó para siempre entre cascotes y escombros.

Los ataques de Israel sobre la franja de Gaza suman, sólo en los últimos días, el mayor número de víctimas palestinas habidas en 40 años de ocupación israelí.

Amnistía Internacional condena los ataques de los grupos palestinos sobre Israel, pero éstos no justifican en modo alguno la desproporción con que Israel castiga a la población civil de Gaza.

Por favor, firma la petición al Ministro de Exteriores israelí que encontrarás en este boletín. Además, si puedes, reenvíala a tus contactos para ejercer toda la presión de que somos capaces. Y si quieres ayudar aún más, hazte socio/a ahora. Seremos más fuertes si contamos contigo. Gracias por actuar.

Recibe un abrazo,

Esteban Beltrán
Director
Amnistía Internacional - Sección Española





jueves, 8 de enero de 2009

José Martí: Poemas

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Tres poemas de José Martí (1878-1895)

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-----------ÁRABE

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Sin pompa falsa ¡oh árabe! saludo

Tú libertad, tu tienda y tu caballo.

Como se ven desde la mar las cumbres

De la tierra, tal miro en mi memoria

Mis instantes felices: sólo han sido

Aquellos en que, a solas, a caballo

Vi el alba, salvé el riesgo, anduve el monte,

Y al volver, como tú, fiero y dichoso

Solté las bridas, y apuré sediento

Una escudilla de fragante leche.

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Los hombres, moro mío,

Valen menos que el árbol que cobija

Igual a rico y pobre, menos valen

Que el lomo imperial de tu caballo.

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Sombra da el árbol, y el caballo asiento:

El hombre, como el guao,

Pudre a los que se acogen a su sombra.

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Oh, ya no viene el verso cual solía

Como un collar de rosas, o a manera

De caballero de la buena espada

Toda de luz vestida la figura:

Viene ya como un buey, cansado y viejo

De halar de la pértiga en tierra seca.



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------------HASCHISCH

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------Arabia: - tierra altiva

------Sólo del sol y del harén cautiva.


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Cuando la infame Tierra abre su seno

Al árabe, engendrado

De ardiente arena y sol enamorado,

Y el seno, de miserias viles lleno,

Fango sangriento al árabe ha mostrado,

Lo eterno anhela, el árabe suspira,

Los ojos cierra a la verdad, y llora

Dulce llanto de amor a la mentira,

Y el alma ardiente de la tierra mora

Duerme para vivir, pues - viva - la ira

En su pecho más loca se levanta

Que la idea de amor en sus mujeres

Y el canto de pasión en su garganta.

¡Amor de mujer árabe! - La ardiente

Sed del mismo Don Juan se apagaría

En un árabe amor, en una frente

De que el negro cabello se desvía,

¡Como que ansia de amor eterno siente,

Y a saciarnos de amor nos desafía!

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¡Oh! viven en aquellas

Magníficas doncellas,

Las trovas no escuchadas,

Las horas no sentidas,

Y lágrimas de amor aún no lloradas,

Y fuentes de hondo amor aún no sabidas;

En ellas, las huríes,

Por cada rayo de su sol un beso

Con sabor de azahar y de alelíes;

¡Y en ellas, lo imposible

De una hoguera de luz nunca extinguible!

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La vida es el amor - donde la tierra

Por los solares besos fecundada,

Pensiles ha por hijos, en que encierra

La fragancia y la luz de una alborada;

La vida es el amor - donde de amores

Del tibio sol y arábigas arenas,

Hasta el desierto mismo nacen flores

Con palmas leves de murmullo llenas;

-

Y allí donde si el sol desapareciera

Del beso de una hurí renacería,

Prendida dejo el alma pasajera

Y la vida es amor: - ¡Oh! ¡quién pudiera

De una mora el amor gozar un día!

