jueves, 15 de septiembre de 2011

Agustín Labrada: Tankas

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Agustín Labrada Aguilera: Tankas
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HUYENDO VA

la casa por los aires,

y en sus maderos

que este ciclón convoca

se teje una novela.

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AUNQUE MIS PASOS

besen otras ciudades,

seguirá el cuervo

con sus anocheceres,

debajo de mi piel.

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ALagrada en
Efory Atocha, Aquí
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miércoles, 14 de septiembre de 2011

Alberto Lauro: poemas

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Tres poemas (inéditos) de Alberto Lauro
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La historia me absorverá
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Examinado con detenimiento el caso
Vista las pruebas
De los demandados y demandantes.
Hecho el peritaje
Y examinando los testimonios pertinentes,
Mañana el jurado dirá
El veredicto a los implicados.
En tanto ante el cadáver insepulto
De la Revolución putrefacta
La impunidad
Teje minuciosa
Su manto del silencio.
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Los poetas, las palabras
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I.
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Todos los poetas enferman del corazón.
Y los cardiólogos atentos,
Una vez y otra, auscultan: nada oyen
Más que latidos y latidos.
Y es que padecen de sinalefas,
Metáforas, símiles y otras enfermedades
Por ellos jamás estudiadas.
Cuando lo abren en la mesa de disecciones
No ven nada extraordinario:
Sólo un músculo insignificante
Que ha decidido detenerse.
Nada más.
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II.
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A veces la poesía huye.
No la persigas. En ocasiones se harta
De bellas palabras
Sobre todo cuando un alguien escribe:
La aurora es un caracol
Que abre su luz a lo estelar.
Pero no. Ella huye
Del poeta como una prostituta violada
Que generosa ha prestado sus servicios
Sin haber cobrado honorario alguno. Y no tiene
A dónde ir a denunciar al desalmado:
A un mismo tiempo cliente y proxeneta.
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III.
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Las palabras son como cristales finos.
Tan frágiles que hasta por el aliento
De un beso se quiebran. Y hieren.
El poeta juega con esos trozos
Pero al final siempre termina sangrando,
Quiera o no: componiendo
Vitrales que quiere
Que sean traspasados por la luz
Oculta de unos ojos
Una vez fueron cegados por el sol.
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Sin Itaca y sin Penelope
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Si nada hay que perder, qué importa el rumbo.
Leopoldo Alas (1963 – 2008)
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¿Qué hemos perdido el rumbo…?
Eso qué importa. Y que más da
Si no íbamos a ningún sitio
Ni en costa alguna Dido nos esperaba.
Todo destino es siempre ficción,
Espejismos que anhelamos,
Norte en medio de un mar que nos excede
Sin Penélope y sin Itaca.
¿Acaso las brasas no se apagan
Y el regio templo de Salomón,
Que a la Reina de Saba deslumbrara,
No es hoy pedruscos, ceniza y arena?
¿De qué nos sirvió ser prudentes
Entre tantos seres obscenamente tristes?
Las ciudades que anduvimos
Son destellos que apenas se vislumbran:
Si alguna vez estuvimos en ellas, ¿quién nos recuerda?
Andamos por caminos que ha de borrar la niebla
Entre conjuros de pasos que se pierden
Y otros que ignoran que alguna vez aquí estuvimos,
Libando vino de rosas en medio de un aire
Donde invisible escrito está nuestro epitafio.
¿Tal vez somos los condenados herejes
Que felices y radiantes se entregaban a las llamas?
Santos o sacrílegos, sobrios o ebrios,
¿acaso hoy es muy diferente un velatorio de una fiesta?
La vida es esa calle que no se sabe dónde comienza ni termina
En la que sólo importa la fiebre y el instinto.
Que le preguntes a los amantes si la compañía
No es la forma más perfecta de la soledad.
Aquí, en Troya, donde la guerra por fin ha terminado,
Todo ha sido devastado: acaban
De zarpar los últimos veleros
Y a los bellos griegos hemos visto partir
Con lágrimas en los ojos.
Callan las sirenas y en esta orilla desnudo
A nadie digo adiós ni espero a nadie.
Los espejos donde Helena se miraba están rotos
Y en esos pedazos de cristales deshechos todos queremos saber
Qué significa la muerte, la guerra, la envidia;
Qué oscuros presagios guardan
Entre sombras de cuerpos y caras compartidas.
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ALauro en Efory Atocha, Aquí
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martes, 13 de septiembre de 2011

Gabriel Zanetti: poemas

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Tres poemas (inéditos) de Gabriel Zanetti
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Este silencio no tiene voz propia.

Un refrigerador vacío zumbando en la cocina
la lavadora que usábamos de noche para ahorrar.

El tic-tac del reloj chino sobre el calendario
donde encerrábamos nuestros nacimientos.

Esos círculos mal hechos parecen tumbas
una maldición antes números de suerte.

Dos bolsitas de té, una frente a otra desangrándose
en el plato sobre el velador una mala broma.

El sonido de las piernas moviendo las sábanas
un recuerdo del mar que exhala y revienta en el muro.

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Parque Inés de Suárez

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para Gonzalo Boudon y Juan Sebastián Rodríguez.

