martes, 8 de marzo de 2011

Almelio Calderón Fornaris: poemas

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Tres poemas (inéditos) de
Almelio Calderón Fornaris
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Infancia
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A no sé cuántos años

de la caída de mi carne

pedazos de lágrimas

gritan

por una esperanza

que prefirió morir un poco más tarde.

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Copas
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Como una pradera

comulgada entre la espalda

mi barca acaba de llegar de la selva

no sé qué luz o estación

transportaba

tantas cisternas aparecieron abiertas

llenado el cielo

y el cielo llamando a tantas cisternas

sólo el paisaje se llenó de un misterio

salpicaban el mar

como un pez que nada en el árbol

como un fruto que navega en los oleajes

la arena intentaba moldear la arena no buena

el cuchillo murió dando un cuchillo

la esencia va creciendo

sus péndulos penetran en las alcancías

raptan los pájaros del eco

ellos escudan el éter de otra estaciones

sus dianas son infancias

que cuelgan en los muros del tiempo

no entiendo la inercia de estos azoques

hay cuervos que ignoraban que eran cuervos.

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La estirpe de los signos
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Juego en las tinieblas

Como si el hacedor de otro hacedor

Me dijera: soy la ladera del ojo

soy la hiedra del todo mito

soy el ocaso y una triste puerta.

En mí se encuentran la letanía de un pergamino

Los símbolos son fábulas que pongo en el árbol

?podré escapar de la utopía que me han matado?

Reconozco todos los himnos del silencio

Volveré a conquistar los peldaños de la cópula.

Juego a las formas

como si el centro de otro centro

me dijera : soy la huella de todo lo creado

soy los ángulos que existen en el linaje

soy las dudas que se cosechan en el pan.

Mañana araría estas vísceras que se persiguen

como estrellas.

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ACFornaris en Efory Atocha, Aquí.
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Imagen tomada de la Web.
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lunes, 7 de marzo de 2011

Alessandra Molina: poemas

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Tres poemas (inéditos) de Alessandra Molina

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El guardián

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Dentro del barrio, entre las casas de familia, abrieron la explanada. Es la nueva oficina de leer direcciones, matasellos. Hacia el mediodía el cuadrilátero está lleno de bultos con anillos postales y ribetes de colores. Los envíos poco a poco desaparecen y las almendras que caen cubren el asfalto. Se ve al pájaro picar, a los destinatarios que han llegado tarde alzarse desconsolados sobre las cercas. La explanada está vacía, las oficinas cerradas. Alguien, ahora un hombre joven, vela ese espacio. La caja de las cajas, un cuadrilátero de sol, líneas que convergen y forman una incandescencia, fulgores de una promesa que podrían ser atravesados. El guardián va por los bordes, donde hay sombra, el hormigón está húmedo, las hojas amontonadas. Su silencio es el silencio de la tarde. Asoma por un ángulo, ve a los pasan y es él quien acecha. De pasos lentos, cada vez más estático, ni los colores del uniforme recién estrenado simularían la ráfaga de una sexualidad avivada por el tedio, el vacío, el dulzón bochorno de esa hora, y que se sabe presa.

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Patria del idioma

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El invierno no había terminado

pero en los árboles sonaba el corazón de una hoguera,

el rumor de los brotes que hinchan la vieja piel

y parten las puntas más finas de las ramas una a una.

Con sus alas, con su breve posarse,

con su pico y sus garras minúsculas,

los pájaros llenaban el aire del color y los fragmentos

de aquel fuego primaveral

que volvía a hacer sus primeros anuncios.

A semejanza, teníamos el ánimo de unos estudiantes extranjeros

que hubiesen llegado al país

un poco antes de la fecha acordada.

Sobre la mesa

los cítricos mostraban un lustre incandescente

que aquella mañana no nos parecía artificial. Convidábamos

y hasta hubo un momento de refutación poco solemne,

alborotada,

cuando alguien advirtió –se lo había dicho su madre-

que comer mandarinas en exceso

era causa de una enfermedad llamada escorbuto.

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El invierno volvió, arremetió,

el rumor de los brotes se apagó contra el viento,

los pájaros aparecían a deshora.

Sólo las frutas, con sus pulidos destellos

conseguían retener aquella promesa de la primavera.

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Primavera.

Mandarinas.

Escorbuto.

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¿Dé que gajo secreto, torcido y nudoso, colgaban las palabras?

¿Y hacia dónde colgaban con su error o su verdad?

Recordé con vergüenza tan fácil refutación,

y su madre que desde hacía años estaba muerta…

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Convalecencia

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Pasados varios meses crece el junco:

del norte le llega la humedad,

del sur una inflexión, el viento.

Este

papel, cabellos, las ciudades,

polvo astro tornándose al oeste. Remolinos.

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Seco el junco

se vuelve una varita, un arco, un garabato

antepuesto al paisaje.

Una mueca.

Traspiés en el camino del enfermo.


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AMolina en Efory Atocha, Aquí.
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Imagen tomada de la Web.