-

No es estatua de lánguida figura

El alma de un poeta:

Es un sol de dolor: alma sin cura

De universal enfermedad secreta:

-

En sí tiene el hervor, en sí esta fiera

Ansia que en beso incomparable invoca

Que, dado en una vez, arda en su boca

Mas allá de las horas en que muera:

-

¡Oh! ¡Pobre alma dormida

Sin este beso eterno sacudida!

-

Una árabe que besa,

Es labio de mujer, donde nos cumple

La eternidad al fin una promesa:

-

¡Oh! si mis labios pálidos rozara

una arábiga boca, donde arde

Cuando se imprime, el fuego del Sahara,

Mientras no es ida, el fuego de la tarde:

-

Si esta mejilla sin color,- hundida

Al espantoso beso

Que con los huesos de su boca, impreso

En cara y corazón deja la vida,

-

Si este espíritu luce enamorado

Del armónico amor, en mí sintiera

Ese beso de una árabe, engendrado

Al fecundo calor de una quimera;

Si el alma de una mora, al hierro impío

Del tiránico afán encadenada,

Viniera a calentar el pecho mío,

Y dejara en mi boca fatigada

Un beso como el fuego del Estío

Largo como el dolor de esta jornada,

-

Yo no sé qué dulcísima ternura

Este árido cerebro llenaría:

Yo no sé qué colores esta oscura

Virgen de mi alma casta vestiría;

Qué luz como esta luz - ¡oh, qué ventura

De una mora el amor gozar un día!

-

Chimenea encendida

Al frío corporal vuelve la vida:

¡También de un beso al fuego,

El muerto de vivir, renace luego!

-

Nadie sabe el secreto misterioso

De un beso de mujer: yo lo he sabido

En un arrobamiento luminoso

Extra-tierra, extra-humano, extra-vivido.

-

Cuando todo lo férvido dormita,

Cuando todo lo imbécil gigantea,

Cuando la languidez sólo se agita

Y por nuestra alma mísera pasea,

Hay algo más hermoso que una noche

De Enero de mi patria en las llanuras;

Más dulce que un dulcísimo reproche

Lleno de confusión y de locuras,

Con que un trémulo labio

Culpa y perdona su amoroso agravio;

¡Hay algo como en sueños

Nos pareció escuchar, algo que ha sido

Verdad, aunque fue sueño, porque deja

Partida la verdad, cierto el sonido.

Un rayo que refleja

Muy suave claridad,- una dulzura

Que todos nuestros átomos orea,

Y una especie de aroma de ternura

Que sobre nuestros labios titubea!

-

¡Un beso de mujer! - Pues, ¿cómo ha sido?

Todo lo venturoso ha renacido,

La redención espléndida amanece,

Esénciase el cadáver, y en el punto

Hermano siglo y siglo de un difunto,

¡O me engaño - ¡oh ventura! - o me parece

Que do el difunto fue, la yerba crece!

-

¡Un beso de mujer! - Yo lo he sabido

En un muy dulce instante extra-vivido.

El árabe, si llora,

Al fantástico haschisch consuelo implora.

El haschisch es la planta misteriosa,

Fantástica poetisa de la tierra:

Sabe las sombras de una noche hermosa

Y canta y pinta cuanto en ella encierra.

-

El ido trovador toma su lira:

El árabe indolente haschisch aspira.

Y el árabe hace bien, porque esta planta

Se aspira, aroma, narcotiza, y canta.

-

Y el moro está dormido,

Y el haschisch va cantando,

Y el sueno va dejando,

Armonías celestes en su oído.

-

Muchos cielos ha el árabe, y en todos,

En todos hay amor,- pues sin amores,

¿Qué azul diafanidad tuviera un cielo?

¿Qué espléndido color las tristes flores?

-

Y el buen haschisch lo sabe,

Y no entona jamás cántico grave.

Fiesta hace en el cerebro,

Despierta en él imágenes galanas;

El pinta de un arroyo el blando quiebro,

El conoce el cantar de las mañanas,

Y esta arábiga planta trovadora

No gime, no entristece, nunca llora;

Sabe el misterio del azul del cielo,

Sabe el murmullo del inquieto río,

Sabe estrellas y luz, sabe consuelo,

¡Sabe la eternidad, corazón mío!