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Los jóvenes drogados en la banca nos miran sin ver
hasta que la pelota de pimpón cae en sus zapatillas caras.

La moda son cortes de futbolista
ademanes choros y estar al borde de la pelea.

Con el guardia un año mayor fuman sus primeros cigarros
y silban las mujeres que pasan.

Un anciano inmóvil es un niño fantasma mirándose en la pichanga
mientras su mujer hace del lugar un manicomio corriendo por los montículos.

El atardecer es perfecto para los perros y los árboles
para los que se aman y beben tras los matorrales.

En el parque nunca es tarde
el agua sigue corriendo en la pileta.

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Salir, entrar

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Una pantalla blanca retiene agua entre edificios y antenas
el viento levanta techos, unos pájaros agitan sus alas
desde acá parecen moscas, bacterias en un microscopio
dan ganas de estar allá arriba, saberse ínfimo, otro cuerpo
roído por lo invisible que raspa la carne
hasta volverla polvo incapaz de desaparecer.

Se suelta el cielo. Pinta gota por gota las calles
la poca tierra sobrante en los jardines
hasta caer sobre sí misma, tomando todo
el mismo color, otro territorio plano.

Los automóviles vuelven a desplazarse asustados, cucarachas
que arrancan de un gigante a la misma velocidad
en una tina de piedra que brilla corroída
de pisadas camino a grietas y cortinas.

Tras la esquina otra línea interminable
las flores del árbol de la entrada están en el cemento
sólo cuelgan gotas de las ramas como ampolletas
prendiéndose y apagándose entre cables, guirnaldas desteñidas.

En casa un lápiz para escribir
cosas que parecen sin importancia.

Un hombre besa a una mujer
una niña intenta un nombre.

Crisantemos y helechos se iluminan tras la ventana
junto a una maceta donde crece una cuchara
mala tutora de un tomate, no pasó el invierno.

Los perros en el colgador uno a uno dejan de ser una plaga
de colores con el atardecer volviéndose noche.

No me acercaré a la lámpara.

Pronto dejará sin luz esta hoja
borrará la sombra de mi mano cuando escribo.

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GZanetti en Efory Atocha, Aquí
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lunes, 12 de septiembre de 2011

La mejor mujer en el sexo por Adán Echeverría "El orgasmo de los ídolos"

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"El orgasmo de los ídolos"
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La mejor mujer en el sexo
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Por Adán Echeverría

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En la confianza y la decisión puede recuperarse la esencia del placer. Juana lo supo con Federico. Los 200 kilos del hombre no tenían importancia para ella, su creatividad la tenía más que entusiasmada. Había leído sin reparo muchos de sus cuentos, sus ensayos y algunos de sus poemas, y esa admiración la condujo hasta su casa la tarde que decidió conocerlo en persona. Federico estaba sentado en la sala de estar. Roberta, el ama de llaves, la recibió: Pase señorita, el maestro espera, déme su chamarra me haré cargo, ¿quiere café?

- Gracias Roberta, puedes retirarte. La voz del maestro era el espacio de intimidad que Juana buscaba. La sala se abría para el olor a madera limpia de los libreros. Podía sentir la presencia de mundos diversos que esperaban ser visitados en los libros que cubrían las paredes. Al fondo, Federico rebosante y paciente.

Los 200 kilos eran grotescos a primera vista, pero la calidez de su voz, y esa mirada de vaca marina que bebe conciencias, eran la trampa de luz que atraía a Juana como un insecto sin voluntad.

- Vine, dijo de manera estúpida la chica.

- Siéntate a mi lado. -Ella pudo imaginar con antelación la ridícula escena de su diminuto cuerpo, aun no cumplía los 20, a un costado de la mole que formaba el maestro sentado en el sofá.

El reforzado mueble contuvo la respiración al sostenerlos. No fueron más de cinco minutos de plática para que Juana se dejara hurgar la entrepierna. Había tomado con ambas manos la enorme cabeza del maestro y se había dejado besar, besar o consumir que para el caso y el momento significaban lo mismo, y supo que debía aprovechar tamaño y volumen. Escaló sus hombros para ofrecer la vagina, hervidero de agujas, para que el maestro, con su lengua como prótesis, degustara y la arrastrara entre sus pliegues.

La erección del monstruo era irreal. La grasa hacía imposible que Juana tuviera una visión completa del miembro endurecido, sin embargo, impulsiva como era, hundió sus dos brazos entre los enormes y pavorosos muslos de Federico para atraparle el miembro y, triunfante, lo consiguió. Era pequeño, gordo y durísimo como un rubí. Sobó y sobó, mientras dejaba que la enorme lengua entrara y saliera de ella, fornicándola.

-Señorita su chamarra. -La joven se arropó repasando el momento en una larga exhalación, con la confianza que para ese entonces encerraba saberse dueña de sí.

El maestro, el filósofo, lloraba emocionado, agradecido de que al fin los años de cultivar su mente y perder su cuerpo, fueran recompensados por la enorme voluntad de amor que Juana le dispensará.

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AEcheverría en Efory Atocha, Aquí
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