-

El árabe es un sabio:

Cobra a la tierra el terrenal agravio.

Y en tanto,- el encendido

Vigor de este mi espíritu potente,

Me quema en mí y esclavo y oprimido

Tormenta rompe en la rebelde frente:

-

Y en tanto - de mi espíritu el deseo

De aquello lo invisible se enamora.

Y se abrasa en mí mismo, y ¡me devora

Buitre a la vez que altivo Prometeo!

-

¡Amor de mujer árabe! despierta

Esta mi cárcel miserable muerta:

Tu frente por sobre mi frente loca:

¡Oh beso de mujer, llama a mi puerta!

¡Haschisch de mi dolor, ven a mi boca!

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AMOR DE CIUDAD GRANDE

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De gorja son y rapidez los tiempos.

Corre cual luz la voz; en alta aguja,

Cual nave despeñada en sirte horrenda,

Húndese el rayo, y en ligera barca

El hombre, como alado, el aire hiende.

¡Así el amor, sin pompa ni misterio

Muere, apenas nacido, de saciado!

¡Jaula es la villa de palomas muertas

Y ávidos cazadores! Si los pechos

Se rompen de los hombres, y las carnes

Rotas por tierra ruedan, ¡no han de verse

Dentro más que frutillas estrujadas!

-

Se ama de pie, en las calles, entre el polvo

De los salones y las plazas; muere

La flor el día en que nace. Aquella virgen

Trémula que antes a la muerte daba

La mano pura que a ignorado mozo;

El goce de temer; aquel salirse

Del pecho el corazón; el inefable

Placer de merecer; el grato susto

De caminar de prisa en derechura

Del hogar de la amada, y a sus puertas

Como un niño feliz romper en llanto;—

Y aquel mirar, de nuestro amor al fuego,

Irse tiñendo de color las rosas,—

Ea, que son patrañas! Pues ¿quién tiene

Tiempo de ser hidalgo? Bien que sienta,

Cual áureo vaso o lienzo suntuoso,

Dama gentil en casa de magnate!

O si se tiene sed, se alarga el brazo

Y a la copa que pasa se la apura!

Luego, la copa turbia al polvo rueda,

¡Y el hábil catador,—manchado el pecho

De una sangre invisible,—sigue alegre,

Coronado de mirtos, su camino!

No son los cuerpos ya sino desechos,

Y fosas, y jirones! Y las almas

No son como en el árbol fruta rica

En cuya blanda piel la almíbar dulce

En su sazón de madurez rebosa,—

Sino fruta de plaza que a brutales

Golpes el rudo labrador madura!

-

¡La edad es ésta de los labios secos!

De las noches sin sueño! De la vida

Estrujada en agraz! ¿Qué es lo que falta

Que la ventura falta? Como liebre

Azorada, el espíritu se esconde,

Trémulo huyendo al cazador que ríe,

Cual en soto selvoso, en nuestro pecho;

Y el deseo, de brazo de la fiebre,

Cual rico cazador recorre el soto.

-

¡Me espanta la ciudad! ¡Toda está llena

De copas por vaciar, o huecas copas!

¡Tengo miedo ¡ay de mí! de que este vino

Tósigo sea, y en mis venas luego

Cual duende vengador los dientes clave!

¡Tengo sed,—mas de un vino que en la tierra

No se sabe beber! ¡No he padecido

Bastante aún, para romper el muro

Que me aparta ¡oh dolor! de mi viñedo!

¡Tomad vosotros, catadores ruines

De vinillos humanos, esos vasos

Donde el jugo de lirio a grandes sorbos

Sin compasión y sin temor se bebe!

Tomad! Yo soy honrado, y tengo miedo!

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Imagen tomada de Internet.



miércoles, 7 de enero de 2009

Andrés Fisher: Poemas

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Tres poemas (inéditos) de Andrés Fisher

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CASTILLA XIII

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i.

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Se extienden los olivos en el sur de Castilla,

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ii.

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y los viñedos, ocupando mucha tierra en las comarcas.

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iii.

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Los mismos castillos se alzan en las cresterías,

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iv.

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ocupadas ahora también por los blancos molinos de metal.

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LOS POEMAS DEL HIELO IV

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i.

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Aun existe el ocaso en los espejos retrovisores.

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ii.

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Delante, la luna se alza sobre un cielo azul oscuro.

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iii.

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Es el mismo vehículo el que rueda por la autopista y la carretera comarcal.

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iv.

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Y el que conduce, a bordo del coche y de sí mismo.



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DESCRIPCIONES

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ii. (176 Stewart Simmons rd. Triplett, North Carolina)

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Dos caballos overos en su pradera muy verde. Sobre la loma, un pequeño cementerio rural. Una bandera y las gallinas.

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Los gatos toman el sol en la terraza de madera. El pasto esplendente esta lleno de sus desplazamientos. Pasados y futuros. Invisibles.

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La mujer trabaja en el jardín. Tras ella los caballos enloquecen galopando y en cabriolas. Bajo el mismo cielo azul grisáceo. (A Teresa)

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Van cambiando las sombras del sol sobre la hierba. Con el crecer de las hojas y su caída de los árboles. Las gallinas a su modo, también cumplen con los ciclos.

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Flores amarillas salen del pasto recién cortado. También blancas y violetas. Tres árboles, los arbustos y el arroyo.

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Cae la lluvia y en vez de apagar el verde lo enciende aun más. Como lo hace con el gris. El del cielo y del asfalto.

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Resplandece el verde de la pradera, de la loma y del jardín. El del bosque aun es incipiente. Los caballos y las gallinas del otro lado del arroyo. Los gatos y la niña de éste.

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La pequeña casa roja y el delgado camino de asfalto solo resaltan el resplandor de la marea de pasto verde. Que lo cubre todo, incluso las palabras.

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Amanece tras noche de lluvia. La bruma apenas deja ver a los caballos, que pastan en la pradera.

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Desde el arroyo la casa es una bandera tricolor. El pasto verde, la casa roja, el cielo azul.

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El verde cubre las comarcas. El verde de la hierba, del bosque y los arbustos. Entre medio y a los lados del camino. Que es un surco entre el verde que lo envuelve.

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En la terraza de madera, bajo el gran árbol de flores blancas, la poesía de los maestros resplandece.

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Arboles y arbustos en flor. La hierba húmeda brillando y haciendo brillar el gris de asfalto y cielo. Banderas de color en primavera.

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Declina el sol y hace aun mas intenso el color de las flores. Un momento efímero pero fuerte. Como el de los caballos, galopando tras los ciervos.

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La casa roja, el árbol blanco, el arbusto amarillo. El galgo aun cojo, vuela sobre la hierba.

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La gata cruza el prado hasta el arroyo. Bebe allí agua curativa. Entra luego a la pradera de los caballos. Se miran con la yegua, las cabezas a medio metro de distancia. (A la gata Begoña)

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Andrés Fisher nace en 1963 en Washington D.C., de padres chilenos. Crece en Viña del Mar y en 1988 se recibe de médico en Valparaíso. Desde 1990 vive en España y en 1997 se doctora en sociología en Madrid con una tesis crítica a la prohibición de las drogas. Paralelamente integra el colectivo Delta Nueve con Benito del Pliego y Pedro Núñez. En este contexto se publica su libro Composiciones, Escenas y Estructuras (Madrid, Delta Nueve, 1997) al que le seguirá Hielo (Valencia, Germanía, 2000), por el que recibe el premio Gabriel Celaya. En 2004 comienza a enseñar en los departamentos de Literatura Extranjera y Sociología de Appalachian State University en Boone, Carolina del Norte, donde se establece en 2006.